La habitación que falta

6.1

El protocolo Equinoccio

Camila aisló los flujos de calor en tres puntos. Con un gesto rápido, trazo una línea con el dedo.

—Líneas de entropía —dijo—. Todo el calor drenado del distrito residencial fluye hacia un solo punto en la periferia.

Américo se inclinó sobre la pantalla.

—Hay un protocolo de enmascaramiento ocultando la brecha. Su firma es del terminal maestro, el terminal de mi padre. Se llama «Equinoccio».

Camila se congeló. Su mirada se clavó en la palabra.

—¿Equinoccio? —murmuró, y una luz de recuerdo le cruzó el rostro—. Los viejos científicos... los que se fueron a la libertad para no vivir bajo el control de la radiofrecuencia. No eran rebeldes; eran mentes libres. Para ellos, el equinoccio era una fiesta. El único día del año donde la luz y la sombra pesan lo mismo, cuando la naturaleza rompe el sesgo y nadie puede forzar un termostato.

Miró la pantalla con desprecio amargo.

—Yo nací ese día —dijo, sin apartar los ojos de la palabra—. Es el único dato que el Continuum no me borró del expediente de nacimiento. Todo lo demás está blindado. Supongo que a nadie le pareció que una fecha pudiera ser información.

Américo no supo qué contestar a eso.

Apagó la pantalla de un manotazo.

—Alejandro sabe que la ciudad se apaga. Si queremos la clave de acceso raíz para desmantelar esa máscara, tenemos que entrar a la casa de mi padre.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.