A las ocho de la mañana, Valentina ya estaba despierta.
A las ocho y cinco, había revisado el teléfono.
A las ocho y diez, había abierto la grabación de la canción.
A las ocho y doce, se había arrepentido.
Volvió a escucharla.
Su voz llenó el dormitorio mientras permanecía sentada sobre la cama, con una taza de café entre las manos.
No era la canción.
Era él.
La manera en que Adrián la había mirado después de terminar la grabación.
La forma en que había dicho que había dejado de cantar y comenzado a decir la verdad.
Valentina cerró la aplicación.
—Qué estupidez —murmuró.
Se levantó.
No iba a pensar en él.
No durante todo el día.
Aquella promesa duró exactamente veintisiete minutos.
Cuando llegó al estudio, Adrián ya estaba allí.
Por supuesto.
Valentina entró intentando parecer indiferente.
—Buenos días.
—Buenos días.
Él levantó la mirada de la computadora.
—¿Dormiste?
Ella dejó su bolso.
—Perfectamente.
Adrián sonrió.
—Mientes fatal.
—Y tú haces demasiadas preguntas.
—Solo pregunté si dormiste.
—Exactamente.
Él volvió a la pantalla.
Valentina se quedó observándolo durante unos segundos.
Llevaba una camisa azul oscuro y el mismo reloj que había usado el día anterior.
Ella apartó la mirada.
—¿Qué hacemos hoy?
—La segunda canción.
—¿Ya tienes algo?
—Algunas ideas.
Adrián tomó varias hojas.
—Quiero que esta sea diferente.
—¿Cómo?
—No quiero hablar del miedo a enamorarse.
—¿Entonces?
—Quiero hablar del deseo.
Valentina se quedó inmóvil.
—¿Deseo?
—Sí.
—¿Romántico?
—No necesariamente.
Ella sonrió.
—Eso me gusta más.
Adrián la miró.
—Lo imaginé.
—¿Por qué?
—Porque tú nunca has tenido problemas escribiendo sobre deseo.
Valentina soltó una carcajada.
—Eso es cierto.
—Pero esta vez quiero que sea más complicado.
—¿Más complicado que qué?
—Que querer a alguien y no saber si debes acercarte.
Valentina dejó de sonreír.
—¿Eso también lo has vivido?
Adrián no respondió inmediatamente.
—Todos lo hemos vivido.
—No todos.
—Tú sí.
Ella levantó una ceja.
—¿Y tú cómo sabes?
—Porque ayer te fuiste demasiado rápido.
Valentina se quedó mirándolo.
—Tenía sueño.
—Claro.
—Lo tenía.
—Por supuesto.
—Adrián.
—Valentina.
Ella sonrió.
—No vuelvas a hacer eso.
—¿Qué?
—Hacerme sentir que sabes lo que estoy pensando.
Él se acercó al piano.
—Entonces deja de pensar tan fuerte.
Ella soltó una carcajada.
—Eres imposible.
—Ya me lo dijiste.
La sesión comenzó.
Durante dos horas trabajaron en una melodía nueva.
Esta vez era diferente.
Más cálida.
Más peligrosa.
Valentina escribía una frase y Adrián encontraba una armonía que parecía decir exactamente lo contrario.
Ella hablaba de distancia.
Él creaba cercanía.
Ella escribía sobre resistencia.
Él añadía notas que sonaban como rendición.
La canción comenzó a tomar forma.
Hasta que la puerta se abrió.
#2121 en Novela romántica
• romance de desarrollo lento., • atracción progresiva., • diferencia de edad.
Editado: 03.10.2026