Entre Notas y Silencios

Después de medianoche.

A las once y cuarenta y ocho de la noche, el estudio estaba casi vacío.

Las luces del pasillo permanecían encendidas, pero la mayoría de las oficinas estaban a oscuras.

Solo quedaba una sala ocupada.

La sala B.

Valentina estaba sentada frente al piano con varias hojas alrededor.

Llevaba horas intentando encontrar el final de la tercera canción.

Nada funcionaba.

Había cambiado la melodía cuatro veces.

Había eliminado dos versos.

Había escrito un puente y después lo había destruido.

La hoja frente a ella estaba llena de palabras tachadas.

Adrián entró con dos cafés.

—Sigues aquí.

Valentina levantó la mirada.

—Tú también.

—Yo soy el culpable.

—¿Por qué?

—Porque dije que podíamos terminarla esta noche.

—Y yo fui lo suficientemente tonta para aceptar.

Adrián dejó el café junto a ella.

—Sin azúcar.

Valentina sonrió.

—Gracias.

Se quedó mirando el vaso.

—¿Qué hora es?

—Casi medianoche.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—La hora en que las malas decisiones empiezan a parecer buenas ideas.

Adrián sonrió.

—Eso explica muchas canciones.

Valentina soltó una risa.

—Y muchas relaciones.

Él se sentó a su lado.

—¿Sigues pensando en el final?

—Sí.

—¿Qué quieres decir?

—No lo sé.

—Ese es el problema.

Valentina miró la hoja.

—Quiero que termine con esperanza, pero no quiero que parezca una mentira.

Adrián permaneció pensativo.

—Entonces no escribas esperanza.

—¿Qué escribo?

—Escribe posibilidad.

Ella lo miró.

—¿Cuál es la diferencia?

—La esperanza promete.

—¿Y la posibilidad?

—Deja que decidas.

Valentina sonrió.

—Eso me gusta.

Adrián tocó algunos acordes.

—Escucha.

La melodía era sencilla.

Pero había algo diferente.

Una sensación de espacio.

De calma después de una tormenta.

Valentina tomó el lápiz.

—Dame un segundo.

Escribió.

—“Quizá no sea para siempre...”

Adrián añadió otro acorde.

Ella continuó:

—“pero por primera vez no quiero irme.”

Adrián dejó de tocar.

La miró.

—Eso es.

Valentina sonrió.

—¿Te gusta?

—Mucho.

—Entonces tenemos el final.

—Sí.

Ella apoyó el lápiz.

—Terminamos.

—Terminamos.

Pero ninguno se levantó.

El silencio se instaló entre ellos.

No era incómodo.

Era otra cosa.

Una intimidad que había ido creciendo sin pedir permiso.

Valentina miró el reloj.

—No puedo creer que llevemos tantas horas aquí.

—El tiempo pasa rápido cuando estás haciendo algo que te importa.

Ella lo miró.

—¿Te importa?

—Sí.

—¿La canción?

Adrián sostuvo su mirada.

—También.

Valentina bajó los ojos.

No quería preguntar qué significaba aquel “también”.

Porque sospechaba la respuesta.

Y esa sospecha era peligrosa.

—¿Sabes qué pienso? —dijo ella.

—¿Qué?

—Que probablemente nunca habríamos sido amigos.

Adrián sonrió.

—¿Por qué?

—Porque somos demasiado diferentes.




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