«Lo que llamamos caos es solo un orden que todavía no hemos aprendido a leer.»
— Carlos Ruiz Zafón
Cinco kilómetros bajo tierra.
Américo no contaba en kilómetros. Contaba en respiraciones. En latidos del corazón. En el número de veces que la linterna de Clara parpadeaba mientras lo guiaba a través de tuberías de drenaje que olían a óxido y a desesperación.
Clara era una mujer joven, con el cabello gris recogido en una trenza apretada y los ojos vacíos cuando caminaba por esos túneles con total naturalidad. No hacía preguntas. Solo guiaba.
—¿Cuánto falta? —preguntó Américo, jadeando.
—El Departamento está a tres niveles más abajo. Pero tienes que entender algo antes de entrar.
Se detuvo bajo una rejilla oxidada. Miró a Américo con la seriedad de quien ha mirado de frente a la muerte.
—Lo que va a pasar ahora... no es lo que el Continuum te enseñó a esperar de la realidad.
—Mi padre acaba de sacrificarse para salvarme. Clara, nada va a sorprenderme más que eso.
Clara sonrió, pero no había ninguna calidez en su gesto. Solo una resignación fría, el rictus de alguien que prefiere la jaula a la intemperie.
Subieron por una escalera metálica que crujía bajo su peso. El aire era diferente aquí. Más denso. Más vivo. El control termodinámico del Continuum no llegaba a estas profundidades.
Llegaron a una puerta blindada. No era de polímero inteligente. Era concreto gris, marcado con símbolos que Américo reconoció como clasificación militar de hace treinta años.
Clara tecleó un código demasiado rápido.
La puerta se abrió con un gemido pesado, y Américo cruzó el umbral.
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Editado: 27.10.2026