La separación duró apenas seis horas. Y no porque la distancia fuera suficiente para apagar la resonancia —Maren me lo había explicado con esa precisión milimétrica de quien maneja fuerzas peligrosas y no puede permitirse un error—, sino porque el mundo mágico no tuvo la decencia de esperar.
Las grietas empezaron a abrirse al amanecer del segundo día.
Y no hablo de metáforas: eran fracturas reales en el tejido mismo de la magia que sostenía a las cinco familias fundadoras. Cualquiera que supiera leer el entorno podía verlas en el comportamiento errático de los sellos, en cómo la corriente trompicaba por los canales que Noctis aún conservaba intactos y en esa magia extraña que brotaba en los puntos más saturados de energía. Era algo que ningún registro de las familias describía; nadie había visto jamás una crisis así.
Claro que nadie lo había visto antes. Nunca había coincidido en el mundo una heredera Ashvaren adulta, con el poder despierto, un vínculo resonando a pleno rendimiento y una corona esperando a ser reclamada con el nombre correcto. Eran demasiadas variables estallando a la vez.
Maren me puso al tanto de todo en la sala de curación, que por descarte seguía siendo el rincón más entero del edificio. Eryx se había quedado en el umbral, respetando esa distancia provisional que se habían marcado; una distancia que no anulaba la resonancia del todo, pero que era lo máximo que permitía la estructura de Noctis sin obligar a ninguno a salir a la intemperie.
—¿De cuánto tiempo hablamos? —pregunté.
—Para que las grietas sean irreversibles... días. No semanas —Maren midió cada palabra, como de costumbre.
—¿Y el ritual?
—Hay una opción —hizo una pausa que arrastró el peso de todo lo que vendría después—. En los documentos que rescataste del fuego hay referencias a un ritual de sellado ancestral. Los Ashvaren lo usaron hace cuatrocientos años, la última vez que el equilibrio mágico estuvo a punto de colapsar.
—¿Qué hace falta?
Maren miró a Eryx un segundo antes de volver a clavar sus ojos en mí.
—El poder absoluto del linaje Ashvaren pronunciando el nombre en el lugar adecuado. La corona actuando como ancla. Y romper el vínculo activo que está alimentando la inestabilidad.
El silencio que inundó la sala tuvo esa forma densa de las verdades que todos conocen pero nadie se atreve a soltar primero.
—Romper el vínculo es el precio, entonces —concluí.
—Sí.
—¿Y sin él, el ritual funciona?
—Sí.
—¿Y si lo dejamos activo?
—La resonancia sabotearía el sellado. Lo amplificaría en lugar de canalizarlo —otra pausa—. Conseguiríamos exactamente lo contrario de lo que buscamos.
Me tomé un momento para digerir aquello.
—¿Qué significa exactamente romperlo?
Maren no supo qué responder de inmediato.
—Eryx —llamé, sin volverme hacia la puerta.
—El vínculo va en dos direcciones —respondió su voz desde el umbral—. Tu madre lo creó con magia de sangre, y esa no admite tintes medios. O se rompe del todo o no se rompe.
—¿Y si lo rompemos?
—Lo que compartimos a través de él desaparece —hizo una pausa—. No lo que sentimos, sino lo que se transmite entre los dos.
—¿Podrás seguir sintiéndome si ya no existe?
Otro silencio incómodo.
—No de la misma manera. Y tú tampoco a mí.
Pensé en lo que ese lazo había significado desde mi llegada a Noctis: ese eco suyo que me alcanzaba sin buscarlo, el zumbido sutil que me confirmaba que seguía vivo cuando estaba lejos, el terror puro que me invadió en el incendio y que era suyo antes de ser mío. Era mi forma de saber que él habitaba el mismo mundo, aunque no pudiera verlo. Si lo rompía, me quedaba a oscuras.
—¿Y la corona? —insistí.
—La ruptura del lazo y la pronunciación del nombre tienen que ocurrir a la vez. La corona estabiliza tu magia mientras el vínculo se quiebra, evitando que te destruya por dentro —explicó Maren—. Sin ella, el proceso te mataría. Con ella... tienes una oportunidad.
—¿Solo una oportunidad?
—El ritual tiene sus variables —admitió con la honestidad de quien no puede prometer milagros—. Los textos explican los pasos, pero no garantizan los resultados exactos de cada cuerpo.
Me puse en pie.
—Necesito hablar con él a solas —dije.
El jardín del ala norte era el único espacio verde que el incendio había respetado. Supongo que la magia antigua tiene su propia lógica y protege aquello que reconoce como suyo.
Cuando llegué, Eryx estaba sentado al borde del estanque. No me paré a calcular cuánto tiempo había pasado desde nuestra charla en el patio este, pero su postura delataba que había pasado la noche entera cargando con el mismo peso que yo; con la sutil diferencia de que él me llevaba treinta años de ventaja en eso de lidiar con problemas que no tienen una solución buena.
Me senté a su lado. El agua estaba completamente inmóvil bajo el frío de enero. Mi cicatriz zumbaba en esa frecuencia exacta que le pertenecía a él, y que en unas pocas horas se iba a transformar en un vacío absoluto.
Editado: 01.11.2026