El coleccionista de bragas

Capítulo 2: El ático de los espejos.

Alessia llegó al edificio a las seis menos diez, y lo primero que pensó fue que había cometido un error.

No por el edificio en sí. Era una torre de cristal y acero en el corazón del distrito financiero, tan alta que las nubes parecían pasar por dentro. El error era el vestíbulo: mármol blanco, techos de seis metros, un mostrador de recepción donde un hombre de traje gris la esperaba de pie, sin haber preguntado su nombre.

—Señorita Montenegro. El señor Varela la aguarda en el último piso.

—¿Cómo sabe que soy yo?

El hombre sonrió con la cortesía vacía de quien ha recibido una instrucción muy precisa.

—Me indicaron que la reconocería.

*Me indicaron.* Alessia tomó nota mental de la frase mientras entraba en el ascensor privado, un cubo de espejos que le devolvió a su reflejo desde cuatro ángulos distintos. Se había puesto su mejor blusa, una de seda color marfil, y unos pantalones negros. Llevaba su maletín de trabajo: lupa, luz ultravioleta, hisopos, un pequeño kit de disolventes. Se dijo que todo aquello era profesional. Que lo del correo y la coincidencia del jueves no era más que una casualidad estadística.

Se lo repitió durante cuarenta y ocho pisos.

Las puertas se abrieron sin ruido.

Damián Varela la esperaba de pie en el centro de un salón inmenso, con las manos en los bolsillos y las mangas de la camisa remangadas hasta los codos. Sin traje, sin corbata, sin la armadura de la noche de la gala. Detrás de él, un ventanal de suelo a techo mostraba la ciudad extendiéndose en tonos dorados, y el sol bajo lo recortaba como una silueta de película antigua.

—Puntual —dijo—. Me gusta.

—Yo prefiero decir que soy previsible.

—Es lo mismo, con mejor prensa.

Alessia no pudo evitar sonreír, y odió haberlo hecho. Caminó hacia él con paso firme, evitando mirar demasiado a su alrededor. El ático era enorme y austero, con muebles de líneas limpias y una colección de arte que le habría hecho llorar a cualquier conservador: un Sorolla pequeño junto a la chimenea, un dibujo a tinta que ella juraría que era de Goya, esculturas de bronce sobre pedestales de piedra.

—Tiene usted mucho gusto —admitió.

—Tengo mucho dinero. El gusto lo compré aparte.

—Eso también es un tipo de gusto.

Él la miró un segundo más de lo necesario.

—¿Café? Sin azúcar, con un poco de leche templada, si no me equivoco.

Alessia se quedó inmóvil.

—No se lo he dicho a nadie.

—Lo puso en su informe del museo. En el apartado de condiciones de trabajo. Escribió que necesita café con leche templada y sin azúcar para mantener el pulso firme en las restauraciones largas. —Damián sonrió con naturalidad—. Soy un hombre que lee los informes completos.

Era una explicación razonable. Perfectamente razonable. Alessia recordaba haber escrito aquella frase en un momento de humor, casi como una broma para la directora del museo.

Aun así, la piel de la nuca se le erizó.

—Gracias —dijo—. Un café estaría bien.

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La obra estaba en una sala contigua, colgada sobre una pared blanca bajo un foco directo. Era pequeña, apenas cuarenta por treinta centímetros, y mostraba el interior de una habitación holandesa del siglo diecisiete: una mujer sentada junto a una ventana, leyendo una carta, con la luz cayéndole sobre el hombro como si alguien hubiera derramado leche tibia.

Alessia contuvo el aliento.

—¿De dónde ha sacado esto?

—De una subasta privada en Ámsterdam. El vendedor juraba que era de la escuela de Delft, pero nadie ha podido confirmarlo.

Ella dejó el maletín en el suelo, se colocó los guantes de algodón y sacó la lupa. Se inclinó sobre la tela con una lentitud casi religiosa.

Durante casi cuarenta minutos, el mundo desapareció.

Examinó el craquelado, la pátina, los pigmentos del azul de la falda, que brillaba con un ultramar imposible de imitar. Pasó la luz ultravioleta sobre cada centímetro. Comprobó los bordes, la tela de soporte, los tacos del bastidor. Damián permaneció a unos metros, sentado en un sillón, sin decir nada. No la interrumpió ni una sola vez. Ella agradeció ese silencio más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Cuando por fin se incorporó, tenía los ojos húmedos.

—Es auténtico —susurró.

—¿Está segura?

—Segurísima. Es… es extraordinario. Este azul está hecho con lapislázuli real. Nadie lo usaba así después de 1680. Y la mano de quien pintó esto… —Se llevó los dedos a los labios—. Es de una precisión que casi duele.

Damián se puso de pie despacio.

—Gracias, Alessia.

Era la primera vez que la llamaba por su nombre de pila. Sonó extraño en su boca. Íntimo.

Ella retrocedió medio paso, sin darse cuenta.

—Debería haber traído un equipo mejor, para un análisis completo. Con esto solo puedo darle una opinión preliminar. Si de verdad quiere una certificación formal…

—No la necesito.

—¿Perdón?

Él se acercó un paso. Solo uno. Pero fue suficiente para que el aire de la sala cambiara de densidad.

—No necesito certificar nada. Ya sabía que era auténtico. Tengo tres expertos que lo confirmaron hace dos meses.

Alessia lo miró fijamente.

—Entonces, ¿por qué me ha traído aquí?

—Porque quería verla trabajar.

La confesión cayó entre los dos como una copa al suelo. No hubo teatro en su voz. Ni disculpa. Damián Varela había dicho la verdad con la misma naturalidad con que otro hombre habría comentado el clima.

—Eso es… —Alessia buscó la palabra— inapropiado.

—Sí.

—Es manipulador.

—También.

—Y me ha hecho perder una tarde entera.

—Le voy a pagar el triple. Ya está transferido.

—No se trata del dinero.

—Lo sé. —Su mirada era oscura, atenta, imposible de sostener durante mucho tiempo—. Por eso me interesa tanto.

Ella tomó su maletín con un movimiento seco.

—Me voy.

—Lo sé.

—No intente detenerme.




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