La habitación que falta

CAPÍTULO 8: El ruido

«El ruido no es el final de la señal. Es el lugar donde el sistema no puede vigilarte.»

La nota de la claridad

La montaña tembló con un zumbido grave que erizó la piel de Américo. El aire de la caverna olía a ozono quemado.

A su lado, Mulatos se llevó las manos a la garganta con un quejido seco. El implante bajo su piel destelló en un verde eléctrico, plano, sin fondo: Parpadeaba al ritmo de su pulso. El anciano cayó de rodillas sobre la roca húmeda, con la mirada perdida en los reflejos de la entrada.

—Se está cerrando el lazo —balbuceó Mulatos—. El ruido... el ruido térmico no me deja verla.

Américo metió la mano en el bolsillo. Sus dedos se cerraron sobre el metal del diapasón. *La nota LA*.

Sujetó el mango metálico y lo golpeó con fuerza contra la roca de la pared.

*Tiiiiiiiiiin...*

El tono acústico, nítido, cortó el zumbido digital.

La onda sonora se propagó por el aire, forzando al ambiente a resonar. Al instante, el puerto en el cuello de Mulatos dejó de parpadear y aquel verde de laboratorio se estabilizó en un brillo constante y tenue. El anciano dejó de temblar. Sus hombros se relajaron y sus ojos, empañados por años de demencia y silenciamiento, recuperaron una claridad afilada y dolorosa.

Miró a Américo. Después a Camila. Sus pupilas se dilataron al sintonizarse con la frecuencia de la caverna.

—Américo... —la voz de Mulatos ya no era un balbuceo incoherente; era la voz apasionada y dura del profesor Castellanos en medio de una discusión científica—. ¡Le dije que se equivocaba! ¡Discutimos en este mismo punto antes de que se perdiera!

Se llevó las manos a la cabeza, apretando las sienes mientras la Falla le rellenaba los vacíos de la mente.

—Tengo que encontrar al equipo, mi Maestro... él creía en la energía perpetua. Están en algún lugar de la falla, Américo... ¡Ahora se han perdido! Los dejé ir sin mí, Américo... y ahora no puedo. Se lo dije mil veces: *«¡No es energía perpetua... es un circuito! ¡Un bucle!»*.

Américo dio un paso adelante, conmocionado.

—¿Abuelo? ¿Tu maestro?

—¡Ten cuidado, Américo! —exclamó Mulatos, sujetándole las solapas del chaleco con dedos temblorosos pero firmes—. No sé cuántos segundos va a durar la carga del búfer. El desfasaje de la falla se está cerrando y este es el momento en que podemos entrar.




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