A la mañana siguiente, Valentina despertó antes de que sonara la alarma.
No supo exactamente por qué.
Durante unos segundos permaneció acostada, mirando el techo de su habitación, intentando recordar qué había soñado. Después lo recordó.
No había sido un sueño.
Había sido Adrián.
Su mirada en la azotea. Su voz diciéndole que confiar no había sido el error. Su chaqueta sobre sus hombros. La distancia mínima entre sus rostros.
Y aquella frase que ella misma había pronunciado.
Entonces no te detengas.
Valentina cerró los ojos.
—Genial —murmuró—. Perfecto.
Se levantó de la cama con la determinación de alguien que acababa de tomar una decisión importante.
No iba a pensar en él.
No iba a recordar la noche anterior.
No iba a interpretar cada gesto como una señal.
Y, sobre todo, no iba a preguntarse por qué había dejado deliberadamente la chaqueta de Adrián en su apartamento.
Había sido una excusa.
Eso era todo.
Una excusa para obligarlo a regresar.
El problema era que ella misma no sabía qué esperaba que ocurriera cuando regresara.
Adrián llegó al estudio quince minutos antes de la hora acordada.
Llevaba la misma serenidad de siempre, pero había algo diferente en su manera de caminar.
Algo que ni él podía ocultar.
Había dormido poco.
La chaqueta que Valentina había conservado estaba doblada sobre una silla de su habitación. Había pensado en recuperarla la noche anterior, pero cuando ella se la había devuelto y después se la había vuelto a ofrecer con aquella sonrisa apenas disimulada, comprendió perfectamente lo que estaba haciendo.
Puedes quedártela esta noche.
No había sido una frase inocente.
Y él lo sabía.
Lo peor era que había aceptado.
Adrián dejó una carpeta sobre el piano y respiró profundamente.
—Esto es una mala idea —dijo para sí.
—¿Qué cosa?
Se giró.
Valentina estaba apoyada en el marco de la puerta.
Adrián la observó durante un segundo.
Llevaba jeans oscuros, una camiseta negra y el cabello recogido de manera desordenada. No parecía haberse esforzado demasiado por su apariencia.
Y precisamente por eso le resultaba más difícil apartar la mirada.
—Llegas temprano —dijo él.
—Tú también.
—Yo siempre llego temprano.
—Entonces yo siempre llego tarde.
—Eso parece.
Valentina sonrió.
—¿Dormiste?
Adrián sostuvo su mirada.
—Poco.
—Yo también.
Silencio.
Los dos entendieron inmediatamente por qué.
Valentina entró en la sala y cerró la puerta.
—¿Trajiste mi próxima tortura musical?
—Traje algo peor.
—¿Qué?
—Una idea.
Ella dejó escapar una pequeña risa.
—Eso sí que da miedo.
Adrián abrió la carpeta.
—Tenemos que empezar la cuarta canción.
—Pensé que después de lo de anoche necesitaríamos hablar.
—Probablemente.
—¿Y no vamos a hacerlo?
Él levantó la mirada.
—Estoy intentando decidir cómo.
Valentina se sentó frente al piano.
—Puedes empezar por decir la verdad.
Adrián permaneció en silencio.
—¿Sobre qué?
—Sobre por qué te alejaste anoche.
Él respiró lentamente.
—Porque si no lo hacía, te iba a besar.
Valentina dejó de sonreír.
Durante un instante no hubo música, ni estudio, ni álbum.
Solo ellos.
—¿Y eso te asusta? —preguntó ella.
—Sí.
—¿Por qué?
Adrián apoyó las manos sobre el piano.
—Porque no quiero que seas una historia que termine mal.
Valentina bajó la mirada.
—Eso no depende de ti.
—Lo sé.
—Entonces deja de intentar controlar algo que todavía no ha ocurrido.
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• romance de desarrollo lento., • atracción progresiva., • diferencia de edad.
Editado: 03.10.2026