Emma permaneció inmóvil frente a la ventana.
Alejandro estaba allí.
Después de cinco años.
Había imaginado aquel momento cientos de veces, pero nunca pensó que ocurriría así. Sin advertencia. Sin tiempo para prepararse. Sin una oportunidad para esconder a Lucas.
Lo vio entrar al edificio.
Su corazón comenzó a golpearle el pecho.
—No puede estar pasando...
Retrocedió de la ventana y miró hacia el pasillo.
La puerta del dormitorio de Lucas estaba cerrada.
Tenía que pensar.
Rápido.
Tomó el teléfono y llamó a su madre.
No respondió.
Volvió a llamar.
Nada.
—Mamá, contesta...
Se escucharon tres golpes en la puerta.
Emma se quedó paralizada.
Uno.
Dos.
Tres.
Alejandro.
No había duda.
Guardó el teléfono en el bolsillo y respiró profundamente.
No podía dejar que él notara su miedo.
No podía permitir que descubriera la verdad aquella noche.
Volvieron a tocar.
—Emma.
Su voz.
Aquella voz que había intentado olvidar durante cinco años.
Cerró los ojos.
Por un instante volvió a tener veinticinco años y estar entre sus brazos.
Pero abrió los ojos y recordó por qué se había marchado.
Se acercó a la puerta.
—¿Quién es?
Hubo unos segundos de silencio.
—Sabes perfectamente quién soy.
Emma apretó los dedos.
—Te has equivocado de apartamento.
—No.
Su respuesta fue tranquila.
Demasiado tranquila.
—Sé que eres tú.
Emma apoyó una mano sobre la puerta.
—Han pasado cinco años, Alejandro.
—Lo sé.
—Entonces deberías irte.
—Después de hablar contigo.
—No tenemos nada que hablar.
Alejandro soltó una breve risa, pero no había humor en ella.
—Eso mismo dijiste hace cinco años.
Emma sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
No.
No podía llorar.
No delante de él.
—Las cosas cambiaron.
—¿Para ti?
—Para los dos.
—No. Para mí cambiaste tú.
Emma cerró los ojos.
—Vete, Alejandro.
—Mírame y dímelo.
Ella no respondió.
—Emma.
—¿Qué quieres?
—Una explicación.
—Ya te la di.
—Me dijiste que no me amabas.
El corazón de Emma se quebró.
Aquella mentira había sido la más dolorosa de su vida.
—Y debiste creerme.
—Nunca te creí.
Emma permaneció en silencio.
—Por eso estoy aquí —continuó él—. Porque quiero saber la verdad.
Antes de que pudiera responder, se escuchó un ruido en el dormitorio.
Emma se giró.
La puerta se abrió.
—¿Mamá?
Lucas apareció medio dormido, abrazando su pequeño oso de peluche.
Emma sintió que la sangre abandonaba su rostro.
—Lucas...
Alejandro escuchó la voz del niño.
Todo quedó en silencio.
—¿Quién es? —preguntó.
Emma reaccionó rápidamente.
—Vuelve a la cama.
Lucas miró hacia la puerta.
—¿Hay alguien?
Alejandro dio un paso hacia adelante.
—¿Tienes un hijo?
Emma cerró los ojos.
—Sí.
Aquella palabra salió casi en un susurro.
Alejandro no dijo nada.
Por primera vez desde que había llegado, su expresión perdió aquella seguridad que siempre lo acompañaba.
—¿Cuántos años tiene?
Emma no respondió.
—Emma.
—Cinco.
Alejandro se quedó inmóvil.
Cinco.
La cifra pareció golpearlo.
—¿Cinco años?
—Sí.
Él la miró fijamente.
—¿Cuándo nació?
Emma sintió que el corazón se le detenía.
—Eso no es asunto tuyo.
—Quiero saber.
—No tienes derecho.
Alejandro apretó la mandíbula.
—Quizás no.
Miró hacia el niño.
Lucas seguía observándolos desde el pasillo.
Entonces ocurrió algo que Emma había temido durante años.
Lucas levantó la mirada hacia Alejandro.
Y Alejandro lo miró a él.
Durante unos segundos ninguno habló.
Emma pudo ver el momento exacto en que Alejandro comenzó a notar los detalles.
Los ojos.
La forma de la boca.
La pequeña marca junto a la ceja izquierda.
La misma que él tenía.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Cómo se llama?
Emma se interpuso entre ambos.
—No importa.
—Para mí sí.
—No tienes nada que ver con él.
La mirada de Alejandro volvió hacia ella.
—¿Quién es su padre?
Emma sintió que las piernas le temblaban.
—Está muerto.
La mentira salió de sus labios.
Y le dolió más que cualquier otra.
Alejandro la observó durante varios segundos.
—¿Murió?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hace mucho.
—¿Cómo se llamaba?
Emma bajó la mirada.
—No quiero hablar de eso.
Alejandro se acercó un poco más.
—Emma, mírame.
Ella levantó los ojos.
—¿Quién es el padre de ese niño?
—Ya te respondí.
—No.
Su voz se volvió más firme.
—Me dijiste que está muerto. No me dijiste quién es.
Emma sintió que ya no podía respirar.
—No tienes por qué saberlo.
Alejandro la miró con una mezcla de rabia y desconcierto.
—¿Por qué siento que me estás mintiendo?
Emma no pudo responder.
Lucas se acercó.
—Mamá.
Ella se giró rápidamente.
—¿Qué pasa, cariño?
—Tengo sed.
Emma respiró profundamente.
—Voy por agua.
Lucas miró a Alejandro.
—¿Él es tu amigo?
Alejandro no apartó los ojos de Emma.
—Lo fui.
Lucas frunció el ceño.
—¿Y ahora?
Emma tomó su mano.
—Ahora no.
Alejandro sintió algo extraño al escuchar aquella respuesta.
No sabía por qué.
Pero aquel niño le resultaba familiar.
Demasiado familiar.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó.
Emma se tensó.
Lucas respondió con naturalidad.
—Lucas.
Alejandro repitió el nombre en voz baja.
—Lucas.