Valentina llegó al estudio con la chaqueta de Adrián puesta.
No había sido exactamente una decisión.
O eso se dijo mientras se miraba en el espejo antes de salir de casa.
La chaqueta estaba sobre la silla desde la noche anterior.
Había pensado dejarla allí.
Después había pensado que quizá debía devolverla.
Luego había pensado que Adrián iba a venir a buscarla de todos modos.
Y, finalmente, se la había puesto.
Así de sencillo.
O eso quería creer.
Cuando entró al estudio, Adrián ya estaba allí.
Levantó la mirada desde el piano.
Después miró la chaqueta.
Volvió a mirarla a ella.
—Buenos días.
—Buenos días.
—Veo que encontraste una solución.
Valentina bajó la mirada hacia la chaqueta.
—Estaba ahí.
—Ya veo.
—¿Te molesta?
—No.
—¿Quieres que te la devuelva?
Adrián negó con la cabeza.
—No todavía.
Ella sonrió.
—¿No todavía?
—Parece que te queda mejor a ti.
Valentina intentó disimular la sonrisa.
—Eso fue un cumplido.
—Sí.
—Cada vez eres más peligroso.
—Estoy aprendiendo de ti.
Valentina dejó el bolso sobre el sofá.
—Entonces vas mal.
Adrián volvió al piano.
—¿Café?
—Sí.
Él señaló el vaso que estaba sobre la mesa.
—Sin azúcar.
Valentina lo tomó.
—Ya ni siquiera preguntas.
—Ya sé cómo lo tomas.
Ella se quedó quieta un instante.
Era una frase pequeña.
Pero últimamente las frases pequeñas tenían la costumbre de quedarse con ella.
—Gracias.
Adrián asintió.
Comenzaron a trabajar.
La grabación oficial de «Acostumbrarse» estaba prevista para aquella tarde, pero antes tenían que terminar algunos detalles.
Valentina se puso los auriculares.
Adrián comenzó a tocar.
La canción sonó diferente en el estudio.
Más grande.
Más definitiva.
Valentina cerró los ojos.
Me acostumbré a tu manera de llegar,
a tu silencio antes de hablar,
a buscarte sin pensarlo,
a saber que vas a estar.
Cantó el coro.
Esta vez no tuvo que esforzarse para encontrar emoción.
La canción ya no hablaba de algo que pudiera ocurrir.
Hablaba de algo que ya estaba ocurriendo.
Cuando terminó, abrió los ojos.
Adrián estaba observándola desde el otro lado del cristal.
Levantó el pulgar.
Valentina sonrió.
Se quitó los auriculares.
—¿Bien?
—Muy bien.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿No cambiarías nada?
—No.
—Eso es raro.
—¿Por qué?
—Siempre cambias algo.
Adrián sonrió.
—Hoy no.
La puerta del estudio se abrió.
Damián entró cargando una bolsa de comida.
—Traigo sobornos.
Valentina se levantó.
—Te quiero.
—Lo sabía.
Damián dejó la bolsa sobre la mesa.
—¿Qué tal?
—Terminando.
Damián miró a Adrián.
—Hola.
—Hola.
El saludo fue cordial.
Nada más.
Pero Valentina había aprendido a reconocer ciertos silencios.
Y aquel tenía una pequeña tensión.
No suficiente para convertirse en un problema.
Solo suficiente para existir.
Damián sacó varios recipientes.
#2121 en Novela romántica
• romance de desarrollo lento., • atracción progresiva., • diferencia de edad.
Editado: 03.10.2026