La habitación que falta

CAPÍTULO 28: Cero coma cero

Caminaron hacia el este toda la mañana.

El sendero bajaba entre robles partidos por la artillería y charcos de lluvia ácida que el sol iba secando despacio, y por primera vez en trece años el barro olía a barro y no a brea. Camila lo supo por el olor y por el sonido: adelante, Nael y Cero-Nueve discutían a gritos sobre una transmisión que ninguno de los dos sabía reparar; detrás de ellos, la silla de Varela zumbaba sobre las lajas con ese compás suyo, terco y exacto. Más atrás, los pasos de Álamo cerraban la fila, sin el peso del morral.

Camila iba en medio, con la mano en el codo de Américo, contando los pasos para no pensar en la venda. Contaba también los de los demás. Era lo que le quedaba de analista: el oído para el patrón.

A los veinte pasos notó que faltaba uno.

—Para —le dijo a Américo.

Él se detuvo y miró hacia atrás.

—Es Mulatos. Se quedó parado en mitad del camino, con la cara al sol.

—Llévame.

Américo la llevó de vuelta y le dejó la mano sobre el hombro del viejo. Después, porque ella se lo pidió con un gesto, se alejó unos metros. Nadie más se dio la vuelta.

—¿Profesor?

Mulatos no contestó de inmediato. Bajo la palma, Camila sintió el hombro quieto, alzado hacia el calor del mediodía como el de quien se calienta junto a una ventana. Más arriba, junto al cuello, sus dedos rozaron los eslabones del collar de cobre: inmóviles. La plaqueta de latón no hacía el menor tintineo.

Camila bajó la mano por su brazo hasta encontrarle los dedos. Aquellas manos rugosas, que durante meses se habían crispado en espasmos repentinos y roto tizas de pura impotencia, estaban sueltas. Tibias. Sostenían una ramita húmeda, de corteza rugosa, que olía a roble.

—Profesor —repitió ella en voz baja.

Sintió que el viejo se volvía hacia ella; el aliento le llegó de frente. Su respiración ya no tenía el fuelle asmático del dolor ni el tartamudeo ahogado de quien lucha por sostener un pensamiento antes de que se evapore. Camila le subió los dedos a la mejilla y siguió la línea de la mandíbula: la tensión rabiosa que la había endurecido durante meses ya no estaba. Lo que seguía ahí, lo supo sin necesidad de verlo, era ese vacío blanco que ninguna medicina de Placea podría rellenar jamás.

—Camila —dijo él, y la voz le salió pequeña, limpia, desprovista de ecos.

—¿Te duele algo?

—No —dijo Mulatos, despacio. Le tomó la mano derecha entre las suyas con una delicadeza torpe. Con la yema del pulgar, áspera y manchada de resina, le rozó con suavidad la tira de lona oscura que le envolvía las cuencas.

—Se calló —susurró.

—¿Qué se calló?

El viejo soltó una de sus manos y se la llevó a la nuca, guiando con torpeza los dedos de Camila hasta el pliegue debajo de su propia oreja derecha.

Camila palpó. Durante treinta y cinco años, aquel puerto de polímero translúcido había vibrado con una frecuencia eléctrica enferma, sangrando estática cada vez que la IA cuántica volvía a calcular el pasado. Ahora la piel alrededor de la ventana plástica estaba fresca, relajada. El material sintético se sentía como un trozo de vidrio apagado al fondo de un arroyo. Frío. Inerte.

—El ruido —dijo Mulatos, y Camila le oyó en la voz una sonrisa frágil, asombrada—. Había un motor allá adentro... que no me dejaba escuchar el viento. Y se apagó.

Camila tragó saliva. Sintió el peso de los robles alrededor, el crujido de las botas de Américo esperando unos metros más atrás, y la certidumbre implacable de la carne: la máquina que Federico había destrozado en el fin de la historia no le devolvió el cerebro a Mulatos. No había milagros para los cuerpos rotos. Lo que Federico le había devuelto era el silencio.

—No va a volver a encenderse —dijo ella, apretándole los dedos.

—No —coincidió el anciano, satisfecho como quien recibe una confirmación simple—. Ya no cabe.

-Donde no cabe?- preguntó Camila

Se agachó con dificultad, crujiéndole las rodillas gastadas, y tiró suavemente del brazo de Camila para hacerla arrodillarse a su lado en el sendero. Con la ramita de roble que llevaba en la mano, Mulatos presionó la tierra húmeda entre los dos. Camila oyó el chasquido blando de la madera al hundirse una sola vez en el barro.

Después guio el índice de Camila hasta que la yema de ella encontró el pozo húmedo.

—Aquí —dijo él.

Camila dejó el dedo sobre el hueco de barro.

—¿Qué es, profesor?

—Aquí —repitió Mulatos, y se rio con esa risa suya entrecortada, inocente y pura, que olía a café viejo y a hojas mojadas—. La maquina ya no cabe aqui. En ninguna otra parte, pequeña. Ya no tenemos que buscar la puerta. Ya estamos sentados encima.

Camila no contestó. Tanteó la tierra fría alrededor de la marca. No había ecuaciones, ni vectores, ni flechas temporales que indicaran un desvío hacia el pasado o hacia la llanura de brea. Solo un punto en el lodo al borde de un bosque destrozado. La coordenada más modesta de la creación.

Mulatos soltó la ramita, se sacudió las palmas en los pantalones y se puso de pie con esfuerzo, apoyándose con firmeza en el hombro de ella.

—Oye —dijo, de cara al sendero, por donde se oía a la fila de exiliados bajar hacia la hondonada.

—Dime.

—¿Tú crees que esta gente tendrá café?

Camila alzó el rostro vendado hacia la claridad del sol, sintiendo el calor tibio en la frente. Sonrió despacio:

—Seguro que sí, profesor. Malísimo.

—Mejor —asintió Mulatos, tomándola del brazo para ayudarla a incorporarse—. El bueno hay que pensarlo demasiado. Este se toma y ya.

Echaron a andar juntos sendero abajo, despacio, repartiendo entre los dos la ceguera y la desmemoria, guiados por el zumbido distante de la silla de Varela.




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