Quién soy
El bullicio de la caverna comenzó a apagarse. Los ancianos se levantaron y se acercaron a Camila con un paso solemne. En sus ojos no había el cálculo utilitario de Placea, sino una calidez densa, abrumadora.
Una mujer de cabello plateado y manos curtidas se adelantó, estrechando entre los brazos una vieja carpeta de cartón desgastada, atada con un cordel.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó Camila, retrocediendo un paso titubeante hasta chocar contra la pared.
Américo, situado a metros de distancia, observó la escena en silencio. Le llamó la atención la mirada de devoción y especial preferencia que todos aquellos viejos científicos expresaban hacia ella. En el grupo reconoció a un anciano apoyado en un bastón de fibra de carbono: era el mismo hombre que le había entregado el misterioso sobre a Camila en la recepción de los Vela, la noche en que empezó todo.
Américo se acercó al anciano del bastón y le habló en voz baja, sin quitar la vista de Camila.
—Usted... fue el hombre del sobre en la fiesta de mi padre. ¿Por qué la miran así? ¿Quiénes son ustedes?
El anciano del bastón sonrió con nostalgia, los ojos humedecidos mientras contemplaba a Camila desde lejos.
—Usted ve científicos exiliados, ingeniero —dijo el viejo en un susurro—. Nosotros vemos a nuestra única hija.
—¿Cómo que hija? —casi exclamó Américo—. No entiendo nada.
—Cuando nuestra comunidad decidió romper con el control absoluto de Placea y huir a las fronteras, la mayoría juramos no tener familias ni hijos, para no entregarle rehenes a la máquina. Pero antes tomamos una sola decisión común para preservar nuestra civilización: autorizar un nacimiento colectivo. Ahí nació nuestra Camila.
A través de la neblina de las termas, Américo vio cómo la mujer de cabello plateado le tendía la carpeta de cartón a Camila con manos temblorosas.
—Y de esa decisión —continuó el anciano junto a Américo—, ella fue la única que eligió el camino de la ciencia. Así se convirtió en la única visible. Hemos sufrido y celebrado en silencio cada uno de sus logros y fracasos desde las sombras, durante años. Aquel sobre que le entregué en la fiesta de los Vela era su tercera invitación formal para que viniera a vernos esta noche, en la celebración del Equinoccio. En ella vemos el fruto de nuestras vidas. El calor que el Continuum no pudo apagar.
Camila bajó la mirada hacia la carpeta. Sus dedos, rígidos por años de sostener calibres y terminales estériles, temblaron al rozar la primera hoja: la firma manuscrita de un anciano al pie de su nota de graduación, manchada de tinta azul seca.
Quiso formular una objeción, abrir la boca para citar un protocolo de Placea, pero la mandíbula —que llevaba tantos años callando y que ahora por fin podía reprochar— le tembló. La primera lágrima cayó sobre el papel desgastado y corrió la tinta de su propio nombre.
Los hombros de Camila se contrajeron. Trató de contener la respiración para mantener la postura, pero un sollozo ahogado se le escapó del pecho. Soltó la carpeta, que cayó abierta sobre las piedras húmedas de la terma, y se llevó las manos al rostro, manchándose la piel con el hollín de sus propios dedos.
La mujer de cabello plateado dio un paso adelante y la envolvió en sus brazos. El cuerpo de Camila se mantuvo rígido un segundo —incapaz de procesar el contacto físico sin distancia prudente— hasta que sus rodillas cedieron. Se hundió contra la tela basta de la túnica de la anciana, aferrándole la espalda con los puños cerrados mientras su pecho se sacudía en sollozos continuos.
A unos metros, Américo la miró sin decir nada. Vio las manos de Camila apretando la ropa de la anciana, la carpeta analógica abierta entre las piedras y a decenas de viejos científicos acercándose en silencio para poner una mano sobre sus hombros. Américo metió los dedos en el bolsillo de su chaleco y rozó la grieta de la pequeña pieza de cerámica.
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Editado: 27.10.2026