La habitación que falta

CAPÍTULO 9: La habitación que falta

Despertar en el vacío

El frío fue lo primero que regresó.

No como el frío de Placea. Este era un frío limpio, orgánico, desordenado. Le entumecía las extremidades a Camila como si hubiera estado sumergida en gelatina espesa durante una era. La cabeza le latía con una vibración descompasada. Las náuseas le revolvieron el estómago mientras intentaba enfocar la vista en lo que tenía encima.

No era un techo. Era cielo abierto, crepuscular, sin la cuadrícula luminosa de los difusores urbanos.

Intentó mover los dedos de la mano derecha. Respondieron con un retraso agónico de casi un segundo, una fricción neuronal insoportable. Flexionó las rodillas con cuidado, sintiendo los músculos rígidos y las articulaciones crujir como madera seca. Estaba viva. El cruce del desgarro no le había desintegrado los átomos.

Giró la cabeza con lentitud. Estaba tendida sobre roca desnuda, en un rellano de piedra fracturada, a unos metros del vórtice, que todavía respiraba: un desgarro vertical de aire torcido que devolvía la luz mal, como un vidrio que no termina de cuajar. A un brazo de distancia, boca abajo sobre la grava, Américo seguía inconsciente. Tac se había montado en su espalda y hacía guardia ahí, con el lomo latiendo en un verde corto y nervioso.

Y de pie en el borde del rellano, recortado contra el páramo, estaba Mulatos Castellanos.

No caminaba con firmeza; se erguía en un equilibrio precario, errático, meciéndose apenas como un péndulo gastado. Y sin embargo, en sus ojos ya no estaba la mirada muerta. Detrás de la bruma de su amnesia persistía un brillo muy tenue, apenas perceptible entre las sombras, pero que guardaba intacto el entusiasmo vivo y eléctrico de su juventud científica. Un resplandor académico que sobrevivía a la mutilación de los nanobots.

Camila no recordaba haber llegado hasta ahí. Le quedaban retazos sueltos: el desgarro escupiéndolos contra la roca helada, el peso muerto de Américo colgándole del hombro, sus propias rodillas raspando la grava, Tac tirándole de la manga con los dientes —hacia adelante, siempre hacia adelante— y, delante de todos, Mulatos caminando sin apuro por el filo del vórtice, tranquilo como quien cruza un patio, porque nadie le había dejado memoria suficiente para saber lo que era el miedo. Los arrastró los últimos metros y después se cayó. De eso ya no quedaba ni el recuerdo.

Se incorporó sobre un codo. Y entonces se le atravesó algo que no supo nombrar.

El aire. El aire no estaba filtrado. Le entraba en los pulmones espeso, húmedo, cargado de tierra mojada y de raíz, con partículas que ningún anillo de Placea habría dejado pasar jamás. Y detrás de eso, algo peor: no había zumbido de fondo. La ciudad hacía un ruido permanente que uno solo advertía cuando faltaba, y ahora faltaba.

Miró hacia abajo, hacia el páramo. Muy lejos, al otro lado de la fosa, la mole gris de Placea se recortaba contra el último resto de luz. Estaba donde tenía que estar. Pero había una línea en su silueta —un borde largo, continuo, que corría por toda la falda— que ella no recordaba de ningún plano, de ninguna auditoría, de ninguna de las mil pantallas que había leído en catorce años de oficio.

Estaba demasiado lejos para asegurarlo. Camila era analista: no afirmaba lo que no podía medir. Guardó esa diferencia donde guardaba siempre las cosas que no cuadraban y no dijo nada.




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