Para cuando amaneció, las familias ya sabían que el trono me había respondido. Ni idea de cómo se enteraron; en este mundillo las cosas se filtran por canales que ni te imaginas. El caso es que, al levantarme, me encontré con tres mensajes. Dos venían en ese idioma antiguo que solo usan las familias fundadoras, y el tercero era un código que me costó lo suyo descifrar. Venía de alguien que juraba ser neutral, aunque esa neutralidad se la habían pasado por el forro hace décadas.
El mensaje era corto, sin florituras: Se acerca. Hoy o mañana. Largaos del edificio.
No nos fuimos.
Varek reunió a los profesores a las seis. A las siete ya estaba claro que aquello era un gallinero; nadie se ponía de acuerdo. A las ocho, el perímetro empezó a fallar. Los sellos parpadeaban igual que en el ataque anterior, pero esta vez con más fuerza, más coordinación. Era una presión constante.
A las nueve y cuarto, el muro oeste reventó.
No fue como el ataque del comedor; no era fuego mágico. Esto fue un colapso en toda regla, como si hubieran estado carcomiendo la estructura durante días para terminar de empujarla hoy. Por el boquete no entraron asesinos, sino una invasión en toda regla. Criaturas que no sabían ni a qué clase pertenecían —un batiburrillo de sombra, magia y formas que daban grima—, escoltadas por gente con los símbolos de al menos dos de las familias fundadoras en la ropa.
Y no eran los Deveraux. Me fijé bien. No eran ellos.
El caos fue instantáneo. Primero el estruendo de los sellos cediendo y la piedra rajándose, luego las alarmas del edificio sonando con esa vibración que se te mete en los huesos antes de que te des cuenta de que es ruido. Los alumnos empezaron a correr por los pasillos como pollos sin cabeza.
Me topé con Vera en el ala norte.
—¿Puntos de evacuación? —solté, sin rodeos.
—Están con el ala este —dijo ella, mirando hacia dónde venía el jaleo—. Si el oeste ha caído, el este es lo más seguro.
—¿Cuántos alumnos?
—Los de primero y segundo. Los mayores se están repartiendo entre defensa y evacuación.
—Bien —dije. Miré al sur, donde la luz ya estaba tomando ese color antinatural que trae la magia invasora—. ¿Y Eryx?
—No lo sé —hizo una pausa—. Oficialmente sigue detenido, pero dudo que eso importe ahora mismo.
Tenía razón. Me puse en marcha hacia el ruido.
El ala oeste era una ruina. Las criaturas que entraron estaban desestabilizando el edificio desde dentro; tocaban los símbolos del suelo y los apagaban, dejando la piedra de Noctis muda. Sin esa magia, el edificio se venía abajo solo.
Tres aulas ya eran escombros. Vi a Aldric peleando en el pasillo, pero no para defendernos. Estaba del lado de los atacantes, lo cual confirmaba que la traición venía de mucho más atrás. Pasé de largo. Un grupo de primer año estaba atrapado tras una puerta bloqueada; tiré de la corriente, estabilicé el símbolo del suelo y les abrí paso hacia el este. Doce chavales. Sanos y salvos.
Seguí avanzando.
La magia ya no fluía como antes del entrenamiento. No era un río desbocado ni un hilo que tenía que apretar para no reventar. Ahora era algo natural, algo que guiaba con una intención firme, sin pensármelo. Sael tenía razón: ya no pensaba, solo actuaba.
En el cruce central, la batalla estaba en su punto álgido. Los profesores que quedaban plantaban cara con todo lo que tenían: fuego, tierra, cosas que ni pude identificar. Y ahí estaba Cael, en primera línea, soltando el cálculo para ponerse a luchar. Me vio y su cara cambió.
—El norte está cediendo —dijo, sin necesidad de preguntas—. Si lo pierden, tienen vía libre hasta la sala ceremonial.
El trono.
—¿Cuánta gente hay ahí?
—Demasiados para lo que tenemos.
Salí disparada. El ala norte era una ratonera. Habían atacado los sellos con una precisión quirúrgica, lo que confirmaba que quien dirigía esto conocía Noctis mejor que nadie. ¿Aldric? Probablemente.
Tres criaturas me cerraron el paso. No tuve ni que decidir; mis sombras se lanzaron solas. Construí barreras de oscuridad, no como las del consejo, sino hechas para el combate. La oscuridad las reconoció y se frenaron. Las empujé hacia atrás, lo suficiente para abrirme camino.
Un sonido detrás de mí me hizo girar.
Eryx.
Estaba ahí, con la ropa de calle que llevaba la noche que cruzó mi ventana en Madrid. Ni rastro de las restricciones. Tenía una expresión extraña: una mezcla de calma y furia que no le había visto nunca.
—¿Cómo has salido? —pregunté.
—Las normas se vuelven flexibles cuando el edificio arde —dijo, seco—. ¿Estás bien?
—El norte se cae.
—Lo sé —se puso a mi lado—. Juntos.
No hizo falta decir más. Nos pusimos a trabajar en paralelo. Eryx peleaba diferente; sin trucos, sin filigranas, sin perder un segundo. Era pura eficiencia. Estuvimos así veinte minutos, o quizás una eternidad, limpiando el ala norte. No pudimos con todo, pero sí lo suficiente para que los sellos de la sala ceremonial se mantuvieran en pie.
Editado: 20.09.2026