Pero la nota altísima del diapasón quebrado no murió en el aire. Mordió la médula de la montaña y encontró su par.
A Camila, con los ojos ciegos bajo la lona, golpeada por la nausea parecia desfallecer. No hubo pasos, ni carrera, ni un marco que cruzar. La espiral de grafito en su palma derecha ardió con la furia de una brasa viva y sintió un tirón seco en el centro del esternón, una violencia silenciosa que le arrancó el aire de la garganta y la dobló sobre sí misma. Una caída sin vértigo, un pliegue brutal en el tejido del espacio que la soltó de golpe.
Cayó contra las lajas heladas de la cámara.
El golpe seco de la piedra contra sus costillas y sus rodillas le arrancó el conocimiento por un instante. Primero la golpeo el olor a humedad estancada, carburo quemado, el sudor agrio de soldados vivos y el aire espeso. Luego el dolor. No entendía. Sus ojos vendados registraban oscuridad total y sentía en los dientes el eco sordo de una vibración idéntica a la que le consumía la palma.
El parpadeo de las lámparas de sodio que quedaban encendidas le perforó las sienes a través de la venda. Escuchó el eco de unas botas cayendo de rodillas a su lado y el quiebre de una respiración que conocía.
No esperó. Se arrojó hacia adelante a gatas, tanteando las lajas con las palmas desnudas hasta que sus dedos chocaron contra la tela mojada del uniforme de Américo.
Él abrió los brazos para rodearla, pero Camila no se apoyó en su pecho. Con una urgencia desesperada, sus manos le buscaron los brazos, bajaron por las mangas y se cerraron como tenazas sobre las manos de él.
—Camila... ¿qué tienes en la cara? ¿Qué te pasó en los...
Ella no respondió. Sus dedos se movían a ciegas, frenéticos, palpando cada nudillo, recorriendo cada falange hasta llegar a las puntas de los dedos de Américo. Le pasó las yemas por las uñas, una por una, apretando la queratina dura, buscando grietas, astillas, sangre seca de cuarenta años arañando piedra.
Las diez uñas estaban lisas. Enteras.
Solo cuando comprobó al tacto que los dedos de Américo eran los de un soldado vivo y no los del anciano muerto en la cueva, el aire le salió del pecho en un gemido sordo. Soltó las manos de él, subió los brazos a tientas y le rodeó el cuello con todas sus fuerzas, hundiendo la frente vendada contra la piel caliente de su garganta.
—Te llamé —dijo contra su cuello, con la voz deshecha—. Te llamé y viniste.
Américo la apretó contra sí, temblando de un modo que le sacudía las costillas rotas. No entendía la venda ni el terror de esas manos. No preguntó.
Mulatos llegó descalzo desde su celda y se arrodilló junto a ellos sobre las losas frías. Con dedos nudosos y callosos le buscó a Camila el rostro en la penumbra; las yemas ásperas del viejo recorrieron la tira de lona que le cubría los ojos, húmeda por las lágrimas que le arrancaba la quemadura. No preguntó qué había pasado; no tenía palabras enteras para nombrar el abismo. Se limitó a pasarle una mano torpe por el pelo y apoyar la frente contra la sien vendada de la muchacha, reconociendo en silencio su mutilación con la misma serenidad con la que aceptaba el vacío en su propia cabeza.
La silla de Varela se detuvo junto a ellos. La doctora miró la venda oscura en el rostro de Camila, miró la roca lisa donde antes había una puerta y, al final, el puño izquierdo de la muchacha, que en todo ese tiempo no se había abierto: entre los nudillos asomaba el latón deslucido de la insignia. Después miró a Américo, con las dos mitades del diapasón todavía tiradas en el suelo junto a su bota, y algo en su mandíbula cedió, apenas, como quien acepta haberse equivocado y no piensa decirlo nunca.
—Buen pulso, subcomandante —le dijo a Américo, la voz más baja que de costumbre—. Ahora vámonos antes de que esta montaña se dé cuenta de que seguimos respirando.
#231 en Ciencia ficción
#1935 en Otros
#380 en Acción
viajeseneletiempo, acción aventura ficción crimen misterio, famiia
Editado: 27.10.2026