Entre Notas y Silencios

Lo que no se dice.

A las nueve y veintisiete de la mañana, Valentina estaba frente a la puerta del estudio.

Miró su reloj.

Después miró la puerta.

Volvió a mirar su reloj.

Había llegado temprano.

Demasiado temprano.

Eso la irritaba.

No sabía por qué había salido de casa con tanta anticipación. Ni por qué había rechazado dos invitaciones para desayunar. Ni por qué, mientras se maquillaba frente al espejo, había cambiado tres veces de ropa.

Al final había elegido unos pantalones negros, una camiseta blanca y una chaqueta amplia.

Nada especial.

Nada que pudiera interpretarse como un esfuerzo.

Eso era importante.

Porque no estaba intentando impresionar a nadie.

Mucho menos a Adrián Vega.

La puerta se abrió.

—Llegas temprano.

Valentina levantó la mirada.

Adrián estaba frente a ella con dos vasos de café en la mano.

—Tú también.

—Yo siempre llego temprano.

—Qué sorpresa.

Él le ofreció uno de los vasos.

—Sin azúcar.

Valentina lo miró.

—¿Cómo sabes cómo tomo el café?

—Ayer pediste uno.

Ella tomó el vaso.

—No recuerdo que estuvieras prestando atención.

—Estaba trabajando contigo.

—Eso no responde mi pregunta.

—Entonces sí estaba prestando atención.

Valentina bajó la mirada hacia el café.

No quería admitir que aquel pequeño detalle le había gustado.

—Gracias.

—De nada.

Entraron.

La sala estaba exactamente como la habían dejado la noche anterior.

Las partituras seguían sobre el piano.

El micrófono estaba en el mismo lugar.

Incluso la botella de agua que Valentina había dejado olvidada junto a la consola seguía allí.

Ella caminó hasta el piano.

—¿Dormiste?

Adrián dejó su café sobre la mesa.

—Sí.

—Yo no.

Él la miró.

—¿Por la canción?

Valentina negó con la cabeza.

—Por muchas cosas.

—¿La canción entre ellas?

Ella sonrió.

—Quizá.

Adrián no insistió.

Eso le gustaba de él.

No hacía preguntas cuando ella no quería responder.

Pero tampoco fingía que no había escuchado.

—Vamos a terminarla —dijo ella.

—Primero quiero cambiar algo.

Valentina se volvió.

—¿Qué?

Adrián tomó la partitura.

—El segundo verso.

—¿Por qué?

—Es demasiado seguro.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Qué tiene de malo?

—Que la persona que canta la canción dice que tiene miedo de enamorarse, pero luego se protege demasiado.

Valentina cruzó los brazos.

—Eso es precisamente lo que hace alguien que tiene miedo.

—No.

Adrián negó lentamente con la cabeza.

—Eso es lo que hace alguien que quiere que todos crean que tiene miedo.

Ella lo miró.

—¿Cuál es la diferencia?

—La persona que tiene miedo huye.

—¿Y la otra?

—La otra se queda cerca.

Valentina permaneció en silencio.

—¿Y eso qué significa?

Adrián señaló la letra.

—Que nuestra protagonista no quiere irse.

Ella sintió un pequeño nudo en el estómago.

—Entonces, ¿qué quieres cambiar?

—Quiero que diga la verdad.

—¿Y cuál es la verdad?

Adrián la miró.

—Que quiere volver a sentir.

Valentina apartó la mirada.

—Eso es demasiado romántico.

—No necesariamente.

—¿Entonces qué es?




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