La habitación que falta

24.2

Para frenar su propia inercia en la pendiente empapada y descargar el pisotón mortal, Vargas tuvo que enterrar la bota derecha en el fango denso, bloqueando la articulación de la pierna en extensión completa. Doscientos kilos de blindaje y músculo quedaron suspendidos sobre un solo eje rígido.

Américo no dudó. Esquivó el pisotón rodando sobre el fango y, desde el suelo, sin ninguna técnica ni elegancia marcial, encogió las piernas contra el pecho y las disparó juntas con una patada brutal y desesperada directo contra el lateral de la rodilla bloqueada de Vargas. Fue un empellón torpe y salvaje, arrojando todo el peso de sus caderas y ambos talones contra la articulación rígida.

El sonido fue un crujido mezcla de metal y hueso aterrador: la rodilla reventó en una nube de aceite y sangre, la articulación de aleación se dobló hacia adentro. Vargas soltó un alarido desgarrador mientras su pierna cedía por completo.

La pelea se volvió una carnicería a ras de suelo.

Vargas cayó de rodillas en el barro pero, impulsado por el frenesí, se arrojó sobre Américo, intentando clavarle los pulgares en los ojos con sus guantes reforzados. Américo hundió una mano en el fango espeso del suelo y se lo restregó directamente en el visor y las fosas nasales abiertas del militar, cegándolo y haciéndolo atragantarse. Con la otra tomó una piedra puntiaguda y martilló tres veces la muñeca armada de Vargas contra la roca viva hasta que los tendones cedieron y la pistola cayó rebotando al vacío de la brecha.

Américo le arrancó la placa de mando del pecho de un tirón salvaje que desgarró los arneses de tela y empujó con el hombro el torso del oficial.

El impulso arrojó a Vargas sobre la pendiente de pizarra resbaladiza. El militar intentó aferrarse a una saliente de roca con los dedos ensangrentados, pero el peso muerto de su pierna destrozada lo tiraba hacia abajo. Su cuerpo quedó colgando sobre el abismo de la anomalía, donde la brea negra y los filamentos de luz verde hervían en un remolino sin fondo.

Vargas escupió coágulos negros de sangre y barro, con la mirada desquiciada fija en Américo:

—¡Este mundo... necesita orden! —escupió el comandante, clavando las uñas en la piedra húmeda que se desmoronaba—. ¡Un sistema sin desvío! ¡Placea es el único cálculo perfecto...!

Américo se puso de pie con lentitud, sujetándose las costillas rotas, con el rostro empapado en fango y sangre, pero con una mirada implacable que no guardaba un gramo de duda:

—En un sistema perfecto no puede haber seres imperfectos, Vargas. Y tú eres la falla.

La piedra bajo los dedos de Vargas cedió.

El comandante cayó de espaldas hacia el corazón de la grieta. No hubo explosión de fuego ni estrépito de impacto. Cuando su cuerpo tocó la superficie de brea y energía pura, la Falla no lo aplastó: lo desmaterializó. Una onda concéntrica de estática verde recorrió su silueta; el blindaje, la carne y el odio de Vargas se deshilacharon en millones de partículas de luz verde y fría que fueron absorbidas por el vacío en menos de un segundo, borrándolo de la existencia sin dejar un solo rastro en el mundo físico.

La niebla eléctrica bajó medio tono. El desfiladero quedó sumido en un silencio sepulcral.

Los soldados clones de Lateral contemplaron el abismo vacío y luego miraron a Cero-Tres y a Américo. Despacio, bajaron los cañones al suelo, rompiendo la formación. Ya no eran un pelotón de asalto; eran hombres confundidos.

El auricular de cobre en el oído de Américo volvió a crepitar. La voz de Cero-Nueve llegó limpia, con su mordacidad de siempre pero cargada de un alivio inocultable:

—¿Ya averiguaste para qué sirvo, Vela?

Américo se limpió el lodo y la sangre de la comisura de los labios, sonriendo con una mueca adolorida:

—Para no dejarme morir en el lodo como un idiota —respondió Américo, escupiendo un hilo rojo.

—Anótalo en mi expediente.

Cero-Nueve bajó del parapeto superior deslizándose por la gravilla, con los cables del transmisor todavía colgándole del arnés. Se detuvo en medio del barro, mirando a los soldados inmóviles y el humo de los transportes volcados. Se agachó junto al cuerpo de un soldado inconsciente y le arrancó el receptor táctico de la muñeca. Ajustó el dial con dedos rápidos, buscando la frecuencia abierta de mando.

—Aquí Cero-Nueve, unidad L-09 —dijo al canal, sin su sorna habitual—. A quien me escuche: Vargas ya no está. No hay orden que cumplir ni reporte que temer. Si alguien quiere bajar el arma, hay un camino al este, hacia las cavernas. Nadie va a preguntarles el número de lote.

Soltó el botón antes de que nadie pudiera responder, y se lo entregó a Américo con una sacudida de hombros, otra vez con su media sonrisa de siempre:

—No prometo que alguien escuche. Pero si yo aprendí a hablar sin que nadie me lo ordenara, cualquiera puede.

Varela recargó su fusil apoyada sobre su silla de ruedas y asintió hacia el túnel de servicio:

—Buen trabajo, Cero-Nueve. Vela, Tres... tenemos que bajar ya. Aseguren la chimenea de aire. Nos movemos hacia la Sala de los Relojes.

***

Apenas unos minutos después perder a Tac, la compuerta superior de la galería de los relojes se abrió de golpe con un estruendo de metal y botas corriendo.

Américo, Nael, la Dra. Varela en su silla de ruedas, Cero-Nueve y Cero-Tres irrumpieron en la pasarela, cubiertos de hollín, pólvora y esquirlas de granada. Américo traía el labio partido, sangre seca en la barbilla, un ojo casi cerrado por la hinchazón y la placa de mando de Vargas colgando del cinto.

Camila levantó la vista. Al ver el rostro destrozado del ingeniero, sus ojos se abrieron de par en par y dio un paso instintivo hacia él, con el aliento contenido.

Américo notó de inmediato el rastro de hollín húmedo en las mejillas de ella y la forma desesperada en que apretababa el morral contra su pecho. Ignorando sus propias costillas rotas, forzó una sonrisa chueca que le hizo sangrar de nuevo el labio inferior, levantó un brazo con una ligereza que no sentía y gritó por encima del zumbido estático:




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