El coleccionista de bragas

Capítulo 1: La mujer que no miró.

Damián Varela había aprendido a reconocer el momento exacto en que una sala entera se giraba hacia él.

Era un cambio sutil en el aire, casi imperceptible para cualquiera que no llevara veinte años provocándolo. Las conversaciones bajaban un tono. Las copas se detenían a medio camino de los labios. Las mujeres se acomodaban el cabello con una naturalidad estudiada, y los hombres se enderezaban como si acabara de entrar su jefe, aunque la mayoría de ellos, de un modo u otro, trabajaban para él.

Aquella noche, en el salón principal del Museo de Arte Contemporáneo, ocurrió exactamente igual.

Excepto por una persona.

Damián lo notó porque no estaba buscando nada. Cruzaba el salón con su copa de whisky intacta y una sonrisa educada que ya había repartido cuarenta veces, cuando reparó en la mujer que estaba de espaldas al resto de los invitados, frente a un cuadro enorme, casi negro, colgado en el rincón menos visitado de la sala.

Todos miraban hacia la entrada, hacia él, hacia el ruido.

Ella miraba el cuadro.

Llevaba un vestido sencillo, de un verde tan oscuro que parecía gris bajo las luces, y el cabello castaño recogido con un descuido que no era coquetería sino simple prisa. Tenía las manos entrelazadas a la espalda, como una niña a la que le han dicho que en los museos no se toca nada, y se inclinaba apenas hacia la esquina inferior de la tela, con los ojos entornados.

-Es una falsificación parcial -dijo ella, sin volverse.

Damián se detuvo. Durante un segundo pensó que hablaba con otra persona. Miró a los lados. No había nadie más.

-¿Perdón?

-El cuadro. -Por fin giró la cabeza, y él vio unos ojos color miel, serenos, sin rastro de la fascinación que esperaba encontrar-. La firma es original, pero el tercio inferior fue repintado. Alguien lo restauró hace unos cuarenta años y se pasó de entusiasta. Es una lástima. Los rojos de abajo no tienen nada que ver con los de arriba.

Damián sintió algo extraño, tan raro en él que tardó en identificarlo: sorpresa.

-Ese cuadro lo compré yo -dijo-. Es la pieza central de la donación de esta noche.

-Entonces le vendieron una historia bonita. -Ella sonrió, pero no con burla, sino con una especie de pena profesional-. No se preocupe, sigue siendo una obra hermosa. Solo que no vale lo que pagó.

-No le he dicho lo que pagué.

-No hace falta. Está en la placa. -Señaló con la barbilla un cartelito dorado que Damián no había leído jamás-. Es una cifra muy generosa.

Alguien a su espalda carraspeó. Era Ignacio, su asistente, con la expresión de quien sabe que su jefe está a punto de incendiar un evento de cinco mil euros por cubierto.

-Señor Varela, el alcalde lo espera para el brindis.

-Que espere.

Ignacio parpadeó. Damián nunca hacía esperar a un alcalde. Ni a un ministro. Ni siquiera a un dentista.

-¿Cómo se llama? -preguntó Damián a la mujer.

Ella pareció valorar si merecía la pena responder.

-Alessia Montenegro. Restauro obras para el museo. Me contrataron hace tres semanas para revisar la colección permanente, y anoche terminé el informe. -Hizo una pausa-. Supongo que debí haber avisado antes de que compraran ese cuadro. Lo lamento, de verdad.

-No lo lamenta.

-Un poco sí.

Y entonces, algo que no había ocurrido en años: Damián se rio. Una risa breve, genuina, que hizo que dos señoras de vestidos plateados se volvieran a mirarlo como si acabara de bailar sobre una mesa.

-Alessia Montenegro -repitió, saboreando cada sílaba-. Ha arruinado usted mi noche.

-Eso me han dicho otras veces -respondió ella-. Casi siempre tengo razón.

Extendió la mano con cortesía de despedida, un gesto rápido y limpio. Él la tomó. Sus dedos eran cálidos y tenían callosidades finas, de quien pasa horas sosteniendo pinceles diminutos. Durante un instante que le pareció demasiado largo, Damián no la soltó.

Ella lo notó. Retiró la mano con calma.

-Buenas noches, señor Varela.

Y se marchó. Sin mirar atrás, sin esperar nada, sin la menor intención de ser perseguida.

Damián se quedó frente al cuadro falso, con la copa de whisky intacta y una sensación incómoda, casi física, recorriéndole el pecho. Era como haber estado toda la vida en una habitación con la puerta abierta y descubrir de pronto que existía otra sin cerradura por la que no podía pasar.

-¿Señor? -insistió Ignacio.

-Averigua todo sobre ella.

-¿Sobre la restauradora?

-Todo. Dónde vive, con quién, qué desayuna. -Damián no apartó la vista de la puerta por la que Alessia había desaparecido-. Y que nadie lo sepa.

Ignacio dudó. Llevaba nueve años a su servicio y conocía bien aquel tono. Lo había oído antes. Tres veces, para ser exactos.

Las tres veces, terminó con un archivo nuevo en la caja fuerte del despacho.

-Como usted diga, señor.

Damián brindó frente a todos, con el alcalde a su lado y las cámaras encendidas, y pronunció un discurso impecable sobre la belleza y el legado. Nadie notó que no escuchaba sus propias palabras. Nadie notó que, cada tanto, sus ojos se desviaban hacia el rincón donde ya no había nadie.

Esa noche, de regreso en su ático, Damián se sirvió otra copa y no la bebió. Caminó hasta el fondo del pasillo, donde una puerta de madera oscura parecía la de un simple armario. Introdujo un código, esperó el clic y entró.

La luz se encendió sola, cálida y tenue.

Las paredes estaban cubiertas de vitrinas de cristal, ordenadas con precisión casi museística. Dentro de cada una, sobre terciopelo negro, reposaba una pequeña prenda de encaje, seda o algodón, con una etiqueta manuscrita debajo: un nombre, una fecha, un lugar.

Damián recorrió las vitrinas con la calma de un hombre que visita a viejas amigas. Se detuvo frente al último espacio vacío, el más grande, el que había reservado sin saber para quién.

Tocó el cristal con la punta de los dedos.

-Alessia -susurró.




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