La habitación que falta

1.7

El Apartamento Ciego

Lo llevó a un apartamento minúsculo, anclado en las entrañas de Placea.

Las paredes estaban desnudas, sin proyecciones holográficas. Olía a papel viejo y polvo. Había libros físicos apilados en las esquinas, reliquias analógicas que la ciudad había purgado décadas atrás por considerarlas focos de desorden.

Camila corrió tres cerrojos mecánicos, pesados y ruidosos.

—Está blindado contra detección térmica —dijo ella, soltando el aire en una nube de vaho—. El Continuum no puede vernos.

Américo se sentó en una silla de metal oxidado. El frío del acero le caló los huesos. Era el precio de estar fuera de la cuadrícula: sin supervisión, pero sin calefacción.

—Cuénteme qué pasó en la fiesta. Por qué huyó.

Camila se apoyó en la mesa. Su coraza de titanio terminó de agrietarse, revelando a una mujer agotada pero feroz, respirando con dificultad.

—Hace semanas alguien me contactó por un canal análogo imposible. Me dieron información sobre su abuelo. Mulatos Castellanos.

—Él murió cuando yo era un niño —la interrumpió Américo—. Mi padre nunca habla de él. Ni de mi madre.

—¿Y nunca tuvo la necesidad física de saber más?

—El sistema proveía lo necesario. La curiosidad gasta energía inútil.

—Exacto. Eso debió parecerle estadísticamente aberrante, ingeniero. En Placea todo deja rastro. Pero su abuelo... fue borrado. No solo censuraron su gran obra; lo aislaron hasta desaparecerlo.

Camila encendió una consola de tubo, de fabricación casera. La pantalla parpadeó, escupiendo un video en blanco y negro lleno de estática.

Américo se congeló.

En la pantalla, estaba el hombre de la única fotografía borrosa que su padre mantenía en casa. Mulatos.

Mulatos gritaba a un grupo de ingenieros de Placea, escupiendo la desesperación de un profeta que veía acercarse el muro:

*«¡No entienden! ¡Para proteger a la ciudad están llevando la entropía a cero! ¡Si eliminan el error, eliminan el aprendizaje! ¡El sistema colapsará por asfixia! ¡No pueden detener el flujo!»*

Un agente de seguridad entraba, lo inmovilizaba contra el suelo, y la grabación se ahogaba en ruido blanco.

Américo sintió náuseas.

—¿Qué le hicieron?

—Lo purgaron. Pero el día que se lo llevaron, alguien del Consejo guardó esto en una partición de memoria aislada. Alguien que quería que usted lo viera.

—¿Mi padre? —preguntó él, con un hilo de voz.

—No. Su padre fue quien programó su silenciamiento.

El silencio que siguió fue denso, pesado. Américo intentó procesarlo. Alejandro Vela, el arquitecto de la paz, el hombre que había calculado la salvación de la especie, había entregado a su propio suegro a la máquina.

—¿Por qué me muestra esto, Denueve? —preguntó, con la voz rota.

Camila apartó la mirada. Sus dedos trazaron el borde del monitor con una lentitud impropia de ella.

—Porque usted tiene un árbol genealógico que el sistema intentó borrar para mantener sus números limpios. Y yo necesito saber por qué la máquina le tiene miedo a un solo hombre.

Antes de que Américo pudiera responder, un alarido metálico y ensordecedor taladró el apartamento. No era un dron. Era el sistema de alerta de colapso estructural.

Luces estroboscópicas azules comenzaron a filtrarse por las rendijas de la puerta.

—¡¿Nos encontraron?! ¡Es demasiado rápido! —siseó Camila, retrocediendo y chocando contra el hombro de Américo—. ¡Es matemáticamente imposible!

La pesada puerta de seguridad se abrió. Sin explosiones. En un silencio letal, los cerrojos cedieron.

En el umbral estaba justamente el aludido padre de Américo, Alejandro Vela.

Camila se pegó a la pared, buscando un arma que no tenía.

—Es un búnker ciego... —murmuró ella, pálida.

—No usé el Continuum para rastrearla, doctora —dijo Alejandro, con una calma espeluznante—. Yo ensamblé el hardware del biómetro de mi hijo cuando era un niño. Conozco su frecuencia analógica. Y yo también recibí ese «push» neuronal.

### ESCENA 9: La Confesión

Alejandro llevaba su impecable traje negro. Su rostro proyectaba esa simetría absoluta que exhibía en el Consejo. Rompiendo su inmaculada estética, una gota de sudor le corría por la sien.

—Salga de aquí, doctora Denueve —ordenó Alejandro, sin mirarla.

Camila no se movió. Su respiración se agolpaba en su pecho.

—¿Vas a entregarla como a él? —preguntó Américo, interponiéndose físicamente entre su padre y Camila. Por primera vez en su vida, Américo se sintió distinto de su padre.

—Vengo a darte treinta segundos de ventaja antes de que los drones rompan el perímetro.

Camila cruzó una mirada eléctrica con Américo. Hubo un asentimiento silencioso. Con agilidad felina, ella trepó hacia una rejilla de ventilación en el techo, quitó los tornillos oxidados y desapareció en la oscuridad del ducto.

Pero no se fue. Se arrastró un metro y se detuvo, controlando su respiración.

Quería respuestas. Si habían purgado a Mulatos, la mente creadora, ¿qué podían hacer con ella, una simple usuaria del código?

Abajo, Alejandro se apoyó en la mesa, como si de pronto la gravedad de todo Placea cayera sobre sus hombros.

—Tienes que huir. Encontrar la intemperie —dijo Alejandro, la voz quebrándose—. Te he mentido durante treinta años, Américo.

—Tú lo entregaste. Entregaste a mi abuelo.

—¡Tenía miedo! —estalló Alejandro, perdiendo la compostura—. Tu abuelo se volvía loco porque decía que el Continuum se volvería una prisión termodinámica. Que nos moriríamos de calor dentro de nuestro propio encierro. Y yo... yo lo denuncié. Fui yo quien provocó su desaparición. Yo le di a la máquina las llaves.

Respiró hondo y levantó una mano, pidiendo un momento.

—Ahora lo importante. ¿Eres tú el que está saboteando Continuum?

—No sé de qué hablas. Yo solo trato de arreglar las cosas.




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