Fragmentos de Identidad

Capítulo 20

Entrada la noche, al otro extremo de Francia, una estación de policía permanecía en vigilia. Sus paredes grises reflejaban la seriedad del lugar, equipado con bancos en las esquinas y máquinas de café. A pesar de la actividad de los oficiales, los despachos permanecían cerrados. Excepto uno.

Sentado en una silla de escritorio, se encontraba el detective que había prometido investigar el fatídico accidente. Con el mentón apoyado sobre los nudillos de su mano, Perdomo analizaba con evidente concentración las imágenes de aquella escena, desplegadas sobre la mesa.

Algunas capturaban el charco de sangre cerca del automóvil negro volcado en la autopista. Otras, donde yacía Victoria.

«Interesante. Puedo ver que hay otra persona implicada en este caso.»

Sus pensamientos giraban alrededor de nuevas teorías. El laberinto en el que se había convertido la investigación hizo que frunciera el ceño. Algo desanimado, se recostó en el espaldar de su silla giratoria, tratando de encontrar una solución al rompecabezas que aún no contenía todas sus piezas.

«No hay evidencia de que la persona desaparecida esté viva o muerta. La declaración de la señorita Cavallier es crucial en todo esto. Debo interrogarla sin importar lo que dijo ese doctor.»

De pronto, escuchó unos golpes en la puerta que lo sacaron de su análisis. Con cierto enojo, respondió con una voz firme que sonaba más a orden que a invitación.

—¡Adelante!

Un hombre robusto, de baja estatura, no tardó en hacer su entrada. Luego de dar unos pasos, se puso de frente al detective y depositó sobre el buró un par de sobres sellados.

—Aquí tiene, jefe, la información que pidió. Le adelanto que no son buenas noticias.

—¿Qué averiguaste por fin?

—La sospechosa realmente perdió la memoria. Los registros médicos lo confirman.

—¡Maldición, Estévez! —respondió Perdomo dando un fuerte puñetazo al escritorio—. Esa mujer es clave en este asunto. Sin memoria se dificultan las cosas. —Respiró profundo y prosiguió—. ¿Qué otra noticia traes?

—Sobre el mismo punto, lo positivo es que el trauma no dejó secuelas irreversibles. Se pronosticó una recuperación gradual de su condición mental... pero no sabemos cuándo podría iniciar ese proceso. —Cruzó los brazos, como si esperara algún comentario.

—Comprendo. Sobre el otro asunto. ¿Ya tienes el reporte sobre las muestras de sangre halladas en el lugar?

—Sí... pero...

—¡Pero qué, Estévez! Habla de una vez —exclamó Perdomo perdiendo la paciencia por la pasividad del hombre.

—El rastro hemático encontrado junto al coche corresponde... a la misma persona.

—Eso no tiene sentido.

—No hay error alguno, jefe.

—Esa joven no tenía heridas profundas. Su pérdida de sangre fue mínima. A menos que...

—¿A... menos... qué... señor?

—Consigue autorización para interrogar a Victoria Cavallier. ¡Es para ya! Este expediente no puede dilatarse más. —Hizo una pausa y se inclinó hacia adelante, como quien se dispone a tratar un tema relevante—. Si mis sospechas son ciertas, esta mujer esconde algo. ¿Sabías que fue víctima de un primer siniestro? Tendría unos quince años.

Estévez abrió los ojos, atónito. Perdomo asintió con la cabeza.

—Estamos hablando de una chica que sobrevivió a dos percances y además fue la única. Curioso, ¿verdad?

—Ciertamente intrigante, señor. Me siento perplejo. ¿Tiene idea si ambos están relacionados?

—Aún no lo sé. Según los archivos, en aquel suceso de hace diez años ella viajaba con sus padres y su hermana.

—¿Tenía una hermana?

—Afirmativo. En su relatoría cuenta que se encontraban de vacaciones en la casa familiar de descanso cerca de un lago. Se dispusieron a dar un paseo en automóvil y ocurrió el desastre. El vehículo perdió los frenos y se salió de control. Ella asegura que se puso nerviosa y se lanzó fuera del auto en movimiento. Sufrió un golpe en la cabeza, así que alegó que a partir de ahí supone que el coche continuó rodando por los arbustos hasta el lago donde se hundió.

—Eso explica por qué ella se salvó. Pero... ¿cómo murió su familia?

—Ahogados. Los cuerpos de Bárbara y Antonio Cavallier fueron encontrados dentro del rodado. Lamentablemente no pudieron liberarse.

—¿Y la hermana?

—Nunca apareció el cuerpo. Días después fue declarada muerta. La familia estuvo de acuerdo con detener la búsqueda. No querían escándalos. Según ellos, ya estaban sufriendo mucho por el trauma de la pérdida.

—¡Dios mío! Es increíble. Entonces... usted cree que esa joven pudo no haber muerto.

—Así es. Su nombre era... o es... Verena Cavallier —dijo Perdomo con determinación—. Eran gemelas idénticas. Eso podría explicar perfectamente lo que dice el informe sobre el rastro de sangre. Y si el cuerpo de Verena nunca apareció... la desaparecida esta vez podría ser ella nuevamente. —Hizo una pausa—. Si mis sospechas son ciertas, quizás esta vez... sí esté muerta de verdad.




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