Los primeros dos meses de vida de Liam no destruyeron el amor que Luca sentía por su hijo, pero sí pulverizaron con aplastante eficacia cualquier residuo de su orgullo masculino y su perfeccionismo académico. Si Luca había creído que sus hábitos de estudio universitario, su disciplina impecable y sus meticulosos esquemas de organización le servirían para dominar la paternidad, la realidad le asestó un golpe de agua fría, pañales sucios y llantos nocturnos en frecuencias inalcanzables para la lógica humana.
Era un martes a las tres de la mañana. En la penumbra del pasillo de la residencia en las colinas, el llanto de Liam resonaba con la fuerza de una alarma sísmica desde la habitación de Elena.
Luca, que dormía en su propia habitación al final del pasillo desde que regresaron del hospital, se despertó de golpe. Como su cuerpo ya estaba programado para reaccionar al menor ruido del bebé, saltó de su cama descalzo, vistiendo solo un pantalón de pijama, con el cabello revuelto y los ojos inyectados en sangre.
Corrió por el pasillo y abrió despacio la puerta del dormitorio de Elena. Ella intentaba incorporarse de la cama con torpeza, luciendo profundamente agotada tras haber pasado la tarde amamantando casi sin pausa.
—No, Elena, quédate acostada —pidió Luca con voz ronca, tropezando de inmediato con el cojín de lactancia que yacía en el piso—. Yo me encargo. Dijimos que esta toma me tocaba a mí con la leche que dejaste extraída en el biberón. Sé exactamente qué hacer. Ve a descansar.
—Luca, está llorando muy fuerte, ¿estás seguro de que...?
—Tengo la situación bajo control. Vuelve a dormir —sentenció él con una determinación casi trágica.
Caminó hacia el moisés, sujetó a Liam con un celo desmedido y salió de la habitación para dirigirse a la cocina como quien se adentra en un campo minado, cuidando de cerrar la puerta tras de sí para que Elena pudiera conciliar el sueño.
El primer desastre de la noche no tardó en ocurrir. Luca encendió la luz de la cocina y el resplandor le lastimó los ojos. Se acercó al calentador de biberones digital que había comprado por internet —un aparato lleno de botones, pantallas LED y modos de vaporización que requería prácticamente un título de ingeniería para ser operado—. Con las manos temblorosas y el bebé llorando a todo pulmón contra su hombro, Luca intentó presionar el botón de calentar a treinta y siete grados. En su lugar, activó la función de esterilización a vapor.
Un chorro de vapor ardiente emergió del aparato con un silbido estridente, haciendo saltar a Luca hacia atrás, quien por poco pierde el equilibrio con el biberón de vidrio entre los dedos.
—¡Maldita sea! —maldijo en un murmullo aterrorizado, mirando el biberón quemándole la palma de la mano—. Tranquilo, Liam, tranquilo... Papá está calibrando la temperatura.
Tuvo que enfriar la botella bajo el grifo de agua helada mientras intentaba sostener a Liam con un solo brazo. Para cuando la leche estuvo a la temperatura adecuada, Luca ya estaba sudando frío y Liam había pasado del llanto común a un tono rojo purpúreo de indignación absoluta.
—Bien, alimento listo. Ahora el pañal —se dijo a sí mismo, dirigiéndose al cambiador instalado en el área de la sala.
Cambiar a Liam era el verdadero dolor de cabeza de Luca. A pesar de haber visto decenas de tutoriales y haber practicado en un muñeco de trapo durante el embarazo, la anatomía de un bebé de dos meses en la vida real era un desafío incontrolable. Liam no se quedaba quieto; pataleaba con una fuerza insospechada y parecía disfrutar cada vez que su padre intentaba alinear las cintas adhesivas del pañal.
Luca acostó a su hijo sobre la almohadilla plástica. Desabrochó el mameluco con extrema cautela, pero cometió el error novato de retirar el pañal sucio sin colocar inmediatamente uno limpio debajo como barrera.
El pequeño Liam, al sentir el aire fresco de la madrugada en el cuerpo, sonrió plácidamente... y lanzó un chorro de pipí en arco directo al pecho de la camiseta limpia de Luca.
—¡No! ¡Liam, por favor! —exclamó Luca en un susurro desesperado, intentando esquivar el ataque acuático en vano. La mancha húmeda se extendió rápidamente por la tela gris de su camiseta, llegando hasta su cuello.
El bebé agitó las manitas en el aire, emitiendo un gorgoteo satisfecho.
Resignado y oliendo a orina de recién nacido, Luca limpió al bebé como pudo y sacó un pañal nuevo de la caja. Sin embargo, en su afán por apretarlo lo suficiente para que no hubiera "fugas nocturnas", ajustó tanto las cintas laterales que Liam soltó un alarido de incomodidad.
—Está bien, está bien, muy apretado, lo siento —se disculpó Luca frenéticamente, despegando las cintas con tanta prisa que terminó rompiendo el borde de plástico del pañal.
Tuvo que tirar ese pañal a la basura y sacar un segundo. Con los nervios crispados, logró colocarlo, pero al ponerle el mameluco de nuevo, abrochó mal los botones de presión de las piernas, dejando un lado ridículamente más largo que el otro y a Liam atrapado en una posición torcida.
Derrotado, Luca cargó al pequeño, le entregó el biberón y comenzó a caminar en círculos por la sala para hacerlo comer.
—Ese es mi chico... come despacio —murmuró Luca, meciéndolo con un movimiento rígido de cadera que parecía más un ejercicio de marcha militar que un arrullo paterno.
Veinte minutos después, el biberón estaba vacío. Llegaba el momento definitivo: el provecho.
Luca colocó una toallita de género sobre su hombro húmedo y apoyó a Liam en vertical, dándole palmaditas en la espalda. Pasaron cinco minutos. Diez minutos. Nada.
—Vamos, Liam. Un eructo. Solo uno —suplicó Luca en un murmullo desolado—. Tu madre dice que si no eructas te dan cólicos a las seis de la mañana. Hazlo por tu viejo.
Para estimular el proceso, Luca decidió sentarse en el sofá y mecer al bebé suavemente de arriba hacia abajo. Craso error. El movimiento repentino presionó el estómago lleno del pequeño.
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Editado: 07.09.2026