El acceso de lucidez
Américo despertó de golpe entre jadeos, escupiendo grava, pasándose la mano por el rostro cubierto de escarcha.
—¿Camila?
—¡Aquí!
No preguntó dónde estaban. Preguntó por ella primero, y solo después se sentó con dificultad, se palpó el chaleco, comprobó que el búfer de su madre seguía en el bolsillo interior y exhaló mientras buscaba con la mirada a Mulatos.
Mulatos estaba hablando.
No se giró hacia ellos. Le hablaba al aire del páramo, o a alguien que no estaba en ese rellano, y lo hacía con una voz que ninguno de los dos le había oído nunca: ágil, febril, cargada de la fascinación de un niño que acaba de entender un teorema.
—...a fuego bajo, Maestro, para no quemarlo —dijo, y se rió solo—. Ya sé, ya sé. Usted no lo quema: lo concentra.
—¿Abuelo...? —balbuceó Américo.
Camila le sacó la terminal del chaleco a Américo y apretó grabar sin pensarlo, con el reflejo puro del oficio: si alguien está hablando, tiene que quedar registrado. La pantalla trizada parpadeó y empezó a capturar.
—El cálculo está mal planteado —siguió Mulatos, dibujando con el índice una figura en el aire helado—. No es un error. Un error se corrige una vez. Esto se corrige siempre, y siempre vuelve a empezar. Es un bucle. —Se quedó quieto un instante—. Yo mismo he vivido esto antes que nosotros, es un eterno retorno, como los relojes.
Américo se acercó despacio, como quien se aproxima a un animal que puede espantarse.
—Abuelo... ¿antes que nosotros cuándo?
—Paciente cero —murmuró el anciano, y sus dedos buscaron la placa de cobre que le colgaba del cuello—. P-0. Está en el congelador. No se queden en el congelador, muchachos, ahí solo hay nombres. Los relojes coinciden. No busquen la salida, no la hay, solo hay origen y el origen está en el Núcleo.
—¿Y qué hay en el Núcleo? —preguntó Camila, sin apartar los ojos de la pantalla que registraba.
Mulatos abrió la boca. El brillo detrás de la bruma titiló como un filamento al que le cortan la corriente.
—En el Núcleo 0 está...
No terminó. La frase se le deshizo en la boca sin llegar a ninguna parte, los músculos de la cara se le aflojaron uno por uno, y el hombre que había estado ahí durante noventa segundos se retiró de sus propios ojos sin despedirse. Volvió a mirar el páramo con la calma tibia de siempre, como si el cerebro se acabara de quedar vacío.
El registro de la terminal siguió corriendo sobre el silencio.
—Está delirando —dijo Américo. Lo dijo demasiado rápido, como quien cierra una puerta antes de mirar lo que hay detrás.
—Puede ser. —Camila bajó la pantalla, pero no la apagó—. Los que deliran repiten, Américo. No informan.
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Editado: 27.10.2026