La habitación que falta

1.4

Calibración

La cápsula lo dejó en la base de la Torre del Consejo a las ocho y cuarenta.

En el ascensor, Américo activó el protocolo de recepción y dejó que el biómetro hiciera su trabajo. Una microdosis para la sociabilidad. Una corrección menor del ritmo cardiaco. Un ajuste del umbral de fatiga social que le permitiría sostener cuarenta minutos de conversación calibrada sin que se le notara el agotamiento en la cara.

Se miró en el metal pulido de la puerta.

Un hombre de treinta y seis años, bien alimentado, con doce años de servicio, treinta y tres algoritmos en producción, un padre en el Consejo y un carné de nivel cuatro colgado del pecho. Un hombre que esa misma mañana había batido su propio récord de resolución sin enterarse. Un hombre a quien no le faltaba absolutamente nada.

Las puertas del ascensor se abrieron sobre la terraza: la música holográfica, las copas de cristal, los relojes del salón coordinados hasta la centésima.

Américo Vela salió a la fiesta sin una sola cosa pendiente en la cabeza.

Y durante la hora siguiente fue completamente feliz.




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