La habitación que falta

8.2

La grieta del cristal

Corrieron a través del bosque, pero ya no era un ecosistema físico regido por leyes conocidas.

El desequilibrio de Placea estaba despedazando la forma del mundo para dejar ver el código raíz. Américo sentía náuseas; sus sensores de equilibrio luchaban contra el contexto borroso. Los colores de los árboles se extendían fuera de sus bordes, escurriéndose. La gravedad ya no tiraba hacia el centro, sino en diagonal, obligándolos a inclinarse para no caer hacia un cielo que se deshacía en franjas de un verde profundo, tan oscuro que costaba llamarlo luz.

Tac iba al frente, nadando en el aire denso como si el bosque entero se hubiera vuelto agua.

No hubo un momento exacto. No hubo un apagón. Simplemente, en algún punto entre la caverna y el segundo barranco, el profesor Castellanos dejó de estar ahí y quedó el anciano, corriendo con la boca abierta y una sonrisa de niño, encantado con las luces. Américo lo supo porque dejó de dar instrucciones.

—¡Abuelo! —gritó—. ¡Abuelo, el bucle! ¡Ibas a decirme cómo se cierra!

Mulatos giró la cabeza sin dejar de correr, lo miró con una alegría enorme y absolutamente vacía, y volvió a mirar los árboles.

Camila lo tomó por el codo.

—Se acabó la carga.

—Le faltaban dos frases —dijo Américo—. Dos frases.

—Nunca son dos frases. Corre.

A sus espaldas, el cielo se llenó del zumbido abrasador de los motores de Placea.

Américo se giró en plena carrera. La antena de Varela seguía emitiendo un chirrido tan agudo que a dos kilómetros se sentía en los dientes. Alrededor de ella, la primera andanada estaba a punto de abrir fuego.

Todos dispararon sus cañones a la vez.

La antena no se apagó.

Cayó la segunda andanada, y la antena siguió emitiendo, y Américo entendió que el relé no podía haber sobrevivido a la primera descarga. Que si la señal continuaba, era porque alguien estaba de pie junto a la base del mástil cerrando el circuito con las manos.

*Toda oscilación requiere pagar un costo.* Lo había dicho ella misma, con frialdad cuantitativa, media hora antes.

Américo no volvió a mirar atrás.

En el bolsillo interior del chaleco, contra las costillas, el búfer de su madre empezó a calentarse.

No fue el pulso hirviente de la mansión ni el latigazo del ducto. Fue algo más lento y bastante peor: un calor que subía y subía sin encontrar ningún máximo, como si el aparato llevara veintiséis años esperando exactamente esa noche y por fin tuviera de dónde beber. Américo se lo cambió de bolsillo dos veces. Después dejó de cambiárselo y lo aguantó.

—Américo.

La oyó, aunque el mundo entero estaba chirriando.

—No pare —dijo él.

—No voy a parar. —Camila corría a su altura, mirando al frente, con el receptor golpeándole la cadera a cada zancada—. Hay algo que tengo que decirle antes de entrar a la falla.

Américo casi se detuvo para escucharla: sintió gravedad en sus palabras.

Le había dicho "baja la llave, Américo" con ochenta mil personas en la balanza. Le había dicho "pero yo sí lo notaría" en la oscuridad de un bosque. Y ahora, a tres kilómetros del final del mundo, volvía a hablarle como el primer día, desde detrás del titanio.

—La frase suya que le mostraron en Lateral —dijo—. La del articulo que escribió y por lo que lo purgaron. La que estaba subrayada en rojo.

—Me acuerdo.

—La subrayé yo.

Américo no dejó de correr. Fue lo único que consiguió hacer.

—Hace tres años me asignaron el análisis de firmas de riesgo del anillo administrativo —continuó ella, con la misma voz plana con la que leía un informe—. Nueve mil expedientes. Yo no borraba a nadie. Yo señalaba. —Saltó una raíz que se movía sola—. Cuando empezaron las anomalías en la red, Lateral me interrogó a mí primero, antes que a nadie. Querían un nombre.

Américo no dijo nada. Delante de ellos, un árbol entero se dobló hacia arriba.

—Les di el suyo.

Corrieron seis zancadas.

—Podía no dárselo —dijo Camila—. Quiero que eso quede claro, porque dentro de un rato usted va a querer inventarme una excusa y no la hay. Podía no dárselo. Se lo di porque era cierto. Usted era el único hombre de Placea capaz de sabotear el sistema. Era la respuesta correcta.

—Por eso fue a la fiesta.

—Por eso fui a la fiesta. No fui a rescatarlo. Fui a mirarlo de cerca y a decidir si dejaba que se lo llevaran o me lo llevaba yo.

—¿Y qué decidió?

Camila tardó tres zancadas en contestar.

—Nada. No decidí nada. Su padre bajó las escaleras y decidió por mí. Llevo veinte horas dejando que usted crea que fui yo la que lo salvó.

El suelo del bosque había empezado a sonar hueco, como la cubierta de un barco.

—En el ducto le dije que lo había sacado porque era mi único acceso a mi origen —siguió ella—. Y era verdad. Por eso funcionaba tan bien. La usé todo este tiempo para no tener que decirle esto otro. —Tragó saliva sin dejar de correr—. Anoche me dijeron quién soy. Ya no me queda esa frase.

Américo hizo lo único que sabía hacer con las cosas que no podía sostener. Calculó.

—¿Cuántos nombres dio antes del mío?

—Ninguno.

—¿En tres años?

—Nunca me habían preguntado.

—Entonces fui el primero.

—Fue el único.

El metal del búfer le golpeaba las costillas con cada zancada. Américo no contestó; entendió que Camila acababa de entregarle su propio expediente con todos los campos llenos, sin una sola casilla en blanco para salvarse.

Delante de ellos, entre los árboles que ya no eran árboles, el aire se abrió en una claro.

Américo estiró el brazo y le agarró la mano.

—No me la suelte cuando crucemos.

Camila no contestó. Apretó.

Las coordenadas del mapa cuántico terminaban en un claro que ya no tenía suelo.

A veinte metros del umbral, medio hundida en el musgo, había una pistola de señales idéntica a la que Américo llevaba en el fondo de la mochila. Los dos se miraron. No había tiempo para preguntas.




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