El martes empezó como cualquier otro.
Bastián llegó a la universidad, saludó a Brisa y entró al aula.
Pero Ciro no estaba.
No le dio demasiada importancia.
Quizás había llegado tarde.
Quizás estaba con Seba.
Quizás simplemente no tenía ganas de hablar.
Bastián dejó la mochila en su lugar y sacó sus apuntes.
Intentó concentrarse.
No pudo.
Miró el celular.
Nada.
Pasaron diez minutos.
Nada.
Quince.
Nada.
Brisa lo observó desde el banco de al lado.
—¿Lo estás esperando?
—No.
—Bastián.
—Bueno... un poco.
Brisa sonrió.
—Relajate.
—Estoy relajado.
—Tenés el celular dado vuelta desde hace cinco minutos.
Bastián lo miró.
—¿Y?
—Nada.
Ella volvió a sus apuntes.
Pero Bastián sabía que tenía razón.
Algo le molestaba.
No sabía qué.
Ciro llegó casi media hora después.
Entró al aula acompañado por Seba.
Bastián levantó la mirada automáticamente.
Sus ojos se encontraron.
Ciro sonrió apenas.
Pero no se acercó.
Se sentó en otro lugar.
Bastián frunció el ceño.
No entendió por qué.
Durante la clase intentó ignorarlo.
Tomó apuntes.
Escuchó al profesor.
Contestó una pregunta.
Pero cada tanto miraba hacia atrás.
Ciro estaba serio.
Más distante.
Y eso le resultaba extraño después de lo que habían vivido el viernes.
En el recreo, Bastián salió al pasillo con Brisa.
—¿Pasa algo? —preguntó ella.
—No sé.
—¿Con Ciro?
Bastián asintió.
—Está raro.
—¿Raro cómo?
—No sé... distante.
Brisa miró hacia el aula.
—Capaz le pasa algo.
—Sí.
—Entonces preguntale.
Bastián negó.
—No quiero perseguirlo.
—Preguntar no es perseguir.
—Ya sé.
—Entonces.
Bastián suspiró.
—Después.
No tuvo que hacerlo.
Ciro apareció unos minutos más tarde.
Solo.
Se quedó frente a él.
—¿Podemos hablar?
Bastián sintió un pequeño golpe en el pecho.
—Sí.
Ciro miró hacia los costados.
—Acá no.
—¿Dónde?
—Afuera.
Salieron por una puerta lateral.
El patio estaba casi vacío.
Ciro se quedó parado frente a él.
Durante unos segundos no dijo nada.
—¿Está todo bien? —preguntó Bastián.
—Sí.
—No parece.
Ciro bajó la mirada.
—Es que...
Se pasó una mano por el pelo.
—No sé cómo manejar esto.
Bastián sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Esto qué?
Ciro levantó la vista.
—Vos y yo.
Silencio.
Bastián no esperaba escucharlo tan directamente.
—¿Qué pasa con nosotros?
Ciro respiró hondo.
—Todo está pasando demasiado rápido.
Bastián tragó saliva.
—¿Demasiado rápido?
—Sí.
—Pero no pasó nada.
Ciro sonrió con tristeza.
—Ese es justamente el problema.
Bastián quedó callado.