Entre Notas y Silencios

Acostumbrarse.

A la mañana siguiente, Valentina descubrió algo que le pareció ligeramente irritante.

Había empezado a acostumbrarse.

No a Adrián exactamente.

O, al menos, eso fue lo primero que se dijo.

Se había acostumbrado a la manera en que él dejaba el café sobre la mesa sin preguntarle si quería uno. A que llegara al estudio unos minutos antes de la hora acordada. A que hiciera una pequeña mueca cuando una melodía no le convencía. A que levantara apenas una ceja cuando ella decía algo absurdo.

Se había acostumbrado a que estuviera allí.

Y lo peor era que había empezado a notar su ausencia con demasiada facilidad.

Se levantó de la cama, tomó el teléfono y miró la pantalla.

Nada.

Frunció el ceño.

—Perfecto —murmuró.

No sabía por qué esperaba un mensaje.

No había ninguna razón para que Adrián tuviera que escribirle.

El día anterior habían pasado juntos prácticamente todo el día. Habían recorrido el mercado de antigüedades, tomado café, entrado en una librería, hablado durante horas y terminado refugiándose de la lluvia. Después habían vuelto cada uno a su casa.

No eran una pareja.

Ni siquiera habían hablado de ser algo parecido.

Así que no había motivo para esperar un mensaje de buenos días.

Aun así, volvió a mirar el teléfono.

Nada.

—Qué ridícula eres.

Se metió en la ducha.

Quince minutos después, volvió a mirar el teléfono.

Nada.

Veinte minutos más tarde, mientras buscaba una camiseta limpia, volvió a mirarlo.

Nada.

—Esto ya es patético.

Cuando finalmente decidió dejar el teléfono sobre la cama y olvidarse del asunto, llegó una notificación.

Adrián.

Valentina se quedó mirando la pantalla unos segundos antes de abrirla.

Adrián: Buenos días. ¿Sigues viva después de nuestra excursión de ayer?

Valentina sonrió sin querer.

Valentina: Apenas. Mis piernas están considerando demandarme.

La respuesta llegó casi inmediatamente.

Adrián: Eso te pasa por caminar durante seis horas.

Valentina: Tú caminaste seis horas.

Adrián: Yo no me quejé.

Valentina: Porque eres insoportable.

Pasaron unos segundos.

Adrián: Nos vemos en el estudio.

Valentina volvió a sonreír.

No era nada.

Absolutamente nada.

Pero durante el resto de la mañana tuvo una sensación extraña, ligera, parecida a la satisfacción de saber que alguien pensaba en ti.

Cuando llegó al estudio, Adrián ya estaba allí.

Como siempre.

Estaba sentado frente al piano con varias hojas sobre el atril. Tenía las mangas de la camisa remangadas hasta los antebrazos y una taza de café junto a la mano derecha.

Valentina se detuvo en la puerta.

—¿Llegas temprano o yo llego tarde?

Adrián levantó la mirada.

—Llegas exactamente a la hora.

—Entonces tú llegas temprano.

—Sí.

—Eso debería preocuparme.

—¿Por qué?

Valentina dejó el bolso sobre el sofá.

—Porque empiezo a pensar que tienes una vida demasiado organizada.

—La tengo.

—Qué aburrido.

—Ayer no te pareció aburrida.

Ella lo miró.

Adrián sostuvo la mirada durante un segundo más de lo necesario.

Después volvió al piano.

—Ayer fue distinto.

Valentina sintió algo pequeño moverse dentro de ella.

—¿Por qué?

—Porque no estábamos trabajando.

No hubo ninguna insinuación evidente en su voz.

Precisamente por eso le afectó más.

Valentina caminó hasta el piano.

—Entonces hoy estamos trabajando.

—Sí.

—Perfecto.

—Perfecto.

Ella se sentó a su lado.

Entre ambos había una hoja.

Cinco líneas musicales.




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