Entre Notas y Silencios

Sin pedir permiso.

La mano de Adrián permaneció junto a la de Valentina durante varios minutos.

Ninguno de los dos parecía tener prisa por apartarla.

El tráfico avanzaba lentamente frente a ellos. Las luces de los edificios se reflejaban sobre el parabrisas y la radio permanecía apagada.

No necesitaban música.

Lo cual, para dos personas que llevaban semanas intentando construir un álbum entero, resultaba casi irónico.

Valentina miraba por la ventana.

Sentía el calor de los dedos de Adrián contra los suyos y trataba de convencerse de que no era para tanto.

No lo era.

Era solo una mano.

Un gesto pequeño.

Algo que cualquier persona podía hacer sin convertirlo en una historia.

Pero precisamente porque era pequeño, le resultaba imposible ignorarlo.

No había ocurrido en una azotea.

No había sido después de una confesión.

No había ocurrido mientras escribían una canción sobre el miedo.

Había ocurrido en un automóvil, después de una jornada larga, mientras decidían dónde cenar.

Y eso lo hacía mucho más real.

—¿Sigues pensando? —preguntó Adrián.

Valentina sonrió.

—Siempre.

—Eso me preocupa.

—¿Por qué?

—Porque cuando piensas demasiado empiezas a inventar problemas.

Ella giró la cabeza.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque haces una pequeña arruga aquí.

Se señaló entre las cejas.

Valentina soltó una risa.

—¿Me estás estudiando?

—Un poco.

—Eso es preocupante.

—Tú dijiste que querías que te conociera.

—No recuerdo haber dicho eso.

—Lo dijiste de otra manera.

—¿Cuál?

Adrián la miró durante un instante antes de volver la vista a la carretera.

—Cuando dijiste que no querías abrir todas las puertas de golpe.

Valentina recordó aquella conversación del día anterior.

—Eso no significa que puedas entrar sin tocar.

—Nunca entraría sin tocar.

Ella sonrió.

—Bien.

Hubo otro silencio.

La mano de Adrián seguía junto a la suya.

Finalmente, Valentina preguntó:

—¿A dónde vamos?

—Hay un restaurante pequeño cerca del río.

—¿Es bueno?

—Sí.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque llevo años yendo.

—¿Con quién?

La pregunta salió automáticamente.

Adrián la miró de reojo.

—¿Otra vez?

Valentina hizo una mueca.

—No puedo evitarlo.

—Con amigos. Algunas veces solo.

—Ah.

—¿Esperabas otra respuesta?

—No.

—Sí esperabas.

—Un poco.

Adrián sonrió.

—No tienes que preocuparte por personas que estuvieron antes.

Valentina bajó la mirada hacia sus manos.

—No estoy preocupada.

—Valentina.

—Bueno. Quizá un poco.

Él no se burló.

Eso le gustó.

—No tienes que competir con mi pasado —dijo.

Ella levantó la mirada.

—No quiero.

—Bien.

—Pero tampoco quiero fingir que no me importa.

Adrián asintió.

—Eso me parece justo.

Valentina lo observó.

—¿No te molesta?

—No.

—¿Nada?

—Me gusta que te importe.

Ella se quedó callada.

—Eso también me preocupa.

—¿Por qué?

—Porque me gusta que te guste.

Adrián sonrió.

—Estamos complicando mucho una cena.

—Siempre complicamos todo.

—Eso sí es verdad.

El restaurante era pequeño y tranquilo.

Tenía mesas de madera, lámparas cálidas y grandes ventanales desde los que se veía el río.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.