La Heredera de las Cenizas

Capítulo 21: Reina sin corona

Noctis me tomó la medida en cuanto crucé el umbral.

Y no es una forma de hablar: era el propio edificio haciendo su trabajo de siempre. Fichando, comparando y actualizando lo que sabía de mí con la persona que tenía ahora delante. Lo noté en el tacto de la piedra del patio, en el titileo de las lámparas y en la manera en que los grabados del suelo dieron un latido único, lento y suave. Como si el castillo acabara de registrar que algo en mí había cambiado para siempre.

Los alumnos tardaron un poco más en darse cuenta.

Pero tampoco mucho.

Al día siguiente bajé a desayunar. Había pasado mi primera noche encerrada en el cuarto, recolocando las piezas del puzle antes de exponerme en las zonas comunes. En cuanto pisé el comedor, el guirigay se cortó en seco, igualito que aquella mañana de octubre. Pero el ambiente era otro. En octubre aquello respiraba curiosidad, examen y el morbo de ver si daba la talla. Lo de hoy era distinto: ese silencio espeso que se forma cuando entra en juego un elemento nuevo y el resto de la gente necesita recolocarse a su alrededor para no salir perdiendo.

Me senté, me serví café y miré al frente.

Vera no tardó ni dos minutos en plantarse a mi lado, tan puntual como siempre.

—Tres meses —soltó.

—Sí.

—Estás cambiada.

—Ya me lo han dicho unos cuantos.

Me estuvo estudiando un instante con esa mirada clínica suya. No había cambiado un ápice en este tiempo, pero ahora yo la leía con otros ojos: ya no me parecía un jeroglífico que descifrar, sino alguien a quien comprendía y respetaba.

—¿Qué vas a hacer con Eryx? —preguntó a bocajarro.

—Aún no lo tengo claro —hice una pausa—. Pero lo que sea que decida, lo haré desde una posición con peso. No pienso moverme como una alumna descarriada ni como el trofeo político de los demás.

—¿Y cómo piensas conseguir eso?

—Siendo lo que soy —le di un sorbo al café—. Que ya iba siendo hora de dejar de escurrir el bulto.

La reunión del consejo extraordinario de Noctis se fijó para el miércoles.

No era una junta cualquiera. Esa convocatoria solo se activaba cuando el panorama político de la academia se ponía tan feo que Varek no se atrevía a cortar el bacalao él solo. Según Cael —que en mi ausencia había montado una red de espionaje interno acojonante, aunque puramente interesada—, allí se sentaban delegados de las cinco familias fundadoras, los tres catedráticos de más peso y cualquier estudiante con derecho a réplica en los temas del día.

El destino de Eryx era el plato fuerte.

El regreso de los Ashvaren, el acompañamiento.

Me apalanqué en la última fila sin pedir permiso a nadie. En esa sala nadie sabía muy bien en qué casilla colocarme, y esa incertidumbre ya jugaba a mi favor. La información es poder.

El aula del consejo no se parecía a nada que hubiera visto en Noctis. Tenía un aire mucho más institucional, con los asientos dispuestos en semicírculo apuntando a una mesa central. El techo era bajísimo y no había ni una sola antorcha en las paredes; toda la luz nacía de unos símbolos grabados, muchísimo más densos y activos que los de los pasillos. Apestaba a magia rancia y a decisiones tomadas con calzador.

Los portavoces de las familias entraron con el reloj en hora.

Los fiché por los colores y los emblemas que me había empollado en los mercadillos de fuera: los Morvan de azul gélido, los Seiden de gris marengo, los Castellar de negro y oro... y los Deveraux, representados por una mujer de unos cincuenta años. Tenía las mismas facciones que Eryx, pero en una versión bastante más afilada y antipática. El tipo de perfil idóneo para mandarle un colgante familiar al cuello al sicario encargado de limpiar a la competencia.

Me clavó los ojos en cuanto entró.

Yo no le bajé la mirada.

La quinta familia, la mía, no tenía silla porque sobre el papel no existía. De eso iba la película, precisamente.

Arrancaron con el caso de Eryx. Lo que soltaron contra él parecía un bloque de hormigón por fuera, pero por dentro era pura arena: la firma digital, el cambiazo del bicho y el amuleto del asaltante como nexo de unión. Ninguna prueba irrefutable, pero sí bazas de sobra para que la sombra de la sospecha se instalara cómodamente en el debate.

Me tragué veinte minutos de cháchara sin abrir la boca.

En el tercer turno de réplicas, un portavoz de los Morvan, de esos que hablan con la suficiencia del que nunca ha tenido que pedir perdón, soltó como quien no quiere la cosa:

—El destino de Deveraux va de la mano del futuro de los Ashvaren. La heredera, si es que de verdad existe, tendría derecho a reclamar ciertos procesos que salpican al linaje. Pero viendo que la muchacha no da señales de enterarse de lo que pesa su apellido...

—La heredera está sentada aquí.

Lo solté sin levantar la voz, pero el silencio que se formó enfrió el cuarto de golpe.

El portavoz de los Morvan me miró desde su escaño intentando recomponer la postura a toda prisa.



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En el texto hay: brujas, academia, darkromace

Editado: 20.09.2026

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