Al día siguiente, Valentina llegó al estudio diez minutos antes de la hora acordada.
No llevaba café.
No llevaba auriculares.
Ni siquiera llevaba la actitud desafiante con la que solía entrar cuando quería dejar claro que nadie podía decirle qué hacer.
Llevaba, en cambio, una inquietud que no sabía dónde colocar.
Desde que había salido del estudio la noche anterior, una pregunta había permanecido dando vueltas en su cabeza.
¿Qué estás sintiendo por él?
Había intentado responderla mientras conducía.
Después, mientras se duchaba.
Después, acostada en la cama.
Y finalmente había decidido que pensar demasiado era una forma bastante elegante de perder el sueño.
Así que había dormido poco.
Otra vez.
—Esto se está convirtiendo en una costumbre —murmuró.
Abrió la puerta del estudio.
Adrián ya estaba allí.
Por supuesto.
Estaba sentado frente al piano, con una taza de café a su lado y varias hojas sobre el atril.
Valentina se detuvo.
—¿Otra vez temprano?
Él levantó la mirada.
—Otra vez.
Ella dejó el bolso sobre el sofá.
—Empiezo a sospechar que tienes una obsesión con llegar antes que todos.
—Y yo empiezo a sospechar que llegas temprano solo para comprobarlo.
Valentina sonrió.
—Puede ser.
Adrián señaló la taza que estaba junto al piano.
—Es para ti.
Ella se acercó.
—¿Sin azúcar?
—Sin azúcar.
Valentina tomó la taza.
—Estás creando un problema.
—¿El café?
—Que recuerdes cómo lo tomo.
Adrián no respondió.
Ella bebió un sorbo.
—Está bueno.
—Me alegra.
—No te acostumbres a que te dé cumplidos.
—No pensaba hacerlo.
Valentina se sentó a su lado.
La naturalidad de aquel momento la sorprendió.
Habían pasado de discutir sobre un álbum que ninguno quería hacer a compartir café como si llevaran meses trabajando juntos.
Quizá ese era el verdadero peligro.
No los momentos intensos.
No las miradas largas.
No los casi besos.
Era aquello.
La facilidad.
La sensación de que estar junto a él comenzaba a parecerle normal.
—Terminé el segundo verso —dijo Adrián.
Valentina tomó las hojas.
Leyó.
“No quiero promesas que duren una vida,
quiero verdades que duren la noche.
No quiero que me salves de mis heridas,
solo que no huyas cuando las nombres.”
Se quedó callada.
—¿Qué?
—Me gusta.
—Eso suena sospechoso.
—Mucho.
Adrián sonrió.
—¿Quieres cambiar algo?
Valentina negó.
—No.
Volvió a leer.
—Pero hay algo que no entiendo.
—¿Qué?
—“No huyas cuando las nombres”.
Adrián la observó.
—¿Qué no entiendes?
—¿Por qué alguien tendría que huir?
—Porque conocer las heridas de alguien significa conocer también dónde puede romperse.
Valentina bajó lentamente las hojas.
—Eso es demasiado personal.
—La canción lo necesita.
—¿La canción?
—Sí.
Ella lo miró.
—¿O tú?
Adrián no respondió.
Valentina dejó escapar una pequeña risa.
—Sabía que algún día iba a conseguir dejarte sin palabras.
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
Adrián volvió al piano.
—Vamos a grabarla.
—¿Ahora?
—Ahora.
La primera toma salió mal.
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• romance de desarrollo lento., • atracción progresiva., • diferencia de edad.
Editado: 03.10.2026