La habitación que falta

9.2

La señal carmesí

Mulatos, aún de pie en el borde, no volvió a hablar. Del brillo quedaba apenas un rescoldo detrás de la bruma, y esa sonrisa paciente y melancólica, mientras rozaba entre los dedos el collar con la placa «P-0».

El anciano dejó caer la mano abierta sobre el fondo de su morral y la dejó ahí, quieta, sin señalar nada en particular. Américo miró esa mano, después el morral, y decidió por su cuenta: se acercó y extrajo la pistola de señales de fósforo rojo de Alejandro que había guardado en secreto.

—¿A quién vas a llamar? —preguntó Camila.

—A quien sea —dijo él.

Caminó hasta el filo del rellano, se asomó sobre la garganta de piedra y apretó el gatillo hacia la negrura del cielo crepuscular.

Una bengala ardiente de fósforo carmesí atravesó la neblina cuántica, dibujando con precisión matemática las iniciales en las alturas:

A. V.

La luz roja reverberó en las laderas y en la piedra fracturada que se abría más abajo.

Américo volvió junto a los otros. Contempló a Mulatos con una mezcla de dolor sagrado y reverencia. El anciano ladeó la cabeza, todavía hundido en su silencio tibio, mientras Tac ascendía a su hombro, pero en la mirada que les dedicó persistía esa pequeña chispa de luz, el refugio inextinguible de su entusiasmo científico.

Camila tomó la mano de Américo con firmeza, entrelazando sus dedos helados. Él apretó el agarre, sintiendo el calor biológico como un ancla en medio del abismo.

A lo lejos, el zumbido del Continuum rompió la noche; aproximándose sobre las crestas heladas, llegaba algo.

Américo levantó la vista hacia el ruido. Era el sonido de siempre, el mismo que había oído toda su vida pasar sobre los anillos. Debería haberlo tranquilizado saber exactamente qué venía. No lo tranquilizó.

El zumbido dejó de estar lejos.

—Iniciando secuencia de incursión, analista —dijo Américo.

—Iniciando, ingeniero —respondió Camila.

Tac saltó del hombro de Mulatos y se lanzó pendiente abajo con el lomo encendido, sin esperar a nadie. El viejo se quedó donde estaba, con la cara vuelta hacia el cielo y esa sonrisa suya, sin entender que aquello venía por ellos.

Américo no discutió. Se agachó, se lo cargó al hombro y echó a correr detrás del animal.




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