La frase permaneció escrita en la hoja durante varios minutos.
Y cuando quisimos darnos cuenta, ya estábamos aquí.
Valentina la miraba como si perteneciera a otra persona.
Adrián seguía de pie al otro lado del piano.
No había dicho nada desde que la leyó.
—¿Qué? —preguntó finalmente ella.
—Nada.
Valentina levantó una ceja.
—Te estoy empezando a odiar un poco por esa palabra.
—Lo sé.
—Entonces habla.
Adrián tomó la hoja.
—Me gusta.
—¿Solo eso?
—Sí.
—Qué hombre tan expresivo.
—Estoy tratando de no arruinarlo.
Valentina sonrió.
—¿Arruinar qué?
Él dejó la hoja sobre el piano.
—La canción.
—Claro.
La mirada que se cruzaron duró un segundo más de lo necesario.
Después Valentina apartó la vista.
—Tenemos que trabajar.
—Sí.
Adrián se sentó frente al piano.
Ella tomó el lápiz.
La nueva canción no tenía nombre.
Tampoco tenía una dirección clara.
Solo cuatro líneas.
Pero había algo diferente en ella.
No hablaba de miedo.
No hablaba de huir.
No hablaba de promesas.
Ni siquiera hablaba directamente de amor.
Hablaba de cómo alguien podía comenzar a formar parte de tu vida sin pedir permiso.
De pequeños detalles.
De esperar un mensaje.
De saber cómo toma el café.
De reconocer sus pasos en un pasillo.
De dejar una silla vacía porque sabes que alguien llegará.
De acostumbrarte a una voz.
De notar una ausencia.
De querer contarle algo a una persona antes que a nadie.
Era una canción sobre lo cotidiano.
Y precisamente por eso parecía más íntima que todas las anteriores.
—Empieza tú —dijo Adrián.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Y si no me gusta?
—La cambiamos.
—¿Y si te gusta?
—La dejamos.
Valentina tomó aire.
Adrián tocó una secuencia de acordes.
Ella comenzó a tararear.
Primero sin palabras.
Después apareció una melodía.
—Espera.
Valentina levantó la mano.
—¿Qué?
—Creo que tengo algo.
Escribió.
No fue de golpe,
ni como lo imaginé.
Fue en pequeños detalles
que nunca vi venir.
Adrián volvió a tocar.
—Eso es bueno.
—No me digas que es bueno. Dime si funciona.
—Funciona.
—Mejor.
Siguieron.
La mañana avanzó sin que ninguno mirara demasiado el reloj.
A veces hablaban.
A veces no.
A veces una palabra de Valentina hacía que Adrián cambiara un acorde.
Otras veces un acorde de él hacía que ella reescribiera una frase.
Era una forma de conversación que habían aprendido sin darse cuenta.
A media mañana, Adrián se levantó para preparar café.
Valentina continuó escribiendo.
—¿Sin azúcar? —preguntó él desde la pequeña cocina del estudio.
Ella levantó la cabeza.
—Sí.
—¿Ves?
—¿Qué?
—Pequeñas cosas.
Valentina sonrió.
—No uses mi canción contra mí.
—Demasiado tarde.
Cuando regresó con los cafés, dejó el suyo en la mesa.
El de Valentina frente a ella.
Ella lo tomó.
—Gracias.
—De nada.
Bebió un sorbo.
—Está perfecto.
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• romance de desarrollo lento., • atracción progresiva., • diferencia de edad.
Editado: 03.10.2026