Entre Notas y Silencios

Prólogo.

Antes de la primera nota.

Hay historias que comienzan con un beso.

Otras empiezan con una mirada.

Algunas necesitan años para encontrar el momento exacto en que dos personas dejan de ser desconocidas y empiezan a formar parte de la vida del otro.

La nuestra comenzó con una canción.

Aunque, si soy completamente sincera, ni siquiera quería escribirla.

Yo tenía veinticuatro años y una lista bastante larga de razones para no creer en el amor.

No eran razones inventadas.

Había aprendido algunas a golpes.

Había visto cómo las personas podían prometer quedarse y desaparecer cuando más las necesitabas. Había aprendido que confiar podía convertirse en una ventaja para quien sabía dónde tocarte. Había descubierto que algunas palabras bonitas podían ser simplemente una manera elegante de esconder una mentira.

Por eso escribía canciones diferentes.

Canciones sobre rabia.

Sobre noches demasiado largas.

Sobre personas que se van.

Sobre sobrevivir cuando nadie viene a rescatarte.

No necesitaba canciones de amor.

O eso creía.

Entonces apareció Adrián Vega.

Cuarenta y tres años.

Compositor.

Pianista.

Productor.

Demasiado elegante para mi paciencia y demasiado tranquilo para mi forma de vivir.

La primera vez que lo vi pensé que no duraríamos una semana trabajando juntos.

Él parecía representar todo aquello que yo rechazaba.

Disciplina.

Control.

Silencio.

Yo era todo lo contrario.

Impulso.

Ruido.

Contradicción.

Él pensaba antes de hablar.

Yo hablaba para no tener que pensar.

Él creía en las canciones capaces de decir lo que las personas no podían.

Yo creía que algunas cosas era mejor no decirlas nunca.

Y entonces una discográfica decidió que nosotros dos debíamos escribir un álbum de canciones de amor.

Todavía me resulta extraño recordarlo.

Porque en aquel momento no sabía que una canción podía convertirse en una puerta.

Mucho menos que alguien podía aparecer al otro lado.

Al principio discutíamos por todo.

Por las melodías.

Por las letras.

Por los silencios.

Por las palabras que yo quería dejar y las que él quería borrar.

Yo pensaba que intentaba cambiarme.

Él insistía en que solo intentaba escucharme.

Y quizá esa fue la primera diferencia.

Nunca intentó hacerme más fácil.

No quiso convertir mis heridas en algo bonito.

No intentó suavizar mis canciones para que fueran más cómodas.

Solo me pedía una cosa.

Que fuera sincera.

—No escribas lo que crees que la gente quiere escuchar —me dijo una tarde—. Escribe lo que no te atreves a decir.

No le respondí.

Porque había entendido demasiado.

Con el tiempo descubrí que Adrián también tenía cosas que no decía.

Historias que había dejado a medias.

Canciones que había escrito para personas que ya no estaban.

Errores que todavía recordaba.

Decisiones que no sabía si lamentaba.

Y entonces ocurrió algo que no estaba en el contrato.

Empezamos a conocernos.

No de golpe.

No como sucede en las películas.

No hubo una mirada mágica capaz de cambiarlo todo.

Fue mucho más sencillo.

Un café sin azúcar.

Una conversación después de medianoche.

Una llamada para saber si había llegado bien.

Una chaqueta olvidada.

Una mano que rozaba otra al caminar.

Una canción que empezaba hablando de dos desconocidos y terminaba diciendo demasiado sobre nosotros.

Fue en pequeñas cosas.

Siempre fue en pequeñas cosas.

Yo tardé en darme cuenta.

Porque estaba acostumbrada a desconfiar de los grandes gestos.

Las grandes promesas.




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