Él me sacó de las llamas.
No tengo idea de cómo logró llegar hasta la sala ceremonial con el pasillo bloqueado, pero Eryx apareció como siempre: demasiado rápido para ser humano. Tiene esa capacidad casi absurda de estar exactamente donde se lo necesita, en el momento justo. Después de todo lo que he pasado a su lado, ya sé que no es un truco sobrenatural; son décadas de entrenamiento enfocadas en hacer solo eso.
Yo estaba atrapada en mitad del fuego cuando él entró rompiendo el techo.
Lo primero que noté cuando la adrenalina bajó un poco fue que el fuego no me había tocado. El incendio mágico, de ese azul intenso, se había detenido a un palmo de mí. Algo en mi interior lo había frenado, o quizás fue la propia magia del trono, si es que no eran ya la misma cosa. El panorama era desolador: la sala con el techo destruido, las paredes echando humo y yo ahí en medio, con la mochila al hombro y una sensación de vacío energético que no había experimentado jamás.
Eryx aterrizó a mi lado. Me miró fijamente un segundo, con los ojos completamente limpios, sin filtros.
—Estás bien —dijo.
No preguntaba. Necesitaba decretarlo antes de poder reaccionar.
—Estoy bien —respondí.
El resto del escape fue puro instinto y pragmatismo. Salimos por el techo y cruzamos el tejado de Noctis, que resistía mejor de lo esperado. Bajamos por la fachada exterior hacia el patio este, donde ya se concentraban los alumnos y profesores evacuados. No cruzamos una sola palabra en el trayecto. Los dos sabíamos perfectamente que lo que acababa de pasar en la sala no se podía explicar con palabras.
El patio este, a las seis de la tarde, era un cuadro gris. El sol de enero caía bajo y frío, las ruinas humeaban a la distancia y el olor a piedra quemada flotaba en el aire (un olor que, por desgracia, ya sentía como parte de Noctis). Había unas doscientas personas agrupadas con esa inercia típica de las tragedias: los amigos con los amigos, los que se necesitaban para no caer y los que, aunque no se hablaran, buscaban no estar solos.
Maren estaba apoyada en la pared del ala este, que milagrosamente seguía en pie. Dirigía el triaje de los heridos con la eficiencia automática de quien trabaja exhausto porque sabe que venirse abajo no es una opción. Cael, por su parte, organizaba a un grupo de cuarto año con una energía que ya no parecía fría estrategia, sino puro liderazgo. Vera estaba sentada en el suelo, con la espalda contra el muro y las rodillas pegadas al pecho; la viva imagen de alguien que ha llegado al límite de lo que puede soportar en pie.
Varek no estaba.
Lo advertí enseguida, antes que cualquier otra cosa. Que no estuviera entre los evacuados podía significar muchas cosas, y la opción más probable dependía de cómo reaccionaba Varek cuando sus planes se desmoronaban.
Busqué a Eryx con la mirada. Él me encontró primero.
No lo pensamos demasiado. Nos fuimos al único rincón del ala norte que seguía en pie; un rincón apartado pero que nos permitía vigilar el patio sin estar expuestos en el centro. Simplemente terminamos ahí. Nos sentamos en el suelo, con la espalda apoyada en la piedra, sintiendo el frío helado de enero y ese silencio pesado que queda cuando algo enorme termina, pero lo que sigue aún no ha empezado. Tenía la mochila entre los pies y el peso de la corona en el bolsillo de la chaqueta, presente aunque no la mirara.
Estuvimos callados un buen rato. No era un silencio incómodo, sino de esos en los que las palabras se están acomodando y forzarlas solo lo arruinaría.
—¿Cuántos? —pregunté al fin.
—Dos —respondió tras una pausa—. Un chico de segundo que no logró salir del ala sur. Y la profesora que estaba en el archivo. No llegué a tiempo.
Dos. Podrían haber sido más, claro, pero dos ya eran demasiados.
—La grieta —dije, sintiendo la culpa—. Lo que hice en los archivos. Esa magia dejó marca y provocó el incendio.
—El incendio lo provocó la magia inestable de los sellos cedidos —me corrigió con firmeza—. Tú abriste una grieta en el sistema, sí, y la energía acumulada hizo el resto.
—Viene a ser lo mismo.
—No exactamente.
—Eryx...
—Lo sé —interrumpió. No dio más rodeos—. Lo sé.
El patio seguía ahí, con sus doscientas personas, el humo y el frío. Y entre nosotros, algo que llevaba meses asfixiado por fin encontraba un espacio para respirar.
—Tengo miedo —confesé.
Era la primera vez que lo decía en voz alta. Así, sin el escudo de frialdad que había aprendido con Sael, sin la distancia que solía poner entre lo que sentía y lo que dejaba ver.
—Lo sé.
—No le tengo miedo a la guerra, ni a lo que viene —añadí, mirando al frente—. Le tengo miedo a lo que me estoy volviendo. A no saber cuándo parar. A haber pagado un precio tan alto que ya no pueda recuperarme.
El silencio que vino después dolió distinto.
—La grieta... —habló al fin, con la voz de quien lleva guardándose algo mucho tiempo—. ¿Qué tanto la sientes?
—Un zumbido constante. Y la corriente me da tirones cuando la uso. ¿Es permanente?
Eryx tardó en responder.
—Algunas cosas se cierran con el tiempo. Otras no.
—¿Y las mías?
—Aún no lo sé —me miró a los ojos—. Pero puedo ayudarte a averiguarlo. Si me dejas.
Le sostuve la mirada. Lo que había entre nosotros en ese instante era todo lo que fuimos desde el principio, sumado a todo lo que habíamos arrastrado hasta aquí. Ya era demasiado grande como para fingir que no existía.
—Llevo mucho tiempo sin dejar que hagas nada por mí —le recordé.
—Sí.
—Y lo has hecho igual.
—Sí.
—¿Por qué?
Lo dijo sin adornos, con la honestidad brutal de quien se ha quedado sin armadura tras lo de la sala de curación, los archivos y el techo de Noctis.
—Porque no sé estar en el mundo de otra manera. Desde hace mucho, tú eres mi punto de referencia. No por una misión, ni por deber. Es solo que eres el único punto desde el que todo lo demás cobra sentido.
Editado: 01.11.2026