Fragmentos de Identidad

Capítulo 22

Octavio está absorto en sus pensamientos. Aún conserva el diario de Andrea en sus manos. Un intento por volverlo a abrir lo provoca, pero se detiene al sentir el impacto de unos golpes nerviosos en la puerta.

—Señor Octavio. Disculpe que lo interrumpa, pero necesito que me preste su atención ahora mismo.

La voz de María no se hace esperar. Octavio le pide que aguarde un instante, al tiempo que coloca presurosamente el diario en su sitio. La invita a entrar.

—¿Qué ocurre? Estás nerviosa.

—El detective Perdomo está aquí. Dice que necesita hablar con Victoria. Pero...

—¿Pero qué, mujer?

—Prefiero que usted hable con él. Creo que la niña Victoria no está lista para que ese hombre esté haciéndole preguntas, sabe Dios de qué.

—¿A qué le temes, María? ¿Qué ocultas que no quieres que ese detective sepa?

María apretó los dedos sobre el delantal. Un gesto pequeño, casi imperceptible. Pero Octavio lo vio. Lo vio todo. El miedo se instaló en su rostro. Quiso ocultarlo bajando la mirada, pero fue tarde. Sin embargo, él no quiso insistir, ofreciéndole una salida a la conversación.

—Dile que pase a mi despacho. Hablaremos aquí.

—Está bien, señor. Enseguida lo mando a pasar.

María salió de la habitación y, tras pocos minutos, el detective hacía su entrada.

—Buenos días. Tome asiento, por favor —invitó el señor de la casa—. ¿A qué se debe su visita? He escuchado sobre usted, pero no había tenido el honor de conocerlo.

—¿Escuchó de mí? ¿De quién?

—De la propia persona a quien vino a ver. Victoria, mi esposa.

—¿Su esposa? Tengo entendido que está soltera.

—Es solo cuestión de tiempo. Pero dígame, ¿qué quiere con ella?

—Hablar.

—Ella no puede atenderlo en estos momentos. Así que tendrá que conformarse conmigo.

El detective lo miró con cara de pocos amigos. Pero igual accedió.

—Hemos descubierto que su futura esposa es gemela. ¿Lo sabía?

Octavio asintió con la cabeza.

—Pero el día del accidente no estaba sola. Encontramos sangre en el lugar del hecho. Existe la posibilidad de que su hermana esté viva.

—¿Cómo? Es imposible.

—No había diferencias en las muestras de sangre, y eso ocurre solo cuando se comparte la misma información genética. Además...

—¿Además qué?

—Encontré una cadena de oro con una pequeña llave. Una llave que no abre ninguna puerta de esta casa, se lo aseguro. Me pareció sugerente.

—Recuerdo esa cadena —dijo Octavio, y por un instante su mirada se desvió hacia el estante a su espalda—. Victoria la llevaba siempre. Pensé que la había perdido.

—Y así fue. La tenía yo. Solo que, si usted me dice que era de Victoria, apareció muy lejos de su cuerpo. ¿No le parece raro?

—No haga especulaciones.

—No las hago. Solo presento los hechos. Y otra cosa: solo hablaré con ella. Fue la que estuvo en la escena, no usted. Dígale que volveré. Esto es importante. Hay una persona desaparecida y es mi deber investigar. Que tenga un buen día.

Perdomo extendió su mano, pero Octavio no la estrechó. Más bien lo asaltó con una nueva pregunta.

—¿Crees que Verena esté viva después de tantos años?

—Eso quiero descubrir. Pero no descarte la posibilidad.

—¿Pero cómo es posible?

—Lo único que tengo claro es que alguien no la quiere viva. —Hizo una pausa—. Y ese alguien está más cerca de lo que cree.

Perdomo salió del despacho. María los observaba desde el pasillo. Cuando él cruzó la puerta, ella retrocedió un paso y se ocultó en la penumbra. Sus manos temblaban.

No se percató de que Octavio ya estaba aproximándose a ella. Su voz la congeló en el tiempo.

—Tenemos que hablar. Es hora de que me cuentes todo lo que sabes de Victoria y su hermana. Sé que algo ocultas, pero si no confiesas, igualmente lo voy a descubrir. Y créeme, te irá muy mal. Porque puedo apartarte de ella definitivamente. Así que mejor confiesa y acabemos aquí.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.