Fragmentos de Identidad

Capítulo 27

Verena alzó un poco su voz, intentando presionarlo para que contestara. No iba a conformarse con su silencio.

—Responde. Te hice una pregunta simple.

Octavio no se veía dispuesto a decir mucho. Se acercó y con movimientos casi calculados se sentó junto a ella.

—¿Qué quieres saber, pequeño demonio?

—Ahora, ¿por qué me llamas así?

—¿A quién se le ocurre ponerse algo tan provocativo para dormir habiendo tantos depredadores en esta casa? Solo a ti. ¡Estás loca! Si no llego a intervenir, no sé lo que habría pasado.

—En serio insinúas que fue mi culpa —dijo algo incrédula—. No lo puedo creer. Aquí los únicos depredadores son ustedes dos. Maldito narcisista.

—¡Wow! Me sorprende el nuevo calificativo que me has dado. ¿En qué te basas?

—En todo. No hay nada de ti que apunte lo contrario. Mínimo eres un egocéntrico.

—Eso es lo que piensas de mí, ¿eh?

—Sí —dijo con determinación mientras tragaba en seco. Octavio pudo notar su nerviosismo.

—¿Estás incómoda con mi presencia en tu habitación?

—Sí.

—¿A todo le vas a contestar que sí? —Octavio se aproximó un poco más. No era consciente del acto, pero aún así seguía buscando el contacto con su cuerpo.

—¿Qué quieres decir con eso? —su respiración comenzó a agitarse—. No me gusta que juegues así. Apártate, estás muy cerca.

—¿A qué le temes? ¿Me tienes miedo?

—¿Debería? —dijo la joven desafiante.

Se miraron con intensidad por unos segundos.

—De ninguna manera —contestó Octavio y se apartó rápidamente, adoptando la posición inicial—. No soy el monstruo que piensas.

—¿Entonces qué eres?

—Preguntas demasiado —respondió evadiendo el contacto visual—. Creo que la charla terminó. Ahora duérmete. Es tarde.

Volteó su rostro para despedirse, pero no pudo evitar la tentación de rozar con la llama de sus dedos los labios sensuales de la mujer, haciéndola estremecer.

—Te sienta bien el rojo. Debo reconocerlo —con delicadeza acomodó su camisón sobre sus hombros desnudos, rozando su piel.

—¿Qué haces?

—Cuido lo que es mío. No permitiré que él vuelva a acercarse a ti nuevamente. Así que... cierra bien la puerta cuando me vaya.

—No soy tuya, Octavio.

—Eso será por poco tiempo.

—No tienes derecho sobre mí. Yo no...

—Tú no, ¿qué...? Dime lo que piensas.

La joven meditó por unos segundos.

—Yo no te amo y además... creo que vas a cometer un grave error si sigues con esto.

Octavio exhaló al tiempo que esbozó una leve sonrisa.

—Nadie ha hablado de amor, Victoria. Además... aún no me conoces bien. Para ti soy un extraño.

—Es raro oírte decir eso. Que admitas que no te conozco y que es imposible que pueda sentir sentimientos de amor por ti.

—No dije que fuera imposible. Pero ese no es el tema que importa ahora. Tengo algo importante que decirte.

—Habla.

—El detective Perdomo estuvo aquí para hablar contigo.

—¿Cuándo? ¿Por qué no me avisaron? ¿Qué quería? ¿Descubrió algo nuevo?

—Tranquilízate. La verdad es que no estabas en condiciones para recibirlo. Pero en resumen, habló del accidente que tuviste en la autopista y trajo consigo una cadena metálica con una llave pequeña, dorada, colgada. Al parecer la encontró en aquel lugar donde estaba volcada la motocicleta. ¿La recuerdas?

Verena buscó en su memoria pero no pudo recordarlo. Frunció el ceño, intentando encontrar un destello. Un eco. Pero nada concreto.

—No, no. Lo siento, no sé de lo que estás hablando.

Octavio la observó curioso y sorprendido.

—No puedo creer que no recuerdes algo que celabas con tu vida. Esa cadena jamás te la quitabas. Una vez te escuché decirle al doctor Smith que esa llave abría las puertas a tus secretos más oscuros. Pensé que era una metáfora. Pero ahora tengo mis dudas cuando ni siquiera te acuerdas de algo tan importante para ti.

Y entonces, sin previo aviso, un recuerdo nuevo se dibujó en su mente.

«Dos niñas idénticas. Una fiesta de cumpleaños. Música. Invitados.

—Hoy cumples diez años, mi hermosa Vicky. Es increíble cómo has crecido, mi pequeña guerrera —dijo Bárbara sosteniendo las manos de Victoria mientras Verena observaba con cierta tristeza a su madre, como si hubiera borrado que también era su cumpleaños—. ¡Te tengo una agradable sorpresa! Tu tío Víctor no pudo venir. Realmente los asuntos de trabajo en el hospital impidieron que estuviera aquí con nosotros. Sin embargo, te mandó un regalo muy especial.

—Espero que sea algo realmente único —Victoria hizo una mueca a su madre, y ella, al notarlo, no pudo evitar reír.




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