Entre Notas y Silencios

Lo que elegimos conservar.

Lo que elegimos conservar.

A la mañana siguiente, Valentina llegó al estudio con la nota de Adrián doblada dentro de la funda de su teléfono.

No sabía exactamente por qué la había guardado allí.

Podría haberla dejado sobre la mesa de noche, junto a los libros que casi nunca terminaba de leer. Podría haberla tirado después de sonreír al verla, como hacía con cualquier papel que consideraba demasiado sentimental. Incluso podría haberla fotografiado y guardado en alguna carpeta perdida del teléfono.

Pero no.

La había doblado cuidadosamente y la llevaba consigo.

«No tienes que ser más fácil de entender para que alguien quiera escucharte.»

La frase le había dado vueltas en la cabeza durante toda la mañana.

Quizá porque era exactamente lo contrario de todo lo que había escuchado durante las últimas semanas.

Sé más accesible.

Sonríe más.

Habla de amor.

Cambia algunas canciones.

Reduce el tono.

Deja que el público vea una versión más amable de ti.

Como si ella fuera una canción que alguien pudiera editar hasta hacerla irreconocible.

Entró al estudio y dejó el bolso sobre el sofá.

Adrián todavía no había llegado.

Valentina miró el reloj.

Faltaban siete minutos para la hora acordada.

—Llegas temprano otra vez —murmuró para sí.

Se sentó frente al piano y abrió la aplicación donde había comenzado a escribir la nueva canción.

No quería trabajar en «Acostumbrarse».

No todavía.

La quinta canción estaba casi terminada y, de alguna manera, se había convertido en algo demasiado personal. Cada línea parecía esconder una conversación que ninguno de los dos había tenido directamente.

Así que había decidido empezar otra.

Una canción que no hablara de acostumbrarse.

Una canción sobre elegir.

No elegir a una persona.

Elegirse a uno mismo.

Valentina escribió una línea.

La leyó.

La borró.

Escribió otra.

La borró también.

—Qué difícil es escribir cuando una sabe lo que quiere decir —dijo.

—Porque normalmente escribes cuando no lo sabes.

Valentina levantó la cabeza.

Adrián estaba apoyado en el marco de la puerta.

Llevaba una camisa oscura, las mangas ligeramente remangadas y una carpeta bajo el brazo.

—¿Desde cuándo estás ahí?

—Desde que dijiste que es difícil escribir cuando sabes lo que quieres decir.

—Eso es un poco inquietante.

—¿Que aparezca en una puerta?

—Que escuches mis conversaciones conmigo misma.

Adrián sonrió.

—Solo escuché la última parte.

—Qué alivio.

Él dejó la carpeta sobre el piano.

—Buenos días.

—Buenos días.

Adrián miró la pantalla de su teléfono.

—¿Nueva canción?

—Tal vez.

—¿Y «Acostumbrarse»?

—Sobrevivirá sin nosotros unas horas.

—Eso espero.

Valentina lo observó.

Había algo diferente en él aquella mañana.

No era evidente.

No llevaba una expresión distinta ni parecía especialmente preocupado.

Pero había una especie de cansancio alrededor de sus ojos.

—¿Dormiste?

—Sí.

—Eso no fue un sí convincente.

—Dormí lo suficiente.

—Eso es distinto.

Adrián soltó una pequeña risa.

—¿Ahora también vas a controlar mis horas de sueño?

—No. Pero alguien tiene que hacerlo.

—¿Y quién te nombró responsable?

—Nadie.

—Eso explica muchas cosas.

Valentina sonrió.

Durante unos segundos ninguno habló.

Era curioso cómo los silencios habían cambiado entre ellos.

Antes, el silencio era una especie de muro.

Ahora era simplemente una habitación en la que podían estar juntos.

Adrián se sentó al piano.




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