El mundo mágico tardó tres días enteros en asimilar el ritual. No ocurrió de golpe, como yo esperaba; no hubo un chispazo de claridad que lo solucionara todo en un segundo. Fue un proceso lento, parecido a una marea que retrocede. Esas fracturas en el tejido mágico que Maren había localizado empezaron a cerrarse muy despacio, desde los extremos hacia el centro, con la inercia de una herida profunda que necesita tiempo para recordar cómo curarse. Pasé esos tres días en Noctis metida de lleno en lo que había que hacer. Había demasiado trabajo y ninguno dependía de si yo estaba de ánimos o no. Había que decidir dónde reubicar a la gente, evaluar los daños estructurales del edificio y enviar comunicados tanto a aliados como a rivales para dejar claro qué había cambiado y hacia dónde nos dirigíamos. Además, los documentos que logré salvar del incendio tenían que clasificarse y llegar a las manos adecuadas. Vera se encargó de la mitad de las cosas. Cael asumió el resto. Yo, simplemente, fui el punto de referencia. Y no porque supiera gestionar la crisis mejor que ellos, sino porque el mundo exterior esperaba mi nombre. Sin ese referente, todo lo que venía después se quedaba sin un ancla donde agarrarse.
Y lo hice todo a oscuras, sin el vínculo.
Eso es lo más difícil de explicar. No hablo de dolor exactamente, porque el dolor suele tener un foco, una dirección, y esto no tenía nada. Era más bien la ausencia brutal de algo que había estado ahí siempre; algo tan constante que olvidaba que existía hasta que me lo quitaron. Es como el ruido del mar para alguien que vive en la costa: el día que se apaga, lo que queda no es silencio, es otra clase de ruido. El vacío que dejó el lazo era justo eso. No era calma. Era otra cosa.
Varek reapareció al cuarto día. No lo hizo con la teatralidad que le habría gustado; apareció de repente en un pasillo del ala norte que seguía en pie, con su típica chaqueta de siempre y esa cara de quien ha calculado que era el momento exacto para dar la cara.
Lo miré. Él me sostuvo la mirada.
—El ritual funcionó —dijo.
—Sí.
—Sobreviviste.
—Aquí estoy.
Hubo una pausa.
—Eryx... —soltó él, con un tono que no llegaba a ser una pregunta pero que buscaba una respuesta.
—No está.
Varek asimiló el golpe. Noté un leve gesto en su rostro, algo diminuto que no le había visto jamás desde que descubrí quién era en realidad: no había cálculo en sus ojos, ni estrategia; solo lo que queda de un hombre cuando te quitan las dos cosas.
—¿Dónde está? —preguntó.
—No tengo idea —lo miré fijo—. ¿Lo sabes tú?
—Si el ritual quebró el lazo tal y como decían los textos, hay efectos colaterales impredecibles —se tomó un momento—. La magia que lo encadenó a ti durante décadas no se evapora sin más al romperse. Busca un nuevo equilibrio.
—¿Qué significa eso?
—Que está en alguna parte —hizo una pausa—. Pero no necesariamente en este plano.
La ambigüedad de esa frase era insoportable. Tenía la dosis justa de crueldad y de esperanza al mismo tiempo.
—¿Y tú? —le reclamé—. ¿Qué va a pasar contigo?
—¿Qué quieres que pase?
Pasaron unos segundos larguísimos.
—Lo que me corresponda —respondió, clavando la vista en el suelo, con esa misma voz pequeña que usaba en su despacho—. Que seguro no coincide con lo que desearía.
Lo observé en silencio.
—¿Qué es lo que deseas, Varek?
—Ver si esto que construí tiene algún sentido ahora que es real. Verlo existir sin poder usarlo como una herramienta. Solo... contemplarlo.
Fue lo más honesto que le escuché decir en la vida.
No había inocencia en sus palabras, ni buscaba el perdón. Era solo un hombre que había cometido atrocidades por causas que creía justas y que, por primera vez en su vida, se encontraba sin un plan b, mirando las ruinas de su obra.
—No te voy a perdonar —le aclaré.
—No te lo estoy pidiendo.
—Pero puedes quedarte. Siempre y cuando seas útil sin intentar controlar aquello para lo que sirves.
Su rostro se relajó, completamente inmóvil por un instante.
—Puedo intentar eso —asintió.
Esa misma tarde nos llegó el aviso: el consejo exterior de las cinco familias exigía una reunión. Y no la querían con Varek. La querían conmigo.
Era justo lo que Cael había previsto. En cuanto el entramado mágico empezara a estabilizarse y vieran que el ritual era un hecho, el mundo exterior necesitaría entender dónde encajaba el linaje Ashvaren en este nuevo tablero. Qué iba a reclamar, qué iba a ceder y bajo qué condiciones estaba dispuesta a convivir con las instituciones que se habían lucrado con su exterminio. Esa era la verdadera guerra, la que no se zanjaba en una batalla. La que nos iba a costar años. Lo sabía y lo asumía. Era el paquete completo que venía al pronunciar el nombre; no se trataba solo del ritual, sino del día después. De todo lo que tocaba reconstruir siendo quien era.
El quinto día estalló la tormenta de verdad, pero fuera de Noctis. El consejo de los Morvan —la familia que más peso político perdía con el regreso de los Ashvaren— decidió que lo mejor era golpear antes de que nos asentáramos. Y atacaron.
Lo que pasó en las seis horas siguientes lo tuve que reconstruir más tarde, porque cuando estás metida en pleno fuego cruzado pierdes la perspectiva; solo existe el segundo que tienes delante. El asalto al ala este de Noctis fue una maniobra de distracción para moverme hacia allí. Mientras yo me desplazaba, un grupo más reducido intentó colarse en la sala ceremonial para llegar al trono. Sabían que ese trono era el símbolo de legitimidad de mi linaje, y que si lo destruían o lo dañaban, desmontaban el relato del nuevo orden que estábamos levantando.
Por suerte, llegué a la sala antes que ellos. Con lo puesto.
Lo que desplegué allí dentro no fue el poder bruto del ritual; eso habría echado abajo las paredes y era una exageración. Utilicé algo mucho más quirúrgico: la magia de mi linaje, que ahora manejaba de un modo muy distinto. Ya no tenía el sello estorbando, ni la grieta que abrí en los archivos, pero tampoco contaba con el vínculo que antes multiplicaba cada vibración. Ahora era una magia estrictamente mía. Más contenida en algunos aspectos, pero infinitamente más dócil.
Editado: 01.11.2026