Entre Notas y Silencios

Lo que empieza a quedarse.

La reunión con los ejecutivos terminó más tarde de lo previsto.

Mucho más tarde.

Valentina salió de la sala con una sensación extraña, como si hubiera pasado las últimas dos horas defendiendo algo que ni siquiera sabía cómo explicar.

La quinta canción había gustado.

Eso era evidente.

Marcos había sonreído.

Los ejecutivos habían asentido.

Uno de ellos incluso había dicho que era exactamente el tipo de canción que necesitaba el álbum en ese momento.

Pero Valentina no podía dejar de pensar en una sola cosa.

Habían hablado de la canción como si fuera un producto.

Como si aquella letra sobre acostumbrarse a alguien pudiera medirse en cifras.

Como si las palabras que ella y Adrián habían escrito juntos no hubieran nacido de conversaciones que ninguno de los dos se atrevía a tener directamente.

Cuando salieron del edificio, ya era de noche.

Adrián caminaba a su lado con las manos en los bolsillos del abrigo.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí.

—Eso ha sonado falso.

Valentina lo miró.

—Estoy cansada.

—Eso sí te lo creo.

—Y molesta.

—También.

Ella sonrió ligeramente.

—¿Cómo haces para saberlo?

—Llevas diez minutos golpeando el suelo con la punta del zapato.

Valentina bajó la mirada.

Estaban detenidos junto a la acera.

—Ni siquiera me había dado cuenta.

—Yo sí.

—Claro que sí.

Adrián sonrió.

—Es una de las cosas que estoy aprendiendo.

Valentina lo observó.

—¿Qué cosas?

—Tus pequeñas costumbres.

Ella recordó la canción.

Por un momento no supo qué decir.

—Eso suena peligrosamente romántico.

—Estamos escribiendo un disco romántico.

—No uses el trabajo como excusa.

Adrián la miró.

—No lo estoy haciendo.

Aquello hizo que Valentina apartara la mirada.

Un automóvil pasó frente a ellos.

La calle estaba casi vacía.

—¿Quieres que te lleve? —preguntó él.

—Puedo pedir un coche.

—No pregunté si podías.

Ella sonrió.

—Está bien.

Caminaron hasta el estacionamiento.

Durante el trayecto no hablaron demasiado.

No era un silencio incómodo.

Era uno de esos silencios que habían empezado a aparecer entre ellos últimamente.

No necesitaban llenarlo.

Cuando llegaron al automóvil, Adrián abrió la puerta del pasajero.

Valentina se detuvo antes de entrar.

—¿Siempre eres así?

—¿Así cómo?

—Caballeroso.

—No siempre.

—¿Solo conmigo?

Adrián pensó unos segundos.

—No lo sé.

—Buena respuesta.

—¿Era una pregunta con trampa?

—Todas mis preguntas lo son.

—Ya me había dado cuenta.

Ella subió al automóvil.

Adrián cerró la puerta.

Cuando él rodeó el vehículo, Valentina sonrió para sí.

Era extraño.

Le gustaba que hiciera esas cosas.

Le gustaba que no fueran importantes.

Le gustaba que él no necesitara convertir cada gesto en una declaración.

Durante el camino, la ciudad pasó frente a las ventanas.

Valentina apoyó la cabeza contra el cristal.

—¿Te gustó la reunión?

Adrián mantuvo la vista en la carretera.

—No.

—Gracias por la sinceridad.

—Me gustó que aprobaran la canción.

—Eso no es lo mismo.

—No.

Valentina permaneció callada unos segundos.

—A veces siento que ellos quieren que hagamos canciones sobre cosas que nunca han sentido.

Adrián asintió.

—Es parte de la industria.




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