Alejandro no pudo dormir.
Había pasado horas sentado frente al ventanal de su apartamento, observando las luces de la ciudad mientras una pregunta se repetía en su cabeza.
¿Quién era el padre de Lucas?
Había intentado convencerse de que no tenía importancia.
Emma había rehecho su vida.
Era normal que tuviera un hijo después de cinco años.
Pero había algo que no encajaba.
La edad del niño.
Cinco años.
Justamente cinco años desde que Emma desapareció.
Alejandro cerró los ojos.
Intentó recordar la última noche que estuvieron juntos.
Emma había llorado.
Había intentado decirle algo.
Él lo recordaba perfectamente.
—Tenemos que hablar —le había dicho ella.
Pero Alejandro, cegado por la rabia después de una discusión familiar, no la escuchó.
—No quiero escuchar más excusas.
—Alejandro, por favor.
—Si quieres irte, vete.
Aquellas palabras lo habían perseguido durante cinco años.
Porque fueron las últimas que le dijo.
A la mañana siguiente, Emma había desaparecido.
Sin explicación.
Sin despedida.
Sin dejar una sola pista.
Alejandro abrió los ojos.
—¿Y si...?
No terminó la frase.
No quería pensar en esa posibilidad.
Pero ya era demasiado tarde.
***
A la mañana siguiente, Emma llevó a Lucas a la escuela.
El pequeño caminaba a su lado con su mochila sobre los hombros.
—¿Vendrás a buscarme?
—Claro.
—¿Seguro?
—Segurísimo.
Lucas sonrió.
—Te quiero, mamá.
Emma se agachó y lo abrazó.
—Yo te quiero más.
Lo observó entrar.
Esperó hasta que desapareció por el pasillo.
Entonces respiró profundamente.
Necesitaba resolver muchas cosas.
Pero antes de poder alejarse, recibió una llamada.
—¿Sí?
—Emma, soy yo.
Reconoció la voz de inmediato.
Su madre.
—¿Qué ocurre?
—Tenemos que vernos.
—¿Por qué?
—No puedo hablar por teléfono.
Emma sintió un escalofrío.
—Mamá, me estás asustando.
—Escúchame. Hay algo que nunca te conté.
Emma cerró los ojos.
—¿Tiene que ver con Alejandro?
—Sí.
—¿Qué pasó realmente aquella noche?
Su madre permaneció en silencio.
—No fue Alejandro quien te obligó a marcharte.
Emma se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Fue alguien más.
—¿Quién?
—No puedo decírtelo por teléfono.
—Entonces dime dónde estás.
—En la cafetería de la avenida Central. Ven sola.
La llamada terminó.
Emma miró hacia la entrada de la escuela.
Después hacia la calle.
Algo no estaba bien.
Pero necesitaba respuestas.
***
Alejandro llegó a la empresa temprano.
Gabriel lo esperaba en su oficina.
—Tenemos los resultados de la investigación.
Alejandro dejó las llaves sobre el escritorio.
—Habla.
Gabriel le entregó una carpeta.
—Emma se fue de la ciudad hace cinco años.
—Eso ya lo sé.
—Se mudó varias veces.
Alejandro abrió la carpeta.
—¿Y?
—Durante el primer año estuvo en una ciudad pequeña.
—¿Con quién?
—Sola.
Alejandro pasó una página.
—¿Y después?
Gabriel dudó.
—Después nació el niño.
Alejandro levantó la mirada.
—¿Cómo sabes eso?
—Encontramos registros médicos.
El silencio se hizo pesado.
—¿Qué fecha?
Gabriel mencionó la fecha.
Alejandro sintió que el corazón le daba un golpe.
Era imposible.
La fecha coincidía.
Exactamente.
Con la última noche que había pasado con Emma.
Alejandro se levantó lentamente.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—¿Hay algo más?
Gabriel sacó otro documento.
—Sí.
—¿Qué?
—El apellido del niño.
Alejandro miró el papel.
Lucas Cruz.
No Ferrer.
Eso no demostraba nada.
Pero había otra cosa.
Una fotografía.
Gabriel la colocó sobre el escritorio.
Era una imagen reciente.
Lucas estaba sentado en un banco, sonriendo.
Alejandro tomó la fotografía.
Su respiración se detuvo.
Los ojos del niño.
La expresión.
La pequeña marca junto a la ceja.
Todo parecía demasiado familiar.
—Dios...
Gabriel lo observó.
—¿Qué pasa?
Alejandro levantó la mirada.
—Creo que ese niño es mío.
Gabriel permaneció en silencio.
—¿Estás seguro?
—No.
Alejandro volvió a mirar la fotografía.
—Pero necesito saberlo.
—Entonces hazte una prueba.
Alejandro negó con la cabeza.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque si estoy equivocado...
No terminó.
Gabriel entendió.
—Y si tienes razón, tu vida va a cambiar.
Alejandro guardó la fotografía.
—Ya cambió hace cinco años.
***
Emma llegó a la cafetería.
Su madre ya estaba allí.
Parecía nerviosa.
—¿Qué ocurre?
Camila tomó su mano.
—Siéntate.
Emma obedeció.
—Ahora dime la verdad.
Camila miró alrededor antes de hablar.
—Cuando descubriste que estabas embarazada, yo no quería que Alejandro lo supiera.
Emma sintió un nudo en la garganta.
—Eso ya lo sé.
—No.
Camila negó con la cabeza.
—No lo sabes todo.
—Entonces dime.
Su madre bajó la mirada.
—Recibí una amenaza.
Emma se quedó inmóvil.
—¿De quién?
—Un hombre me llamó.
—¿Quién?
—No dijo su nombre.
—¿Qué quería?
—Quería que te alejaras de Alejandro.
Emma sintió que la sangre se le helaba.
—¿Por qué?
—Dijo que si Alejandro descubría que estabas embarazada, te quitarían a Lucas.
—¿Quiénes?
—La familia Ferrer.
Emma negó con la cabeza.
—Eso no tiene sentido.
—Yo tampoco lo creí al principio.
—Entonces, ¿por qué me obligaste a irme?