Emma no podía apartar la mirada del hombre que acababa de bajar del automóvil.
Lo había visto esa mañana.
El mismo rostro serio. La misma mirada fría.
El hombre que había seguido a Lucas.
Su corazón comenzó a latir con tanta fuerza que por un instante sintió que le faltaba el aire.
—No... —susurró.
Lucas seguía jugando en la sala, completamente ajeno al peligro.
Emma corrió hacia la puerta y la abrió antes de que pudiera pensarlo.
Alejandro estaba junto al automóvil.
El desconocido se encontraba a unos pasos de él.
—¡Alejandro! —gritó Emma.
Ambos hombres levantaron la mirada.
Alejandro frunció el ceño al verla tan alterada.
—¿Qué sucede?
Emma señaló al desconocido.
—¡Ese hombre!
Pero cuando volvió a mirar...
Ya no estaba.
—¿Dónde está? —preguntó desesperada.
Alejandro miró hacia atrás.
—¿Quién?
—¡El hombre que estaba contigo!
—Emma, yo vine solo.
Ella negó con la cabeza.
—No. Lo vi bajar de tu automóvil.
Alejandro la observó fijamente.
—No había nadie conmigo.
Emma sintió un escalofrío.
—Sí lo había.
Alejandro se acercó.
—¿Es el mismo hombre que viste siguiendo a Lucas?
Emma tragó saliva.
—Sí.
Por primera vez, Alejandro dejó de parecer confundido.
Su expresión se endureció.
—Entra.
—¿Qué?
—Entra a la casa, Emma.
—Alejandro...
—Ahora.
Había algo en su voz que no admitía discusión.
Emma obedeció.
Cerró la puerta detrás de él y se quedó observándolo mientras Alejandro revisaba las ventanas y miraba hacia la calle.
—¿Qué está pasando? —preguntó ella.
—Eso mismo quiero saber.
—¿Tú no trajiste a ese hombre?
—No.
Emma sintió que el miedo le apretaba el pecho.
—Entonces, ¿cómo llegó hasta aquí?
Alejandro sacó su teléfono.
—Voy a averiguarlo.
Marcó un número.
—Gabriel, necesito que revises las cámaras de seguridad de esta zona. Ahora.
Hizo una pausa.
—Y quiero saber si alguien ha estado siguiendo a Emma o a Lucas.
Emma lo miró sorprendida.
—¿Por qué estás haciendo esto?
Alejandro bajó lentamente el teléfono.
—Porque alguien está persiguiéndote.
—Eso no es asunto tuyo.
—Sí lo es.
—No.
—Emma...
—No puedes aparecer después de cinco años y pretender que puedes solucionar todo.
Alejandro apretó la mandíbula.
—No estoy intentando solucionar tu vida.
—Entonces vete.
Hubo un silencio incómodo.
Alejandro la miró como si aquellas palabras le hubieran dolido más de lo que quería admitir.
—¿Eso es lo que quieres?
Emma apartó la mirada.
—Sí.
—Mírame y dímelo.
Ella levantó los ojos.
Y durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Cinco años.
Cinco años intentando olvidar aquellos ojos.
Cinco años intentando convencerse de que había hecho lo correcto.
Pero ahora Alejandro estaba frente a ella y todo lo que había enterrado parecía regresar.
—Quiero que te vayas —susurró.
Alejandro sostuvo su mirada.
—Está bien.
Se dio la vuelta.
Pero antes de llegar a la puerta, escucharon una voz infantil.
—¿Mamá?
Emma se quedó paralizada.
Lucas apareció en el pasillo abrazando su pequeño oso de peluche.
—¿Quién es él?
Alejandro miró al niño.
Otra vez sintió aquella extraña sensación.
Aquellos ojos.
Aquella mirada.
Era como observar una versión pequeña de sí mismo.
Lucas se acercó a Emma.
—Mamá, ¿estás triste?
Ella se agachó y lo abrazó.
—No, mi amor.
Alejandro los observó en silencio.
Entonces Lucas levantó la mirada hacia él.
—¿Tú eres el señor de la foto?
Emma sintió que el mundo se detenía.
Alejandro la miró.
—¿Qué foto?
Lucas señaló hacia una pequeña mesa.
—La que mamá guarda en su habitación.
Emma palideció.
—Lucas...
—La del hombre que se parece a mí.
Alejandro no dijo nada.
Su mirada pasó lentamente del niño a Emma.
—¿Qué fotografía, Emma?
—Ninguna.
—Lucas acaba de decir...
—Es un niño. No sabe lo que dice.
Pero Alejandro ya no la escuchaba.
Había una pieza que encajaba demasiado bien.
El nacimiento de Lucas.
La fecha de su desaparición.
La última noche que estuvieron juntos.
Y ahora aquella fotografía.
—Quiero verla.
—No.
—Emma.
—¡He dicho que no!
Lucas se asustó.
Emma inmediatamente bajó la voz.
—Perdóname, mi amor.
Alejandro respiró profundamente.
—No voy a obligarte.
Emma lo miró con desconfianza.
—Entonces vete.
Alejandro caminó hacia la puerta.
Pero antes de salir, se detuvo.
—No sé quién es ese hombre.
Emma permaneció en silencio.
—Pero voy a descubrirlo.
Ella sintió un nudo en la garganta.
—Alejandro...
Él se volvió.
—Y también voy a descubrir por qué alguien está tan interesado en tu hijo.
Emma sintió que la sangre abandonaba su rostro.
Alejandro la miró unos segundos más.
—Porque tengo la sensación de que Lucas no es el único secreto que llevas cinco años escondiendo.
Y salió.
Emma cerró la puerta con manos temblorosas.
Lucas la abrazó por la cintura.
—Mamá...
—¿Sí, mi amor?
—¿El señor malo nos va a encontrar?
Emma se quedó inmóvil.
—¿Qué señor malo?
Lucas levantó la mirada.
—El que estaba afuera de la escuela.
Emma sintió un escalofrío.
—¿Lo conoces?
Lucas negó con la cabeza.
—No.
—Entonces, ¿por qué dices que es malo?
El niño señaló hacia la ventana.
—Porque él me dijo que te dijera que dejáramos de esconderme.
Emma dejó de respirar.
—¿Cuándo te dijo eso?