La habitación que falta

28.0,0 Final

Esa noche acamparon en la cuenca, al reparo de unas rocas, junto al deshielo.

Alguien encontró café. Era malísimo. Mulatos se tomó dos tazas sin quejarse, y Camila lo oyó reírse solo, bajito, cada vez que alguien escupía el suyo.

Después el campamento se fue apagando por partes: primero la discusión de Nael y Cero-Nueve, después las voces, después los pasos. Al final solo quedó el crujido de la leña y el agua corriendo entre las piedras.

Camila estaba sentada con la espalda contra una roca que todavía guardaba el calor del día. Américo se sentó a su lado. Ella lo reconoció antes de que hablara: por el peso, por la manera descuidada de dejar el fusil en el suelo, siempre al alcance.

—¿Te duele? —preguntó él.

—Ya no tanto.

Él no dijo nada durante un rato. Camila lo oyó partir una rama en pedazos pequeños y echarlos al fuego uno por uno. El calor del fuego le golpeaba la piel y cara que hace mucho tiempo estaban tensas. Poco a poco se le aflojaban los musculos.

—¿Vamos a caminar a oscuras? —dijo al fin—. Tú porque no ves. Yo porque nunca supe para dónde iba.

—Me encantaría.

Américo se puso de pie y echo la ultima rama a la fogata. No buscó el fusil; lo dejó allí en el suelo. Le tendió la mano a Camila y tiró suavemente de ella hasta ponerla en pie.

Dieron la espalda al rescoldo del campamento y se internaron bajo la sombra apretada de los pinos.

La noche los cubrió de golpe, pero a Camila le dio igual. Para ella la oscuridad no era un muro ni un peligro: bajo la venda de lona el mundo ya no dependía de la luz, sino de la humedad densa del musgo, del roce áspero de las ramas que esquivaba con el hombro y del calor áspero de la mano de Américo apretándole los dedos. Y a él tampoco le importaba la negrura. Había pasado veinte años marchando detrás de brújulas de campaña y coordenadas ajenas sin haber sabido nunca hacia dónde se dirigía; caminar a ciegas entre los árboles, sin rumbo y sin órdenes, era lo más honesto que había hecho en toda la guerra.

Avanzaron despacio, tanteando el terreno. Cuando una rama baja rozaba el pecho de Américo, él levantaba el brazo libre para que no le diera a ella en el rostro; cuando el suelo se quebraba en un repecho resbaladizo, Camila sentía el peso de él vacilar y afirmaba las botas en el barro para sostenerlo.

—Pero un día voy a ser viejo y el que no va a poder caminar voy a ser yo —dijo él entre el crujido de los pasos—. Me voy a poner viejo y terco. Me voy a olvidar de dónde dejé las botas, y después de para qué sirven las botas, y después de quién eres tú.

—Américo.

—Déjame terminar, que me costó toda la tarde armarlo. —La voz se le enronqueció un poco mientras la guiaba sorteando un desnivel de piedras húmedas—. Ese día te vas a tener que acordar tú. De todo. Y me lo vas a contar como si fuera la primera vez, aunque me lo hayas contado mil veces. Aunque te mire como a una extraña.

Camila le entrelazó los dedos, sintiendo los callos duros de su palma en la penumbra.

—¿Y qué te cuento?

—Que me gustaba la primavera. —Lo dijo al ritmo de sus botas pisando la hojarasca—. Y el otoño más. Que en otoño las hojas se ponen rojas antes de caer, y que caen para que lo de abajo tenga con qué crecer. Que eso me parecía lo único honrado que hacía el mundo.

—¿Y tú cuándo viste un otoño?

—Nunca uno de verdad, solo simulaciones. Pero no va a importar, no voy a recordar nada, como mi abuelo —Se encogió de hombros; ella sintió el movimiento en el brazo que los unía—. Por eso quiero que me cuentes uno tú.

Siguieron caminando en silencio unos pasos. El aire olía a corteza mojada, a deshielo y a viento limpio. Y entonces, sintiendo la tierra ceder bajo la suela y el frescor en la frente, Camila volvió a estar allí: en el sendero de la Falla, frente al tronco imposible, con una hoja seca entre los dedos de una mano y un brote tierno bajo las yemas de la otra.

—Yo sí vi uno —dijo despacio—. También en la Falla. El día que me perdí. Había un árbol que tenía todas las estaciones a la vez. Abajo, flores blancas que olían a miel. Arriba, hojas secas cayendo, rojas, despacio, como si no tuvieran ninguna prisa por llegar. Me di la vuelta para decirte «mira esto». Y no estabas.

—No estaba —dijo él, muy bajo.

—Así que ese otoño es mío. Y te lo voy a contar. Pero así no. Así no se cuentan las cosas.

—¿Cómo, entonces?

Sortearon un tronco caído cubierto de líquenes. Camila apoyó la mano libre en la corteza rugosa antes de saltarlo.

—Había una vez un soldado —empezó— que no sabía plantar nada. Rompía todo lo que tocaba. Un día le dieron una semilla de cerezo blanco y le dijeron que no se molestara, que en esa tierra no crecía nada desde hacía trece inviernos.

—Eso es mentira. El soldado era muy bueno con las manos.

—El soldado era un desastre. No me interrumpas. —Él soltó una risa seca por la nariz, y ella sintió el temblor en el hombro—. La plantó igual. Al pie de una piedra, donde habían enterrado a un amigo pequeño. Y todas las mañanas iba a ver si había salido algo. Y nunca había salido nada.

—Qué historia más triste.

—No ha terminado. Una primavera, el soldado ya estaba viejo y ya no se acordaba de por qué iba todas las mañanas a mirar una piedra. Pero iba igual. Porque los pies sí se acordaban.

—¿Y creció?

Camila tardó en contestar. Sus botas se hundieron en un tramo de musgo blando.

—No sé. La estoy inventando.

—Que crezca.

—Ya veremos. —Le apretó la mano—. Depende de cómo te portes.

Siguieron internándose en el bosque. A lo lejos, el campamento ya no existía; solo se oía el murmullo continuo del agua entre las peñas y el viento peinando las copas de los robles.

—En lo que viste —preguntó él—, ¿había cerezos?

—No había nada.

—¿Nietos?

—Nada, Américo. Ni un pájaro.

—Entonces ya le vamos ganando a esa habitación. —Le pasó el pulgar por la palma de la mano, despacio, sin soltarla—. Pregúntame lo otro, lo importante.




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