Después, nada. Solo la niebla estática y el zumbido de la colmena eléctrica, como si el mundo hubiera cerrado los ojos otra vez.
A dos metros de Camila, sobre la piedra humeante, cayó un pequeño bulto inerte.
Camila se arrastró por el suelo de pizarra a través de la quietud que había dejado la explosión. Llegó hasta él y lo levantó con ambas manos temblorosas, estrechándolo contra su pecho.
El último pulso no desapareció por completo. Una hebra de luz recorrió las escamas apagadas, cruzó los dedos de Camila y se extinguió bajo la cicatriz de grafito en su palma. La espiral ardió una sola vez, dejando en su centro un punto verde diminuto que latía al ritmo de su sangre.
—No... no, pequeño... respira... —susurró Camila, con la voz quebrándose—. Tac... abre los ojos... por favor...
Apretó al animal contra su cuello, hundiendo el rostro en su piel helada. Arrancó los gruesos guantes tácticos de sus manos, arrojándolos al abismo, desesperada por sentir un latido que ya no estaba. Sus lágrimas corrieron calientes y espesas, arrastrando el hollín de sus mejillas en el silencio sepulcral que ahora gobernaba la caverna.
Mulatos se dejó caer de rodillas en el suelo, acariciando la cola inerte del animal con un temblor en los dedos:
—El reloj se detuvo... —susurró el anciano, con lágrimas surcando las arrugas de su rostro—. Dio su tiempo para que nosotros tuviéramos un momento más.
A pocos pasos de ellos, Álamo observaba la escena inmóvil. El clon se llevó una mano temblorosa a la mejilla, desconcertado al sentir una gota caliente rodando por su propia piel. Miró sus dedos humedecidos, con la respiración entrecortada y el pecho subiendo y bajando en espasmos desordenados.
—Me... me arde el pecho... —balbuceó el clon, apretando el puño contra su coraza táctica, como si buscara una falla mecánica donde solo había un peso asfixiante.
Mulatos levantó la mirada hacia Álamo, con los ojos todavía empañados por las lágrimas. El anciano buscó la mirada desorientada del clon y, sin pronunciar una sola palabra, asintió lentamente, dejando que el peso de su propio dolor afirmara la humanidad de lo que el soldado acababa de sentir.
***
Doscientos metros más arriba, en la superficie, el humo negro de las orugas en llamas ascendía por la garganta del desfiladero, mezclándose con la llovizna ácida y el olor acre a pólvora quemada.
Cincuenta toneladas de roca habían sepultado a los dos blindados de vanguardia de Lateral en el fondo de la brecha. Sin embargo, entre los hierros retorcidos del transporte de mando, una escotilla crujió bajo la presión de una palanca hidráulica y saltó despedida contra las piedras.
De una cabina humeante emergió el comandante Vargas, con el uniforme táctico desgarrado por las esquirlas y el rostro cruzado por vetas de hollín y sangre. Pero no venía solo. Detrás de él salían los clones de los vehículos destruidos, desplegándose en abanico sobre el lodo con la sincronía implacable de un pelotón de ejecución. Superaban ampliamente en número a la pequeña retaguardia rebelde.
Vargas levantó su pistola de pulso hacia Américo, Nael y la Dra. Varela, escupiendo saliva sanguinolenta:
—¡Fuego a discreción! —bramó el comandante—. ¡Barran a esos desechos del desfiladero!
Antes de que un solo percutor bajara, una figura blindada dio un paso firme al frente, interponiéndose entre los cañones y el grupo rebelde.
Era Cero-Tres.
El clon visiblemente mermado por la lucha, arrojó su fusil al lodo, desabrochó las correas de su cuello y se quitó el visor táctico, dejando al descubierto sus facciones idénticas a las de los soldados que le apuntaban.
—¡Hermanos! —gritó Cero-Tres con una voz rasgada que retumbó en las paredes de roca—. ¡Mírenme a la cara! ¡Nos mintieron! El mundo no se acaba cuando baja el sol. Allá afuera no hay un vacío que devora la carne si nos alejamos de la valla; hay tierra viva, aire limpio y hombres que deciden su propio camino. ¡Miren sus propias manos! No somos piezas de repuesto de una máquina que los va a descartar en la próxima trinchera.
El pelotón de Lateral vaciló. Los cañones automáticos temblaron levemente. Entre las filas enemigas corrió un murmullo incrédulo, apagado por los filtros de aire de los cascos:
—Es el subcomandante... la unidad L-03.
—Dijeron que lo habían mandado a refacción... que lo habían desmantelado en los talleres.
—Está vivo...
Uno de los soldados bajó el arma diez centímetros; otro miró el barro bajo sus botas y luego la cara descubierta de su antiguo superior, con la respiración entrecortada bajo el filtro del casco. El protocolo automático de disparo se congeló en un silencio atónito.
A Vargas se le desencajó la mandíbula. Sus ojos inyectados en sangre saltaron de sus soldados a Cero-Tres y finalmente a Américo Vela:
—¿Qué hacen, despojos de laboratorio? —gritó Vargas, con las venas del cuello a punto de reventar—. ¡Son propiedad de Lateral! ¡Son carne sintética numerada! —Miró a Américo con un odio ciego, delirante—. ¿Qué les hiciste, Vela? ¿Cómo carajos reprogramaste a un clon sin una terminal de código? ¡Respóndeme, gusano de oficina!
Américo dio un paso al frente sobre el barro helado, con la llave de torque colgando de su muñeca:
—No los reprogramé, Vargas. Solo escucharon la verdad.
Vargas rugió como una fiera acorralada. Los motores del exoesqueleto zumbaron al sobrecargarse y el militar se lanzó al ataque con una aceleración inhumana.
El primer golpe fue devastador: la culata de acero de la pistola impactó de lleno en el pómulo izquierdo de Américo. El crujido de hueso resonó seco; Américo vio un fogonazo blanco y cayó de costado en el fango, escupiendo sangre. Antes de que pudiera apoyarse, Vargas llegó encima y le descargó un rodillazo acorazado directamente contra las costillas, estrellándolo contra un bloque de pizarra. El aire salió de los pulmones de Américo en un estertor agónico.
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Editado: 27.10.2026