Fragmentos de Identidad

Capítulo 29 ( mejorado)

El comedor estaba listo. Un amplio menú de la alta cocina italiana había sido desplegado sobre la mesa. Verena, vestida para la ocasión, observó de reojo el banquete. De paso, su mirada se detuvo un segundo en Octavio, que, impaciente, miraba su reloj.

—Tu querida tía Griselda anunció su visita de la nada y aquí estamos esperando a que realice su gran entrada. ¡Es realmente única! No sé cómo puedes digerirla.

Verena apenas prestó atención. Su mente no estaba ahí. De hecho, deseaba que su cuerpo entero estuviera fuera de aquel lugar.

«Esa mujer llegará en cuestión de minutos. Debo comportarme como Victoria lo haría. Debo hacerlo, sino...»

—Victoria, ¿a dónde te fuiste? Estás totalmente ida —el hombre arqueó una ceja al notar su falta de atención—.

—De ninguna manera —dijo tratando de sonar convincente—. Son ideas tuyas.

—Pues no lo parece.

El hombre comenzó a acercarse despacio. Con la calma de quien no tiene prisa, disfrutó de la imagen de la mujer que tenía enfrente.

—Honestamente, ese collar es lo mejor que llevas puesto. Porque tus ropas... —la analizó— me recuerdan mucho a tu estilo original. Es una pena. Realmente tus nuevos gustos estaban resultando más atractivos para mí.

Verena no comprendió del todo sus palabras, pero suspiró aliviada. Por una parte, Octavio estaba reconociendo que lucía como Victoria, aunque no abiertamente. Pero por otra, sintió un dolor en su pecho que no supo explicar.

El hombre no perdió tiempo. Impulsado por el deseo de tenerla cerca, se aproximó mucho más hasta que su aliento rozó su piel. Tomó el colgante en su mano y observó el dije en forma de «V». El mismo que decidió regalarle en aquel viñedo. Sonrió. Sus dedos se pasearon por aquella piel tersa. Ella se ruborizó. Él notó que perdía el control y estratégicamente la provocó más.

Insistió en mirarla a los ojos. Con movimientos calculados, levantó el mentón de la chica. Él ya no la observaba, más bien la devoraba con los ojos, y ella en respuesta comenzó a temblar.

—Me gusta lo que veo —dijo él, susurrándole al oído—.

—Claramente —respondió en un hilo de voz—. ¡El colgante lo elegiste tú!

—No te hagas la tonta. Sabes bien que no me refiero a eso. Aunque reconozco que tienes razón en parte. Mis elecciones siempre son las mejores.

—Eres un presumido —dijo ella, apartándose—. ¿Te crees perfecto? Porque no lo eres.

—Te gusta provocarme, ¿cierto? —insistió él—.

—No más que a ti. Así que no te quejes. Tú empezaste el juego.

—No intentes jugar conmigo, mujer —dio dos pasos hacia ella—. ¡No podrás conmigo!

—¿Qué te hace pensar que tú sí?

Octavio la tomó por la cintura. Ya no podía escapar de él. En un impulso, ella apoyó sus manos en sus hombros e intentó detenerlo, pero fue imposible.

—Suéltame, Octavio.

—No quiero.

—Suéltame de una vez, te lo pido. —Verena lo miró con firmeza. No pretendía dejar que se saliera con la suya—.

—Entonces dame un beso.

—No.

—Sé que quieres. Además, estamos comprometidos.

—¿Y eso te da derecho a comportarte como un salvaje?

Octavio respiró, dejando atrás el impulso, y la soltó resignado. En el fondo sabía que ella tenía razón, pero no iba a admitirlo en voz alta. Acomodó su traje y se dirigió a María, quien, en ese momento, acababa de entrar.

—María, vamos a recibir a los Cavallier. Ya es hora.

—Sí, señor Octavio —la anciana hizo una reverencia y se adelantó a la puerta del recibidor—.

La joven se quedó viendo cómo María se alejaba en silencio. Octavio colocó nuevamente la mano en la cintura de la mujer y la agarró firme.

—Relájate —el silencio se prolongó unos segundos—. Es momento del show.

—¿Qué show?

—El nuestro: «la pareja feliz». Así que no me decepciones.

—¿Qué quieres de mí?

—Que actúes. Que tu tía no me fastidie y que se trague el cuento de que estamos muy bien.

—Porque quieres venderle el cuento.

—Porque esta relación es un negocio de la cual ambos tenemos intereses distintos.

—No te entiendo. A veces pienso que eres una persona, pero otras... te comportas como un animal.

—Quizás... —sonrió con malicia—. Soy ambas cosas. Así que acostúmbrate.

Verena se mordió el labio evitando que escapara su rabia contenida. Comenzaron a caminar hasta detenerse frente a la puerta principal. Entonces, en fracción de segundos, aparecieron los Cavallier.

—¡Vaya, vaya! Si acaba de llegar la familia Cavallier —se escuchó la voz de Alexander a lo lejos, acompañada de unas palmadas—. Ahora sí que se pondrá interesante el ambiente en esta casa.

Octavio lo miró con reprobación, lo que Alex ignoró completamente. Griselda, sin embargo, no perdió tiempo.




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