Entre Notas y Silencios

Un día sin canciones.

Valentina despertó cerca del mediodía.

Durante unos segundos no recordó qué día era.

Después vio el teléfono sobre la mesa de noche y recordó que no tenía que ir al estudio.

Sonrió.

Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que había tenido un día completamente libre.

No tenía reuniones.

No tenía entrevistas.

No tenía que escribir.

No tenía que cantar.

Y, sobre todo, no tenía que escuchar a Marcos decirle cuántas canciones necesitaban estar terminadas.

Cogió el teléfono.

Había varios mensajes.

Ninguno de Adrián.

Valentina frunció el ceño.

Lo dejó sobre la cama.

Volvió a cogerlo.

Nada.

—Qué ridículo —murmuró.

No sabía por qué esperaba un mensaje.

La noche anterior habían hablado.

Se habían despedido.

Había sido suficiente.

Sin embargo, ahora se encontraba mirando la pantalla como si esperara que apareciera una respuesta que ella misma no había provocado.

Finalmente escribió:

Valentina: ¿Sigues vivo?

Lo pensó.

Borró el mensaje.

Volvió a escribir.

Valentina: ¿Qué haces hoy?

Lo envió antes de poder arrepentirse.

Dejó el teléfono boca abajo.

Se levantó.

Cinco minutos después, el teléfono vibró.

Adrián: Intentando decidir qué hacer con un día libre.

Valentina sonrió.

Valentina: Yo también.

Adrián: ¿Alguna idea?

Ella miró por la ventana.

El día estaba soleado.

Recordó algo.

Valentina: Hay un mercado de antigüedades cerca del centro. Nunca he ido.

La respuesta tardó un poco.

Adrián: Yo sí.

Valentina: Entonces sabes si vale la pena.

Adrián: Depende.

Valentina: ¿De qué?

Adrián: De con quién vayas.

Valentina se quedó mirando la pantalla.

—Idiota.

Sonrió.

Valentina: ¿Eso significa que quieres ir?

La respuesta llegó después de unos segundos.

Adrián: Sí.

Una hora después, Valentina estaba frente al espejo.

Había cambiado de ropa tres veces.

La primera opción le pareció demasiado arreglada.

La segunda, demasiado casual.

La tercera era prácticamente igual que la primera.

—No puede ser —dijo en voz alta.

Se quedó observándose.

—Es solo Adrián.

La frase sonó falsa incluso para ella.

Suspiró y salió.

Adrián la esperaba cerca de la entrada del mercado.

Llevaba jeans, una camisa clara y una chaqueta ligera.

Valentina redujo el paso al verlo.

—¿Siempre te vistes así para comprar cosas viejas?

Adrián la miró.

—¿Así cómo?

—Como si fueras a una reunión.

—No sabía que había un código de vestimenta.

—No lo hay.

—Entonces estoy bien.

Ella sonrió.

—Supongo.

—Tú también.

—¿Eso fue un cumplido?

—Sí.

—Qué raro.

—Puedo retirarlo.

—Ni se te ocurra.

Adrián sonrió.

—Vamos.

El mercado estaba lleno.

Puestos de libros antiguos, discos de vinilo, muebles, cámaras, relojes y objetos cuyo propósito ninguno de los dos conseguía identificar.

Valentina caminaba de un puesto a otro con curiosidad.

Adrián la seguía.

—¿Te gusta esto?

—Me encanta.

—No parece.

—Porque no sabes mirar.




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