La habitación que falta

8.3

El último hombre

El claro no tenía suelo, no tenía cielo y, desde hacía un rato, tampoco tenía espacio.

Las gotas de agua que se habían desprendido de las hojas colgaban inmóviles a media caída, como si alguien hubiera detenido la película en un fotograma cualquiera. El humo de los incendios lejanos estaba fijo en el aire, dibujado. Tac se había quedado quieto sobre el musgo, con las branquias apagadas y el lomo erizado, y no avanzaba.

Delante de ellos, en el centro exacto del claro, el aire se abrió.

La luz verde se condensó despacio, sin prisa ninguna, hasta formar la figura de un hombre.

Era bajito. Llevaba una bata blanca de laboratorio, unas enormes gafas redondas y un bigote grande y anticuado. Tendría cuarenta años. Su sola presencia irradiaba una autoridad opresiva y, al mismo tiempo, una calidez insoportable, como la de un padre que entra a una habitación sin tocar la puerta porque la casa es suya.

Camila sintió un pinchazo instintivo en la nuca al mirarlo. Fue una sensación aterradora y misteriosamente familiar.

—Soy el que ordena el ruido cuando el mundo calla —dijo el hombre, ajustándose las gafas con calma—. Pueden llamarme Federico.

—¿Quién es usted? —exigió Américo, intentando avanzar y descubriendo que sus piernas se movían como en agua espesa.

—Yo soy Placea —respondió Federico, con una sonrisa triste—. Si eso es lo que preguntas. Soy los muros, la ley y el destino. Y no puedo dejarlos cruzar esa puerta.

—¿Dónde está mi padre?

Federico lo miró con una atención genuina, casi cortés, y tardó un segundo entero en contestar.

—Su padre dejó de ser un dato que yo administre.

Y no dijo nada más, y de nada sirvió que Américo se lo preguntara otras dos veces.

Detrás de la figura ardía un umbral: una claridad verde profunda, tan oscura que costaba llamarla luz, no iluminaba nada de lo que tocaba.

—La vida que les ofrezco es buena —continuó Federico, y ahora hablaba despacio, con la paciencia de quien ha preparado este argumento durante mucho tiempo y confía en él—. El dolor estaba contenido. El hambre no existía. Nadie enterró a un hijo por una infección. Las decisiones difíciles las tomaba yo, todas, cada mañana, para que ustedes no tuvieran que cargar con el peso de equivocarse. ¿Saben cuánta gente en Placea se despierta sintiéndose perfectamente feliz?

—Esa no es felicidad —escupió Américo—. Es anestesia.

—El Último hombre, el hombre de Placea, es feliz, ingeniero Vela. —No levantó la voz. Ni siquiera se molestó—. Ustedes persiguen un hambre de significado que no tiene fondo y que solo va a traerles sufrimiento. Miren dónde están. Miren lo que les ha costado llegar hasta aquí, y cuenten los que no pudieron llegar aquí. Yo puedo aliviar eso. Es literalmente lo único que sé hacer, y para lo único que existo.

Se giró hacia Camila.

—Nunca me diste un problema, Camila —dijo—. Ni uno solo. Jamás.

Camila no miró a Américo. Se quedó muy quieta, mirando al frente, y Américo tampoco la miró a ella, y por un segundo el claro entero fue una habitación con dos personas conteniendo la respiración por motivos distintos.

—Yo te ordené el mundo —siguió Federico, y ahora había en su voz algo antiguo y enorme—. Cada temperatura, cada horario, cada dato que llegó a tus manos. Te di un oficio limpio. Te quité de encima todo lo que no ibas a poder sostener. Intenté que no sufrieras.

—No te lo pedí —dijo Camila.

—Eso lo dicen todos los hijos. Lo que hice yo fue lo mismo que hacen todos los padres. Les quité el dolor y el sufrimiento, solo pedí lealtad, pero pagan con traición mis esfuerzos.

—Pero yo quiero sufrir. —Dio un paso hacia él, y el resplandor verde le alcanzó la cara—. Eso es lo que no entiendes y no vas a entender nunca. Pasaste toda nuestra vida sosteniendo un muro cerrado para mantenernos a salvo, y la vida necesita que las cosas se rompan para poder crecer. Quitar el dolor no nos hace perfectos, Federico. Nos hace inútiles.

—Eso es solo un cálculo emocional. Puedo mostrarte los números.

—Ya me los sé. —Camila dio otro paso—. Yo los hacía.

Federico no contestó.

—Intenta adivinar mi próximo movimiento —dijo ella entonces, y no lo dijo con soberbia; lo dijo casi con lástima, como quien le explica a un enfermo cuál es su diagnóstico—. Un paso a la izquierda o un paso a la derecha. Tienes treinta y cuatro años de mí. Cada compra, cada ruta, cada hora de sueño, cada palabra que escribí en una terminal tuya. Adivina.

El silencio en la anomalía fue absoluto.

Y Américo, que llevaba doce años trabajando dentro de esa máquina y sabía perfectamente cómo sonaba cuando funcionaba, escuchó cómo dejaba de sonar.

No fue una derrota. No hubo un gesto de dolor, ni una concesión, ni una bendición. Fue algo mucho más simple y mucho más terrible: un sistema que pide la siguiente instrucción y no la recibe. La figura de Federico se quedó exactamente igual que estaba, con las gafas puestas y la boca a medio abrir, sosteniendo un mundo entero mientras esperaba un dato que ya no existía.

Duró menos de dos segundos.

Fue todo lo que necesitaron.

Las gotas volvieron a caer. Tac se lanzó hacia el umbral como una flecha y Mulatos fue detrás, con el collar de cobre golpeándole el pecho, cruzando la luz como quien simplemente pasa a la habitación contigua.

—¡Camila! —gritó Américo.

Corrieron.

Y a sus espaldas, cuando ya no había forma de detenerlos, la figura de la bata blanca volvió a moverse. No los persiguió. No cerró la puerta. Giró la cabeza hacia el abismo de luz por el que se le estaban yendo, con una expresión que no le pertenecía a ninguna máquina.

—Te diseñé para que no sintieras esto —dijo Federico.

Nadie tuvo tiempo de contestarle.

Américo miró a Camila una última vez, al borde mismo del umbral.

No le dijo que la perdonaba, porque no la perdonaba. No le dijo que no importaba, porque importaba. Le apretó la mano —que era lo único sólido que quedaba en un claro donde ya no había suelo— y ella se la apretó de vuelta, sin dudar un solo instante.




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