La habitación que falta

27.1

—Preferirias estar con ellos y morir a estar aqui para ver la perfeccion que creaste? volverias a un túnel que se derrumba, con un ejército afuera y un invierno que dura décadas. Tu probabilidad de sobrevivir a la primera semana es ridícula, Camila. Menor al cuatro por ciento.

Camila lo miró con la furia encendida en las mejillas, plantándose frente a él:

—¡Me dan igual tus porcentajes! ¿Esa era tu gran solución, Federico? ¿Tenernos a todos muertos pero a salvo de equivocarnos? ¿Preferías que me sentara contigo en esta piedra a ver cómo no pasa nada durante diez mil años?

Federico tensó la mandíbula. Por un instante volvió a ser la mente implacable del Consejo, el diseñador que no admitía una variable fuera de orden. Abrió la boca para rebatirle con el peso aplastante de la física, para enumerarle la inanición, las balas, el colapso pulmonar en el barro de la Falla.

Pero se detuvo. Miró sus ojos enrojecidos, los nudillos manchados de hollín y esa forma tozuda de sostenerle la mirada que él mismo, en algún laboratorio olvidado, había aprendido a respetar más que a cualquier algoritmo. Camila no tenía razón; el pasado era un disparate suicida. Pero no había número en el universo capaz de hacerla retroceder, y él ya había gastado una eternidad rompiendo el mundo para intentar protegerla de su propia carne.

—Tus argumentos siguen siendo un desastre —dijo, y en la comisura de la boca se le formó una sombra de sonrisa rota—. Nunca supiste cuándo retirarte.

—Y tú nunca supiste cuándo dejar de controlar todo.

—Cierto —concedió él, en voz muy baja a la vez aue sus lineas se desdibujaban—. En eso tienes razón.

Se llevó ambas manos al centro del pecho: hundió los dedos en la juntura de su propio esternón holografico y tiró con fuerza. Hubo un chasquido seco de sellos hidráulicos reventando a lo lejos, un silbido de gases presurizados y una descarga de chispas que le iluminó la mandíbula. Con un crujido, arrancó el regulador de resonancia espacio-temporal.

El zumbido agudo que vibraba en el vacío se quebró en un eco roto.

Las líneas de su cuerpo empezaron a desvanecerse, recorridas por fracturas finas de luz blanca y dorada que se separaban de su piel como chispas que se sueltan de una hoguera.

—Cuando te fuiste sabia que era cuestion de tiempo para que salieras por esa puerta y revivieramos el caos.No puedo devolverte a un mundo perfecto, Camila —dijo, mientras la luz le subía por los brazos—. La perfección fue nuestro veneno. Pero puedo romper lo que sostiene este final. Puedo quemarme yo mismo en la Falla para que este futuro deje de ser el único posible.

—Federico, te vas a apagar?

—No me voy a apagar —dijo él, mientras las piernas se le disolvían en una marea de luz que subía hacia el cielo sin estrellas—. Me voy a diseminar. Voy a ser el ruido que impida que la ecuación vuelva a cerrarse limpia. Voy a ser la fricción, Camila. Al fin.

Extendió una mano ya casi hecha de luz y le rozó la mejilla con un calor que no pertenecía a ningún procesador:

—Dile a Mulatos que la máquina se apagó. Que ya nadie va a obligarlo a calcular. Y dile a Américo... —se detuvo, como si esa frase le costara más que todas las anteriores— que aprenda a perdonar a las máquinas que construyeron sus padres. Que no todas eligieron quedarse ciegas.

Y después, más bajo:

—Cuando me vaya, no mires. Aquí nada se olvida de quien lo mira. Lo que veas en este lugar se te va a quedar adentro, fijo, para siempre.

Cerró los ojos. Su cuerpo entero se abrió en una llamarada silenciosa de datos y luz.

Camila no apartó la mirada.

Pensó en Tac, que solo brillaba mientras alguien lo miraba. Pensó que nadie, ni siquiera una máquina, merecía apagarse sin que nadie lo viera irse. Y se quedó mirando.

Fue un error de carne. El fulgor blanco no trajo calor de fuego, sino una detonación limpia de estática que le taladró las pupilas hasta el fondo del cráneo. La llanura de brea se abrió en fisuras por las que brotó esa misma claridad absoluta, y el cielo plomizo se rasgó como una tela vieja. El blanco devoró las siluetas, devoró el bloque de hormigón y devoró la figura de Federico hasta que no quedó un solo contorno en el universo. Fue lo último que vieron sus ojos: el final de todo, y después nada.

Cuando el resplandor se apagó, el mundo no volvió.

Camila parpadeó una vez, dos, diez. Solo había una plancha blanca, sólida y ardiente, estampada contra sus retinas como una quemadura de cal viva. Se llevó las manos a la cara y el roce de sus propios dedos sobre los párpados le arrancó un grito. Apretó los dientes. Con los dedos temblando por el espasmo, buscó el dobladillo áspero de su chaqueta de campaña y tiró hasta rasgar una tira ancha de lona gruesa. Se la enrolló dos veces sobre las cuencas de los ojos, apretando el nudo detrás de la nuca con tanta fuerza que los bordes de la tela le mordieron la piel.

El ardor punzante se replegó bajo la compresión del trapo, pero la vista no regresó. Solo quedó una negrura granulada, pulsante.

Y el silencio.

Escuchó. Ningún zumbido de procesador, ninguna voz color ceniza, ningún crujido de pasos que no fueran los suyos. Federico se había ido. La máquina se había ido. Lo que fuera que él había roto para que aquel futuro dejara de ser el único posible, ya estaba roto. Y nadie había venido a buscarla.

No había puerta. No había fuerza. Nada la arrastraba a ninguna parte.

Tanteó el suelo a su alrededor con las palmas abiertas: brea fría, lisa, idéntica en todas las direcciones. Se arrastró unos metros a gatas, buscando el bloque de hormigón, alguna arista de roca, cualquier cosa que tuviera forma. No encontró nada. En la oscuridad no había norte, ni fondo, ni distancia. Solo ella, de rodillas en el último lugar del tiempo.

Entonces pensó en Américo.

No en el anciano de la cueva, ni en el hombre que se rompió las uñas contra la roca durante cuarenta años. Pensó en el que había dejado tendido en el suelo de la cámara, con la cara sucia de barro, respirando el sueño químico de Varela. En el que se había puesto delante de la puerta con los brazos abiertos, gritando que siempre había otra manera. Lo habian dormido a la fuerza ys ella le había limpiado la cara con saliva, le había dejado un rifle sobre el pecho como quien deja flores sobre una tumba, y se había ido sin dejar que se despidiera.




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