La habitación que falta

CAPÍTULO 1: La desconexión

«La perfección es la voluntad de Dios y el aburrimiento es el diablo.»

— Johann Wolfgang von Goethe

Cuarenta y un segundos

Todos los relojes estaban coordinados, y llevaban doce años estándolo.

Américo Vela lo sabía porque él había firmado el modelo que mantenía esa coordinación. No la había inventado —la habían calculado ochenta y cuatro estudios de rendimiento cognitivo antes de que él naciera—. Era uno de esos trabajos que nadie nota cuando está bien hecho. A Américo le gustaba precisamente por eso. Había una elegancia en el trabajo invisible que los ingenieros de superficie, con sus torres y sus puentes, no llegaban a entender nunca.

Se sentó. La silla reconoció su masa y ajustó la inclinación lumbar cuatro grados.

—Buenos días —dijo al vacío, por costumbre.

La terminal no contestó. Nunca contestaba. En doce años de oficio, Américo no le había oído la voz al Continuum ni una sola vez; el sistema escribía, y escribir era suficiente. Había gente en los Anillos Altos que pagaba por interfaces con modulación afectiva, y a Américo le parecía una forma cara de hablar solo.

En la pantalla se cargó la cola del día.

*AUDITORÍA — SECTOR RESIDENCIAL, ANILLOS 9 A 14.*

*Expedientes asignados: 214.*

*Tiempo medio de resolución objetivo: 71 segundos.*

Doscientos catorce. Un martes tranquilo.

Empezó.

El trabajo tenía un ritmo, y el ritmo era la mitad del placer. Un expediente se abría, mostraba una vida en catorce campos, y los dedos de Américo decidían sobre el panel si esa vida seguía encajando en la curva. La mayoría encajaban. Un hombre con exceso de consumo calórico: reasignación de dieta, cierre. Una mujer que saltaba sus sesiones de regulación afectiva: ajuste de dosis sin aviso previo, siguiente.

Cincuenta y ocho segundos de media. Ni un solo músculo tenso en los hombros.

Una desviación no es nada. Cuatrocientas mil desviaciones son una ciudad que se calienta. Su trabajo consistía en atrapar cada una cuando todavía era nada, y había en eso una satisfacción limpia que Américo nunca había tenido que justificar ante nadie.

Él no borraba a nadie. Eso quería dejarlo claro incluso ante sí mismo, en las pocas ocasiones en que se lo preguntaba. Él marcaba, derivaba, ajustaba. Lo que pasaba después con lo que derivaba al archivo definitivo era competencia de otro departamento, con otros criterios y otra gente, y meterse en eso habría sido tan impertinente como que un fontanero opinara sobre el menú del restaurante.

El expediente ochenta y seis no era de una persona.

*DISPENSARIO FARMACÉUTICO, SECTOR PERIFÉRICO (inventario).*

*Diferencial de existencias: -0,4 % mensual, 19 meses consecutivos.*

*Líneas afectadas: antibióticos, antipiréticos, anticonvulsivos pediátricos.*

Américo se detuvo.

Cero coma cuatro.

Levantó los dedos del panel y miró la cifra un momento con algo que en otro hombre habría sido placer. Porque cero coma cuatro por ciento no era un robo. Un robo se ve: un pico, un hueco, una noche mala en el registro, un almacenero nervioso que se lleva demasiado la primera vez. Cero coma cuatro sostenido durante diecinueve meses era otra cosa. Era alguien que sabía exactamente cuál era el umbral de alarma del dispensario y llevaba año y medio caminando justo por debajo de él, mes tras mes, sin ceder ni una vez a la tentación de llevarse un poco más.

Aquello no era codicia. Era disciplina.

Américo no confiaba en el sistema porque fuera perfecto. Confiaba en él porque llevaba doce años aprendiendo a reconocer cuándo algo no encajaba, y aquello no encajaba de una manera que le resultó, durante unos segundos, francamente admirable.

Después hizo lo que siempre hacía: buscó la explicación barata, porque la explicación barata es la correcta el noventa y cuatro por ciento de las veces.

La encontró enseguida. Un empleado del dispensario con acceso al conteo manual. Diecinueve meses de constancia no requieren genio: requieren tener delante la cifra del umbral todos los días. Cualquiera que vea el número aprende a quedarse debajo. Y el destino de la mercancía era irrelevante —reventa en los Anillos Bajos, casi con certeza, donde una caja de antibióticos valía tres semanas de ración.

Había dos formas de cerrarlo. Una era derivarlo a Seguridad Interna, que abría una investigación, consumía cinco semanas de dos departamentos y terminaba en un almacenero esposado. La otra era tapar el agujero.

Américo eligió la segunda porque era la barata. Reasignó el dispensario al protocolo de inventario cerrado: conteo automatizado por unidad, sellado de la línea de reposición, autorización biométrica obligatoria para cada retirada. El diferencial iría a cero en quince días y nadie tendría que abrir nada.

*Expediente cerrado. Tiempo de resolución: 41 segundos.*

Cuarenta y uno. Le salió limpio.

Se echó atrás en la silla y estiró los dedos con esa pequeña satisfacción física, casi deportiva, de haber resuelto algo con la herramienta ligera en vez de la pesada. Era, objetivamente, un buen trabajo. Nadie iba a ir a un calabozo, el dispensario dejaría de sangrar y a la periferia le sobrarían, a partir del mes que viene, cuatro décimas de sus existencias.

Siguió, de buen humor.

A los ciento sesenta y un expedientes se encontró con Ruth Obando.

*OBANDO, RUTH. mantenimiento de filtros, turno nocturno. solicitudes reiteradas de anulación manual de termostato — 11 en 24 meses.*

Once.

Américo abrió el detalle. Las once solicitudes estaban ahí, en orden, con su fecha y su texto, y las once decían lo mismo con palabras distintas: *solicito autorización para bajar la unidad a diecinueve grados durante el periodo de sueño*. En la séptima, Ruth Obando había añadido una línea de justificación que el formulario no exigía.

*El niño no se duerme a veintidós.*

Se quedó un segundo con la vista en la pantalla y sintió una incomodidad debajo del cuello.




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