Entre Notas y Silencios

Lo que cambia sin avisar.

La mañana después de la presentación, Valentina llegó al estudio con una sensación extraña.

No era nerviosismo.

Tampoco exactamente ilusión.

Era algo más difícil de nombrar.

Había pasado la noche pensando en la terraza, en aquella conversación que apenas había parecido una conversación y en el momento en que Adrián le había apartado el cabello de la cara.

Nada había ocurrido.

Eso era lo curioso.

No se habían besado.

No se habían dicho nada extraordinario.

No habían hecho ninguna promesa.

Y, sin embargo, Valentina sentía que algo había cambiado.

Quizá porque por primera vez no necesitaba que ocurriera algo para saber que había algo.

Abrió la puerta del estudio.

Adrián estaba frente al piano.

Como siempre.

—Buenos días —dijo él.

Valentina dejó el bolso sobre el sofá.

—Llegaste temprano.

—Son las ocho y cuarto.

—Exactamente.

—Tú llegaste a las ocho y diez.

—Eso es temprano para mí.

Adrián levantó una ceja.

—¿Debería preocuparme?

—Mucho.

Él sonrió.

Valentina se acercó al piano.

Sobre el atril había varias hojas.

—¿Qué es eso?

—La quinta canción.

Ella tomó las hojas.

—¿Ya empezaste?

—No podía dormir.

—¿Por la canción?

Adrián la miró.

—En parte.

Valentina bajó la mirada para esconder una sonrisa.

—Qué respuesta tan conveniente.

—No dije que fuera conveniente.

Ella leyó las primeras líneas.

—Esto está bien.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo sé.

Valentina levantó la mirada.

—Estás aprendiendo.

—¿Qué?

—A sobrevivir a mis comentarios.

—Llevo tiempo practicando.

Ella se sentó junto a él.

Durante unos segundos ninguno habló.

Adrián tocó dos acordes.

—Me dijiste que querías cambiar el puente.

—Sí.

—¿Qué tienes?

Valentina sacó el teléfono.

—Esto.

Le mostró unas notas.

Adrián leyó.

—“Quizá me acostumbré tanto a irme que olvidé cómo se siente quedarse”.

Levantó los ojos.

—Eso es bueno.

—Lo sé.

—Esa respuesta ya la usaste ayer.

—Funciona.

Adrián volvió a leer.

—¿De dónde salió?

—De anoche.

—¿De la presentación?

—De después.

Él no preguntó más.

Valentina agradeció el silencio.

Había algo que empezaba a gustarle de trabajar con él.

Adrián nunca intentaba arrancarle una confesión.

Si ella quería hablar, escuchaba.

Si no quería, esperaba.

Y esa paciencia era mucho más peligrosa que cualquier insistencia.

—Ponlo después del segundo estribillo —dijo él.

—¿Funcionará?

—Vamos a probar.

Empezaron a tocar.

La quinta canción tomó un camino diferente al que habían imaginado.

No era una canción de amor.

Tampoco era una canción sobre miedo.

Era más bien una canción sobre acostumbrarse a la presencia de alguien.

Sobre esos pequeños cambios que ocurren sin permiso.

Un café preparado de la manera exacta.

Una mirada que uno empieza a buscar en una habitación.

Un mensaje que se espera aunque no haya ninguna razón para esperarlo.

Valentina escribió una línea.

Adrián escribió otra.

Ella cambiaba una palabra.

Él cambiaba un acorde.




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