Entre Notas y Silencios

La canción que no quería escribir.

Valentina Cruz llegó al estudio doce minutos tarde.

No porque hubiera perdido el tiempo.

No porque el tráfico hubiera sido especialmente terrible.

Y definitivamente no porque se hubiera olvidado de la reunión.

Llegó tarde porque quería dejar claro, desde el primer segundo, que nadie iba a decidir por ella.

Ni siquiera una de las disqueras más poderosas de la ciudad.

Abrió la puerta del estudio con sus gafas oscuras todavía puestas y una chaqueta de cuero negra sobre los hombros. Llevaba el cabello recogido de cualquier manera y unos audífonos descansaban alrededor de su cuello.

—¿Dónde está? —preguntó.

La asistente de producción levantó la mirada de su computadora.

—¿Quién?

Valentina se quitó las gafas.

—Mi nueva condena.

La chica intentó contener una sonrisa.

—El señor Vega está en la sala B.

Valentina soltó una pequeña risa.

—Por supuesto que está en la sala B.

—¿Por qué?

—Porque los hombres como él siempre están en la sala B.

—¿Y cómo son los hombres como él?

Valentina caminó hacia el pasillo.

—Aburridos.

No sabía todavía cuánto iba a arrepentirse de aquella palabra.

Empujó la puerta de la sala B sin llamar.

Y se quedó quieta.

El hombre que estaba sentado frente al piano no parecía aburrido.

Parecía peligroso.

No de la manera en que ella conocía a los hombres peligrosos. No tenía tatuajes visibles, ni cadenas, ni una sonrisa arrogante.

Era otra clase de peligro.

Adrián Vega llevaba una camisa blanca con las mangas dobladas hasta los antebrazos y un pantalón oscuro perfectamente ajustado. No llevaba corbata. Su cabello, ligeramente entrecano en las sienes, estaba peinado hacia atrás sin parecer demasiado trabajado.

Estaba leyendo una partitura.

No levantó la cabeza cuando ella entró.

Valentina esperó.

Cinco segundos.

Diez.

Quince.

Finalmente habló.

—¿Siempre ignoras a las personas cuando entran en una habitación?

Adrián pasó una página.

—Solo cuando llegan tarde.

Valentina arqueó una ceja.

—Entonces sabes quién soy.

Ahora sí levantó la mirada.

Sus ojos encontraron los de ella.

Y durante un instante ninguno dijo nada.

Valentina había conocido cientos de personas en su carrera. Productores, músicos, empresarios, periodistas, fotógrafos, cantantes, actores. Hombres que intentaban impresionarla y hombres que intentaban conquistarla.

Adrián Vega no parecía interesado en hacer ninguna de las dos cosas.

Eso le molestó inmediatamente.

—Valentina Cruz —dijo él.

—Adrián Vega.

—Ya lo sabes.

—Era difícil no saberlo.

Él cerró la partitura.

—Eso depende de lo que escuches.

Ella dejó su bolso sobre una silla.

—He escuchado tus canciones.

—¿Y?

Valentina sonrió.

—Son bonitas.

Adrián esperó.

—Eso no sonó como un cumplido.

—No lo era.

Por primera vez, apareció una pequeña sonrisa en el rostro de él.

—Bien.

Valentina se cruzó de brazos.

—¿Bien?

—Prefiero que seas honesta.

—Entonces estamos empezando mal.

—¿Por qué?

—Porque yo no hago canciones como las tuyas.

—Lo sé.

—Y no quiero hacerlas.

—También lo sé.

Aquello la desconcertó.

—Entonces, ¿qué hacemos aquí?

Adrián señaló el piano.

—Intentamos descubrir qué puedes hacer que todavía no has hecho.

Valentina lo miró fijamente.

—La disquera te contó muchas cosas sobre mí.

—Me contó algunas.

—¿Como cuáles?

—Que eres difícil.

Ella soltó una carcajada.




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