La palabra permaneció en la hoja durante varios minutos.
Nunca más.
Valentina la observaba como si aquellas dos palabras fueran capaces de traicionarla.
Adrián seguía frente al piano.
No había vuelto a tocar.
—¿Qué estás pensando? —preguntó él.
—Que es un título horrible.
Adrián levantó una ceja.
—Hace treinta segundos te parecía perfecto.
—Hace treinta segundos todavía no lo había visto escrito.
—¿Y ahora?
—Ahora parece una amenaza.
—Quizá lo sea.
Valentina sonrió.
—¿Siempre tienes una respuesta para todo?
—No.
—Parece que sí.
—Solo para las preguntas que no importan demasiado.
Ella dejó el lápiz sobre la mesa.
—¿Y cuáles importan?
Adrián la miró.
—Las que no sabemos contestar.
Por alguna razón, aquella respuesta le produjo un pequeño escalofrío.
Valentina apartó la mirada.
—Bien. Empecemos.
Adrián volvió a colocar los dedos sobre las teclas.
La melodía apareció lentamente.
Tres acordes.
Una pausa.
Después otro.
No era triste.
Tampoco era alegre.
Tenía algo suspendido entre ambos extremos, como una persona parada frente a una puerta sin decidir si quería entrar o marcharse.
Valentina cerró los ojos.
—No quiero que suene como una canción romántica.
—Entonces no la cantaremos como una.
—Quiero que parezca una confesión.
—Eso es diferente.
—Quiero que la persona que la escuche sienta que está leyendo algo que nunca debió encontrar.
Adrián dejó de tocar.
—Eso sí me gusta.
—¿Por qué?
—Porque las mejores canciones parecen secretos.
Valentina abrió los ojos.
—¿Y tú tienes muchos secretos?
—Todos tenemos.
—Yo no.
Él sonrió.
—Ese es tu primer secreto.
Valentina negó con la cabeza.
—Eres insoportable.
—Y tú llegaste tarde.
—Doce minutos.
—Doce minutos.
—Los contaste.
—Soy metódico.
—Ya me lo habían advertido.
—¿Quién?
—Todo el mundo.
Adrián volvió a tocar.
—Entonces deberías haber venido preparada.
Valentina se acercó al micrófono.
—Estoy preparada.
—No parece.
—¿Quieres que me vaya?
—No.
La respuesta fue demasiado rápida.
Ambos se quedaron en silencio.
Adrián bajó la mirada hacia las teclas.
Valentina sintió que algo había cambiado en la habitación.
No era grande.
No era evidente.
Pero estaba ahí.
Una tensión nueva.
Una especie de corriente silenciosa.
Se colocó los audífonos.
—Toca.
Adrián obedeció.
Ella respiró profundamente.
Y cantó.
—Nunca más...
Su voz llenó la sala.
No había producción.
No había efectos.
No había instrumentos adicionales.
Solo su voz y el piano.
—Nunca más voy a creerle a quien diga que se queda...
Adrián levantó ligeramente la mirada.
Ella continuó.
—Nunca más voy a entregar las partes de mí que nadie ve...
Se detuvo.
—No.
—¿Qué ocurre? —preguntó él.
—No me gusta.
—¿La letra?
—La frase.
—¿Cuál?
#2121 en Novela romántica
• romance de desarrollo lento., • atracción progresiva., • diferencia de edad.
Editado: 03.10.2026